El misterio de la figurita

Estamos en casa de la abuela Petra. Hemos comido puchero, lechuga, queso; hemos abierto el primer melón del año, dulce y fresquito. Pero un misterio me corroe.

Nos hemos juntado once personas alrededor de la mesa. Fui una de las primeras en llegar y, cuando iba con el mantel en la mano, vi que una de las figuritas sobre el mueble del pasillo estaba pringosa. No toqué la pringue, pero la olí. Era semen, eso estaba claro, bastante líquido y aromático aún. Ese semen no llevaba ni media hora eyaculado, y los únicos hombres de la casa entonces eran el niño de mi hermana, que tiene siete años, y el tío Paco, anciano trianero al que no le imagino un gesto así ni por lo más remoto. ¿El tío Paco arrimando la polla al cisne de cerámica que lleva en el mismo sitio desde principios de los noventa? ¿Acaso es mi sobrino un guarrete precoz? ¿O es que alguien estuvo aquí justo antes de que llegáramos? ¿Tendrá la abuela Petra un tío escondido en el armario? Si nos quedamos solas a lo mejor le pregunto. De momento, aparco las teorías y preparo la cafetera grande. Mientras hierve el agua, salgo al pasillo para examinar al cisne con el cuello perfumado de lejía. La sustancia está ya bastante derretida y apenas se aprecia sobre el blanco nacarado.

Supongo que no soy más que una cotilla con presunciones detectivescas, cuando lo único que debería importarme de esta cuestión es que el semen parece muy sano. Bien batido y templado, con brillo y volumen. Sigue oliendo un poco a fuet. Seguro que es buena señal.

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