Murillo versus Murillo

Este año Sevilla se convierte en un catálogo abierto sobre la obra de Murillo. Exposiciones varias, recorridos urbanos y mil cosas más van a centrar la vida cultural de esta ciudad durante este 400 aniversario de su nacimiento. Dejando atrás un análisis de las muestras pictóricas que se van a poder contemplar, creo que su interés radica en ver casi, o todos, los Murillos que quedan en la ciudad, que no son pocos, y algunos cuadros que habitan en la actualidad en diversos museos del mundo, algo que para cualquier amante del arte es de indudable interés.

En el fondo, el acontecimiento tiene su origen en ese sentido tan sevillano de recuperar el valor de mercado que Murillo tenía en el pasado. Para muchos, persiste la idea de que su devaluación radica en el abuso populista de sus imágenes, algo indudable, y también por qué no decirlo, en su populismo en la idea misma de su creador: de este modo muchas de sus obras pertenecen por derecho propio a nuestra imaginería sentimental. ¿Quién no ha visto sus Inmaculadas o Sagradas Familias, Natividades u otros cuadros convertidos en almanaques, estampas de primera comunión o en latas de carne de membrillo? Es nuestra memoria indeleble de tiempos pasados.

Ciertamente hubo un tiempo en el que Murillo era uno de los grandes, lo sigue siendo, pero hoy en día las figuras de Ribera, Velázquez o de Zurbarán están mejor valoradas, o dicho de otra forma, conectan más con el aficionado a la pintura barroca que Murillo. Esto es un hecho indiscutible y habría que preguntarse el porqué de esta situación. ¿Hubo un interés desmesurado en el pasado, estaba sobrevalorado? No lo creo, el problema es otro bien distinto; en mi opinión, la razón fundamental es que su mensaje actualmente, tanto pictórica como espiritualmente, se ha quedado obsoleto, y con esto no quiero desvalorizar su obra o su persona sino poner el tema en el punto de mira de la realidad actual.

Murillo fue habitante de una Sevilla convulsa, víctima de enfermedades, del inicio del deterioro económico y de mil problemas más, y el pintor quiso huir de esa sensación de una ciudad en declive y lo hizo edulcorando, o si lo prefieren, idealizando el oscurantismo de esa realidad con una luz y una bondad que inundaba su obra. Hasta la serie más realista de los niños en la calle en la más dura miseria estaba plena de ese buenismo indeleble en las caras de sus personajes. No es casualidad que fuera tras los momentos más tristes de nuestra historia -ocupación francesa, guerras carlistas o en nuestra postguerra- donde su obra se hizo de nuevo popular. Ante tanta España negra el público pide dulzura y calor familiar, algo que es inherente a la obra de Murillo.

Desgraciadamente vivimos de nuevo tiempos convulsos donde no parece haber sitio para esa teología de lo simple y bondadoso que pintaba tan a menudo. Sevilla nunca lo olvidó y forma parte de nuestro ADN, como lo son las yemas de San Leandro, olvidadas también por su excesiva dulzura, o la excesiva producción de una iconografía de la Inmaculada como niña púber repleta de nubes de algodón y encantadores angelitos rollizos y felices. La sensibilidad de hoy está mucho más cercana a Caravaggio, a su violencia interna o a la perversión que emana de sus obras.

El mayor enemigo de Murillo es el propio Murillo, su mundo, su universo idílico, su maravillosa facilidad pictórica, su técnica cercana a la perfección y esa sencilla y clara espiritualidad que poco o nada tiene que hacer en el mundo de hoy. En mi opinión, esta operación de revalorización de la obra de Murillo desgraciadamente va a resultar inútil, entre otras cosas porque no hay nada que descubrir, sino al contrario, de confirmar que su mensaje no tiene cabida en la sensibilidad actual. Pero sí pondrá en evidencia que su obra está viva a su modo y que siempre podrá volver a ser lo que fue, si las circunstancias varían. Larga vida a Bartolomé Esteban Murillo y a su dulce teología de lo cercano.

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