Miguel de Molina. Rojo y maricón

“Debutamos esa tarde en el Teatro Pavón de Madrid. Al terminar la función, se presentaron tres señores. Me dijeron que el director de seguridad quería verme. Reconocí que uno de ellos era el director de seguridad. Estábamos solos en el teatro. Iban disfrazaditos, con unas boinas y unos impermeables blancos, los tres iguales. Me sacaron impunemente. Me metieron en el coche. Tiramos por Recoletos hasta la Cibeles. Les pregunté “¿No íbamos a la Dirección General de Seguridad?”. “Adonde vamos, lo vas a saber ahora”. Me llevaron hasta los altos de la Castellana. Me maltrataron. Me dieron ricino. Me cortaron el pelo a tirones… y no veas el martirio que fue. Me golpeaban con los puños de las pistolas, tan fuerte que tenía la sensación de que me daban tiros. Cuando se cansaron, se llevaron el pelo como un trofeo y me dejaron tirado como un perro. Creí que me habían matado porque por aquellos días el “paseo” era una cosa ordinaria. Me quedé sin sentido, porque me habían partido los dientes de la boca. Caía ese agua menuda de Madrid y eso me refrescó la cara, me levanté y salí corriendo como un desesperado hasta que encontré un taxi; el hombre me llevó al Teatro Pavón. “Por favor, no diga nada”, le dije al taxista”.

Aún duele el cuerpo, como en una solidaridad de huesos machacados, al escuchar cómo contaba Miguel Frías de Molina la brutal paliza que le propinaron tres desconocidos -jamás quiso revelar sus identidades- aquella noche en Madrid. Esa madrugada comenzó a ser consciente de que debía huir de España. Su exilio en Argentina duró cincuenta y un años. Su vida acabó con una deuda no saldada, la de regresar un día a su Málaga natal “a decirle a los malagueños lo malagueño que soy yo por el mundo, que es cuando tiene mérito”. Miguel de Molina murió en 1993 en Buenos Aires convertido en una estrella de la copla y en un andaluz universal.

Miguel nacía el diez de abril de 1908 en Málaga, en una familia muy humilde. Aquella España de los primeros años del siglo XX era un país de pobreza y miseria, con un sur subdesarrollado en manos de los grandes terratenientes y los señoritos. Su infancia de escasez le marcó, tanto como para obsesionarse con la idea de “escapar de aquella humildad y agradecer a mi madre lo que hizo por mi familia, porque mi madre fue una mártir”. El pequeño creció en un verdadero matriarcado, marcado por el coraje de su madre, que constituyó un referente importante en su vida: una mujer que sacó adelante a toda la familia ya que el padre, enfermo de epilepsia, pasaba los días postrado en la cama.

Estudia en un colegio de los Salesianos con una “beca de limosna”. En aquel centro comienza a sufrir la crueldad de la incomprensión y el rechazo a lo diferente. “Decían que estaba afeminado, pero yo era un niño gracioso y me gustaba estar con la gente”. Ante esta situación, sus padres no tienen más remedio que meterlo en un reformatorio, donde Miguel estará pocos meses.

Con tan solo trece años se marcha del hogar familiar y llega a Algeciras, ciudad portuaria donde comienza a trabajar en un burdel regentado por Pepa la Limpia. Ella y su amante, que habían cogido cariño al joven Miguel, le invitan a viajar a Granada para asistir al Concurso de Cante Jondo, organizado por Manuel de Falla y Federico García Lorca, y que acabaría ganando un desconocido Manolo Caracol. Aquel viaje es una suerte de epifanía para el malagueño: descubre que quiere dedicarse al mundo del espectáculo. A la ciudad de la Alhambra viajó un adolescente sin rumbo en la vida y regresó un hombre con toda su vida centrada en un afán, ser artista.

De regreso, abandona el burdel de La Limpia y comienza a organizar espectáculos para turistas en Granada y Sevilla. Por fin en 1931, recién proclamada la II República Española, comienza a dedicarse profesionalmente al espectáculo ya con el nombre artístico de Miguel de Molina. Una peculiar forma de interpretar la copla y su arrebatadora personalidad le procuran el éxito desde muy pronto, popularizando canciones como El día que nací yo y, sobre todo, Ojos verdes, que pasan a formar parte del repertorio sentimental del pueblo, que hace suyas las pasiones que aquel cantante esbelto y hermoso es capaz de desplegar en un escenario.

