Murillo y el ojo de época

Cuatro siglos… Cuánto tiempo se asienta ya en los cuadros de Murillo, cuatrocientos años intactos en las veladuras, en la pátina de las épocas, en el aire que se esconde bajo el lienzo. Y el capricho de los siglos, porque cada tiempo mira a los genios de una manera diferente. Es el llamado ojo de época. Así que ahora que estrenamos el Año Murillo no sería un mal momento para recapitular y colocar al artista en su justo lugar.

Murillo gozó de fama en vida. A su taller llegaban encargos de iglesias y conventos, pero también de los ricos mercaderes de Flandes y Holanda. Es el pintor que crea el imaginario amable de la Contrarreforma frente a los tormentos, castigos y  martirologios de puro gore de algunos de sus coetáneos. Él se anticipa al siglo siguiente, a la sensibilidad del XVIII, a la amable atmósfera del rococó. Pero también crea el imaginario popular de nuestro Siglo de Oro pintando esos cuadros de niños mendigos. Ese tipo de pintura profana que no gustaba en España, que despreciaba ese arte de lo cotidiano, pero que sin embargo sería la clave de la revolución pictórica del Norte de Europa. Hasta esos puertos llegaban los lienzos del maestro sevillano para triunfar también allí. Artista de técnica excepcional, dotado de gran expresividad narrativa y original al recrear temas tradicionales.

Este maestro de la luz y el color llega a ser el pintor más importante. Carlos II le ofrece el puesto de pintor de cámara, pero él lo rechaza porque se encuentra mayor y no quiere abandonar su querida Sevilla. Poco después de su trágica muerte, cuando cae del andamio en el que pinta el cuadro Los Desposorios de Santa Catalina para el convento de los Capuchinos de Cádiz, casi todos sus lienzos de temas profanos han salido ya fuera de Sevilla. Ha comenzado su leyenda.

Cuando el rey Felipe V instaló la corte en el Alcázar de Sevilla intentando sanar su locura, su esposa Isabel de Farnesio aprovechó para buscar cuadros de Murillo por la ciudad. Son los que ahora cuelgan en el Museo del Prado. Y su hijo Carlos III creó una ley para prohibir la salida de lienzos del maestro fuera de España. Pero lo peor estaba aún por llegar: el expolio.

Poco antes de que las tropas napoleónicas lleguen a Sevilla habrá espías que haciéndose pasar por viajeros y provistos del diccionario de Ceán Bermúdez anotan la ubicación de los cuadros más famosos. El mariscal Soult hará el resto. El general francés Joseph Hugo, padre de Victor Hugo, será quien dirija el convoy de 1.500 carros que transportan miles de obras de arte expoliadas en toda España, incluida La Inmaculada de Los Venerables.

Precisamente ese cuadro alcanzará ya en 1852, cuando Soult muere y su familia vende el lienzo fruto del saqueo, el precio de 650.000 francos. Es la cifra más alta jamás alcanzada hasta entonces en la subasta de una obra de arte. Por la llamada Inmaculada de Soult, con esa perversa costumbre de titular las obras con el nombre del saqueador, pujaron representantes de Napoleón III, el zar de Rusia, Isabel II de España y la National Gallery.

Después, poco a poco su fama irá decayendo. A finales del siglo XIX, coincidiendo con la revalorización de su paisano Velázquez, la obra de Murillo será definida como sensiblera e intrascendente. El caprichoso ojo de época desprecia a quien antes fue considerado como gran genio.

Y en la España del nacionalcatolicismo la reproducción en serie de sus lienzos en las cajas de dulces, en recordatorios de primera comunión, calendarios o estampitas lo condenará al infierno del tópico, la beatería y el cliché.

Del cielo al infierno. Del éxito al olvido. Y, sin embargo, Murillo ha sido motivo de inspiración. No hay más que recordar su influencia en las llamadas Fancy Pictures, esas pinturas de niños características del siglo XVIII en Inglaterra con ejemplos como los de  Thomas Gainsborough o Joshua Reynolds. Sin olvidar la fascinación que provoca en William Hogarth que llega a imitar a Murillo en su Autorretrato fingido.

La figura de Murillo inspiró relatos como el que publicó el periodista, autor dramático y fundador del periódico Le Combat Félix Pyat, o el de Andersen, titulado The unknown painter, sobre la historia de un esclavo de su propiedad que por las noches pintaba en secreto lienzos en el taller del maestro. En España se estrenó en el Teatro del Circo el 20 de octubre de 1859 la obra La frutera de Murillo (comedia en un acto y en verso), de Rafael García y Santisteban.

Los lienzos de Murillo han fascinado a muchos artistas. Flaubert confesaba haberse enamorado de La Virgen gitana que se expone en el Palacio Corsini de Roma. En un viaje en 1851 escribe: “Me he enamorado de la Virgen de Murillo en la Galería Corsini. Su rostro me persigue y sus ojos pasan y pasan de nuevo ante mí como linternas danzarinas”.

Thomas Mann tenía encima de su mesa una reproducción enmarcada de una madonna de Murillo que le había traído su hermano Heinrich de Florencia en 1900. Un inesperado día de mayo de 1923, durante una visita a Sevilla, el autor de La montaña mágica, hombre de aires septentrionales que pasea un poco contrariado bajo el implacable sol sevillano, se llevó la agradable sorpresa de descubrir en el Museo de Bellas Artes aquella madonna murillesca de su mesa de trabajo.

Murillo el legendario, el fascinador, el místico, el popular. El artista que inspira e influye durante cuatro siglos. El genio que ahora nos pregunta qué opinión tiene de él el ojo de nuestra época.

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