Michael Portillo

La noche es fría en Carmona. Los invitados van llegando a la casa palacio embozados en ropas de abrigo. Esperan en el zaguán la hora del concierto mientras entran en calor a base de fino y champán. El pianista inglés de pelos alborotados bebe té y calienta sus dedos en una estufa de seta. El organizador llega el último. Todos le saludan. Su trato aún conserva cierto aroma a candidato del partido conservador británico, porque nuestro hereje fue parlamentario, ministro y posible candidato a primer ministro del Reino Unido. Seguramente no encajen su cara en la política, pero sí en los reportajes televisivos en los que recorre el mundo en tren con ropa de colores imposibles. Es Michael Portillo, el hombre que cambió la Cámara de los Comunes por hacerse común ante las cámaras.   

¿Quién es Michael Portillo?

Soy británico y español, tengo los dos pasaportes. Mi padre era Luis Gabriel Portillo, español, de la provincia de Ávila, catedrático en la universidad de Salamanca. Mi madre, escocesa, Cora Blyth. Mi padre se exilió en enero del 39 después de la guerra civil. Mi madre estaba en Oxford estudiando y mi padre al llegar fue a Oxford. Mi madre estaba cuidando a unos niños vascos refugiados de la guerra y mi padre también fue a cuidarlos, y así se conocieron.

¿Y luego?

Se casaron en 1940, tuvieron cinco niños; yo soy el menor. Estudié en Cambridge, me metí en la política, fui diputado conservador entre 1984 y 2005, con una pequeña pausa. Ministro durante once años. En el 97 perdimos las elecciones y yo el escaño. Volví en 2000. Después de 2005 me dediqué a la televisión, y ahora tengo más fama por los documentales de viajes e historia, sobre todo los del ferrocarril. Habré hecho 300 programas de viajes e historia, en 33 países distintos.

¿Qué le contaba su padre de España?

Hablaba constantemente de España. Mi madre hablaba muy bien castellano y se empeñó en que sus hijos conocieran España. Yo me vine con mi madre y un hermano en el 55 con dos años; mi padre no volvió hasta el 59. Fui conociendo España desde pequeño. Me mandaron con ocho años por un mes a vivir con una rama de la familia donde no se hablaba nada de inglés, y no tuve más remedio que aprender castellano. Era difícil para un niño estar fuera de casa y que la gente no le entendiera, pero les estoy enormemente agradecido porque me defiendo en castellano. Los dos me transmitieron un gran cariño por España.

¿Cómo estaba esa España de posguerra?

Mis hermanos y yo formábamos parte de un grupo de treinta y dos primos carnales. La familia había estado muy dividida por la guerra civil y creo que el hecho de que nosotros fuéramos conociendo a nuestros primos, incluso en las ramas del otro bando, ayudaba a que la familia se reuniera.

Siendo hijo de padre republicano, ¿cómo acaba en el partido conservador?

(Risas) Mi padre era republicano, y creo que socialista, desde luego no fue comunista, ni anarquista, ni estalinista. Era muy católico además. No era lo que se llama un “rojo”. A él sobre todo le importaban dos cosas. Primero, la abolición de la pena de muerte: era muy idealista y durante la guerra no llevaba pistola ni fusil porque no quería matar a nadie; tenía un respeto por la vida tremendo, no solo humana, sino de los animales también. Segundo, la democracia. Yo reconocía de niño que, aunque la guerra le había roto la vida completamente -ya no podía ser catedrático de Derecho Civil y tenía que hacer trabajos bastante humildes-, él tenía una cierta consolación por vivir en una democracia. Eso fue una influencia muy importante en mí. Además mi padre pensaba que todas las divisiones se podían solucionar a través del debate. Otra influencia muy importante. Creo que mi padre estaba satisfecho de que yo tomara parte en una democracia histórica e importante. Yo era de derechas, pero no franquista… no era igual (se ríe).

¿Usted admiraba a Margaret Thatcher? 

La conocí muchísimo. Tenía unos principios muy claros. Ella era muy joven durante la guerra, pero fue consciente de que el Reino Unido se había quedado solo, la única democracia luchando contra las tiranías de los nazis, fascistas y comunistas, y eso formaba parte de su mentalidad. Su padre tenía una tienda de comestibles y ella conocía a la clase obrera, el coste de la vida y de los precios. Además su padre le daba ejemplo de servicio público. Con esos tres principios siempre sabía lo que opinaba en todo. He conocido a muchos primeros ministros, y ella era la única que sabía lo que quería hacer con el poder; los demás gastaron toda la energía en llegar al puesto de primer ministro, y ya no tenían para otra cosa. Ella llegó a ser primera ministra porque sabía lo que quería: hacer fuerte a su país de nuevo, motivar a los empresarios y empresas, y permitir que la gente pudiera comprar sus casas para que todo el mundo tuviera una inversión en la sociedad. O sea, unos principios muy claros.