“Serrana, me das candela / y te doy este clavel / Ven a tomarla en mis labios / que yo fuego te daré”. Estos ardientes versos de Ojos verdes en labios de Miguel eran un himno a la sensualidad en una España que se aproximaba al precipicio de una guerra. Aquella copla fue escrita para él en una noche barcelonesa, nada más y nada menos que por Rafael de León y Federico García Lorca. En una mesa del café de Oriente de Barcelona, y tras el estreno de Doña Rosita la soltera con Margarita Xirgu, se sientan Lorca, De León y Miguel de Molina, y allí mismo, en un mano a mano maravilloso, los dos poetas van escribiendo la letra de la copla para el malagueño. Incluso Federico bromea con Rafael sobre el sospechoso uso del color verde en la copla, muy cercano al plagio de su Romance sonámbulo. La reunión termina entre risas y con una maravillosa letra que, sin embargo, no estrenará Miguel; lo hará en plena guerra civil Rafael Nieto, y después la cantará Estrellita Castro en una versión del maestro Valverde. El de Málaga entró en cólera al ver “su canción” en las bocas de otros artistas, aunque no se convirtió en un éxito hasta que él la cantó en 1939, haciéndola suya sobre los escenarios.

Sin duda, era más que un intérprete. Era un creador: al cantarlas, las coplas adquirían una nueva dimension y dejaban de ser lo que habían sido para empezar a formar parte del propio artista. Miguel se apropiaba de aquellas letras y músicas, y hacía de ellas algo nuevo, les confería una nueva vida como obras. Sí, era un creador, algo que está al alcance de muy pocos artistas. “La bien pagá la hicieron para mí, pero no la estrené. Yo la iba bordando sobre el escenario, le iba añadiendo cosas hasta hacer una creación, y nunca paré de crearla, porque siempre iba añadiéndole cosas distintas”. Quien desee corroborar esta afirmación del malagueño que vea la película Esta es mi vida, que Miguel rodó en Argentina en 1952 y en la que interpreta La bien pagá. La escena no tiene desperdicio. Altamente sensual, juega con un cigarrillo en los labios mientras se pasea con una ambigüedad que lo hace irresistiblemente atractivo por el salon, como una Marlene Dietrich vestida de corto y caireles.

Hablar de Miguel de Molina como cantante es reducirlo. Era un artista total, un creador integral, que igual ponía bocabajo teatros con su cante que cosechaba un enorme éxito bailando el Amor brujo de Falla en el Liceo de Barcelona. Su personalidad cautivaba en una España pacata, aquella exhibición de libertad y desafío a lo establecido subyugaba tanto como generaba animadversión. Jugando a su antojo con los cánones para transgredirlos con una propuesta estética y personal valiente, provocadora: viste chaquetillas muy ajustadas y floreadas, blusas con mangas afaroladas y botines multicolores, tampoco oculta su homosexualidad y se atreve a cantar muchas de las coplas en masculino, como Ojos verdes y La falsa moneda. Incluso salía a cantar con el torso desnudo o cubierto tan solo por monedas pegadas a la piel, incrementando su fama de artista transgresor durante la República.

Cuando estalla la guerra civil, Miguel de Molina es una figura consagrada. El golpe militar le coge rodando su primera película en Barcelona, un film que jamás se llegó a estrenar en represalia a su apoyo manifiesto a la República y a la labor de animación de las tropas republicanas con sus espectáculos. “En plena guerra monté con un equipo de artistas un show, y estábamos todos los días en los frentes. Pero nuestra misión era principalmente ir a los hospitales, donde había gente muy joven destrozada. Había un muchacho joven, de una gravedad tal… y quería ir a la sala donde yo cantaba. “No es posible salvarlo, me dijo el médico, tiene el estómago destruido”. Me llegaba a su cama todos los días para preguntarle cómo estaba. Le dije “Esta noche vengo a cantarte”. Fui después de la función a cantarle… y se murió escuchándome. Son las cosas que tiene la guerra, con todo lo cruel que era tiene esos actos de ternura”.

Derrotada la República, Miguel recibe la visita nada amable de un empresario del Movimiento que le obliga firmar un contrato para actuar por toda España. Bajo la amenaza de vetarle y de las consecuencias de su apoyo a las tropas republicanas, se ve obligado a rubricar ese contrato. Comienza a trabajar para el empresario, aunque el artista siempre sospechó que tras él había “alguien más importante, relacionado con la Cancillería y el cuñadísimo”. Tras el primer año de actuaciones, decide no renovar aquel contrato. Se lo comunica al empresario la misma noche del Teatro Pavón de Madrid, cuando los tres individuos lo torturaron brutalmente en un descampado hasta desfigurarle la cara mientras le gritaban “Esto por rojo y maricón”.

