Militancia en femenino

Toca comprometerse, tomar partido. Más allá del fútbol y las hinchadas. Ideológicamente. Con causas, justas según la justicia de cada uno. Toca militar. Porque si algo no se puede ser en este mundo, además de chivato y mísero, es indolente. Y mira si es malo lo de ni frío ni calor, que Dante los colocó a las puertas de su infierno, y ni dentro ni fuera penan su inacción con picaduras de avispas, moscas y gusanos.

Militar no siempre es el camino más fácil. Ni la opción cómoda. Pero cuando hay que reivindicarse, trastocar las reglas, comprometerse, no queda de otra. De eso va el lenguaje de género: de tomar parte del espacio del que siempre te han sacado, hasta que no sea necesario. De eso van las cuotas: de ocupar los sitios que siempre te han usurpado.

El lenguaje ha sido eminentemente masculino, excluyente; porque la realidad era masculina y excluyente. Y son las palabras -el lenguaje- las que articulan la realidad, la vehiculizan y transportan. Quienes conformaban la realidad eran, antaño, los hombres; quienes ostentaban el poder eran, aún hoy, los hombres; quienes decidían sobre el lenguaje eran, son, los hombres. Así que la realidad que nos llega por el mayor ejercicio de poder primario que hay, la comunicación, es masculinizada, es parcial, es injusta.

 

¿Para qué necesitábamos hace unos años lanzar “Buenos días a todas” si los foros públicos eran masculinos? Aún hoy, los encuentros de las élites económicas y políticas replican este formato casi exclusivamente conformado por corbatas y traje. Así que toca. Cuando las mujeres se hacen hueco entre la asistencia a los cónclaves, resulta de justicia traerlas a la palestra, reconocerles su sitio, y lanzar el dardo de “todas”, que no es una duplicación, sino un reconocimiento.

Porque claro que es un rollo andar remarcando a pares sujetos, objetos indirectos, o que lo es pararse con el “los y las”. Pero es militancia, es así de fácil; es un codazo para tomar espacio en esa realidad, la del lenguaje que no nos tenía en cuenta. Y aunque no siempre es necesario andar concatenando femeninos y masculinos -se puede hablar a la concurrencia, a las personas, a la colectividad, a la ciudadanía-, sí que es bueno pararse y remarcar, una y mil veces, a todas -las que estén, o lleguen, o salgan o lo que quiera que hagan-.

Abrir, por el lenguaje, la puerta a las mujeres es nuclear. Y por eso, legislar hablando de las “personas que ostenten la Presidencia” donde antaño sólo ponía “el presidente”, es cambiar conforme a la sociedad y reconocer que hay mujeres que llegan, a pesar de los techos de cristal. Y sí que podemos entender que ese “el presidente” incluía a alguna mujer, si lograba llegar, pero de ese modo era una excepción a una figura que por los siglos de los siglos ha sido masculina, mientras que así se amplían miras y se incluye a la mitad, que es la totalidad.

Ya, ya. Seguro que es mucho más fácil que andar dando la matraca con la milonga del lenguaje inclusivo. Pero es que no va de eso, de lo fácil, porque lo de la mujer nunca ha sido lo fácil, ni militar; va justo de dar la matraca, de cambiar realidades con el lenguaje o de acompañar con el lenguaje los cambios en la realidad. Va de poner banderas en las pequeñas conquistas, ya sea en la RAE o en los órganos de decisión; va de batallas que han de seguir ayudando en una revolución conceptual: la de la igualdad.

Y no me habléis de la economía del lenguaje, cuando decís por mero postureo “cansado, no, lo siguiente”, “lo que viene siendo cansado”, “hasta luego, Maricarmen”, “no puedooor, no puedooor”, o hasta os pasásteis una Navidad con el “Hola, soy Edu, feliz Navidad”, pero cuando se trata de ser dadivosos con el lenguaje en pos de algo grande, os mata la pereza.

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