Pudo llegar a ser primer ministro…

Era perfectamente posible, lo importante es que yo celebro que no lo haya sido, porque creo que no sirvo para ser primer ministro porque hay que tener rhinoceros skin. No te puede importar nada, es importante que no hagas esfuerzos para ser muy popular porque tendrás que hacer cosas muy impopulares. He conocido a Cameron, Thatcher y Blair, y eran muy capaces de ser primeros ministros, no les afectaba nada, seguían con su trabajo como si nada y disfrutaban mucho de él. Mientras que otros, como Major, Brown, quizás May, no tienen esa capacidad y sufren muchísimo porque todo les duele. Creo que a mí todo me habría dolido.

¿Desengañado de la política?

No. Estuve muchos años, entre una cosa y otra treinta. Ya son suficientes. Me harté un poco de ello, son muchos años que tienes que tener una gran disciplina en no decir lo que piensas sino lo que has concertado con otra gente. Es muy importante que el gabinete, por ejemplo, esté de acuerdo, entonces todos los días tú no dices lo que piensas sino lo que has concertado con otras personas que vas a decir. Y eso, a lo largo de los años, cansa mucho, porque conscientemente estás diciendo quiero decir esto pero tengo que decir lo otro. Ahora tengo el lujo de decir lo que me da la gana, pero más importante todavía es que disfruto muchísimo lo que hago ahora. Tengo ahora el mejor trabajo que puede haber, todo el mundo me tiene envidia, paso todo el tiempo viajando, conociendo a gente muy interesante, probando un poco de todo de los sitios que visito. El trabajo que tengo es fantástico, y además bien pagado (risas).

Euroescéptico convencido, ¿qué opina del Brexit?

Yo no quería que hubiera referéndum, lo creía innecesario. Pero cuando Cameron lo decidió, creo que imprudentemente, voté Brexit, y creo que va a salir bien. Ha habido siempre una tensión entre la visión continental y la del Reino Unido, que atribuyo a que en el continente todos los países perdieron la democracia por el fascismo, el comunismo, el nazismo, la invasión… Y en el continente los países quieren agarrarse a instituciones a nivel europeo para garantizarse la democracia, los derechos humanos y las libertades, mientras que el Reino Unido sobrevivió a la II Guerra Mundial, no perdimos la democracia, ese fue nuestro gran momento. Los británicos no quieren agarrarse a instituciones europeas, les importan un bledo; peor aún, se ven amenazados por esas instituciones. Creo que estábamos bastante unidos en esa opinión, ahora el referéndum nos ha dividido y por eso creo que Cameron se equivocó. Sin embargo la visión que tenéis en los otros países no es nuestra visión, y en este sentido es un divorcio feliz porque vosotros podéis hacer lo que queráis y nosotros no os lo impedimos más.

¿Es comparable el Brexit con la situación en Cataluña?

Supongo que no. Creo que la Constitución Española es una especie de milagro. Después de cuarenta años de tiranía del franquismo formar una constitución, reconocer las nacionalidades, los idiomas, las regiones, que se aprobara en referéndum… fue un milagro. Es como una lista de derechos, y los derechos son de todos los españoles, catalanes y no catalanes. Los derechos de los españoles no independentistas catalanes importan mucho, y esos derechos están garantizados por la constitución. Nosotros no tenemos constitución, entonces no hay comparación posible.

¿Cómo llega a Andalucía?

Fue curioso. Nos habíamos hospedado con una familia inglesa en Sevilla y el dueño del hotel, que se hizo amigo nuestro, tenía casa en Carmona. Nos dios la idea de comprar una casa aquí. Había muchas razones prácticas: nuestra tierra es Ávila y Salamanca, pero están muy lejos de un aeropuerto; aquí estamos al lado del aeropuerto y hay tres vuelos diarios a Londres. Además Ávila y Salamanca son estupendas, pero en invierno sufres mucho con el frío. Aquí sufres con el calor, pero el invierno es magnífico. Por esas razones prácticas buscamos casa, restauramos una y, como ves, hemos hecho amistades aquí.

¿Se considera heredero de los viajeros románticos ingleses que vinieron a conocer España?

No. Hay que ser un poco más humilde. Creo que soy presentador de documentales de televisión y no lo hago mal, nada más.

¿Qué le falta a Andalucía?

Terminar las palabras (risas). Mi pobre mujer está aprendiendo castellano y es muy difícil: la gente dice má o meno y ella se queda… (pone cara de sorpresa).

Ha recorrido el mundo, ¿hay algo que nos iguale a todos los seres humanos?

No a todos, pero normalmente la gente es buena y quiere dar la bienvenida. Y el privilegio, también la obligación, del viajero es descubrir lo que tiene cada pueblo.

¿Qué significa el tren en su vida?

Francamente, es un vehículo que me conduce a la historia. Me gusta viajar y contar la historia y la vida diaria de cada sitio a donde voy.

¿Sus pasiones… las confesables?

(Ríe). Ahora una pasión es Carmona, pasamos no sé si setenta días al año aquí. Poder invitar a amigos a este concierto es una pasión. También viajamos por todo el mundo oyendo ópera. Pero francamente tengo pocas pasiones porque me encanta trabajar.

 

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