El terrorífico relato que de aquella noche hace el propio Miguel de Molina, y que encabeza este texto, da una idea de la inhumana paliza que recibió. Milagrosamente sale vivo de allí y a los pocos días recibe una notificación de confinación en Cáceres y, luego, en Buñol. Además se le prohíbe trabajar en cualquier lugar de España. Miguel sabe que ha llegado la hora de marcharse del país. Consigue de un amigo un pasaporte para viajar a Buenos Aires. Nada más llegar a la capital argentina comienza a cosechar enormes triunfos. Aquella felicidad será efímera; los tentáculos del régimen de Franco son alargados y llegan hasta su exilio argentino: recibe una orden para abandonar el país. Es extraditado sin más explicaciones a España. En el suelo patrio comienza de nuevo su calvario. Miguel descubre que todas sus desgracias se deben a un siniestro personaje, aquel mismo que estaba tras el contrato leonino de los primeros años del régimen y el ordenante de la descomunal paliza. Es sabedor del enorme poder de esa persona y de su impunidad a la hora de decidir sobre la vida de las personas, así que se propone marcharse en cuanto pueda del país.

Ahora huye a México. Al igual que en Argentina, llena los teatros y acumula éxito tras éxito. Sin embargo esa sombra nefasta le sigue acechando a miles de kilómetros de distancia. Ahora se vale de Jorge Negrete, presidente del sindicato que controlaba los teatros mexicanos. Miguel asiste a cómo se intenta reventar algunos de sus espectáculos, colocan petardos en las actuaciones y una de ellas es interrumpida a gritos por

el secretario de Negrete, que no era otro que Mario Moreno Cantinflas. En esta ocasión la suerte se alía con el malagueño y recibe una llamada de la nueva primera dama de Argentina, Eva Perón, que le pide actuar en un festival benéfico en Buenos Aires. Acepta y, tras el festival, le llueven los contratos con numerosos empresarios argentinos. Argentina se rinde a los pies de Miguel de Molina.

A pesar de alcanzar el estrellato en aquel país, el artista malagueño sigue teniendo una cuenta no saldada. Quince años después de exiliarse, en 1957 regresa a España con una gira que le llevará a recorrer todo el país. Sin embargo, aquella será la gira más amarga de su vida, que es aprovechada por la prensa afín al régimen para volcar toda su inquina en crónicas hirientes que arremeten contra la homosexualidad del artista, dedicándole toda suerte de mofas y desprecios. Es una campaña vil en su contra, orquestada para machar su reputación y ofrecer una imagen depravada y antipatriótica del cantante. En la memoria de Miguel volvía a resonar ese eco doloroso “Por rojo y maricón”. Estaba condenado a muerte civil.

Entristecido, regresa a Argentina. Será la última vez que pise el suelo español. En la última entrevista que concedió, el artista reconocía con desolación que la dictadura franquista “ha construido el mito de Miguel de Molina a fuerza de mentiras. Siempre han querido pintar mi vida de una manera sucia”. Esa impotencia quizá le llevó a escribir su autobiografía Botín de guerra, testamento de su memoria que, sin embargo, no vio publicada en vida; se publicaría diecinueve años después de su muerte, en 2012.

De nuevo en Argentina, Miguel siguió actuando y siendo reconocido como una estrella del espectáculo en aquel país. En 1992 el gobierno español le concedió le nombró caballero de la Orden de Isabel la Católica en reconocimiento a su contribución personal al mundo del arte en España. Un año después Miguel de Molina falleció en Buenos Aires con 86 años de edad. Fue enterrado en el cementerio de la Chacarita, en el panteón de la Asociación Argentina de Actores, donde aún hoy reposan sus restos mortales.

Tras su muerte, la figura de Miguel de Molina se ha agigantado en una especie de venganza póstuma contra quienes le vilipendiaron. Más de un siglo después de su nacimiento es el gran icono de la copla española, su máximo representante, su mártir y su santo. Son numerosos los libros escritos sobre él así como las películas y obras teatrales inspiradas en su biografía. Esta reposición de su honra y la reparación de las injusticias que con el malagueño se cometieron no hacen más que engrandecer una vida marcada por la libertad, la honestidad y la creación.

A esta resurrección artística y personal solo le falta saldar una deuda con Miguel de Molina, algo que él deseaba haber hecho antes de morir: regresar a su tierra. Quien sabe si, al menos, algún día podrán regresar a Málaga sus restos mortales.

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