Mi mujer es enfermera

Llevo una semana con la pierna derecha partida en su hospital y a veces ha venido a verme a la habitación. No puedo moverme mucho y cuando va de uniforme pierdo los nervios. Entre la rodilla y el tobillo me atraviesan en fila ocho clavos, prefiero no fijarme en el grosor. Eso también me hace perder los nervios.

Mañana me voy a casa con la pata en alto, a que ella se ocupe de todo. Las preocupaciones y los analgésicos me aturden. Atravieso un momento de intenso dolor que concibo como único, sin atender al día ni a la noche ni a las pajas que ella me ha hecho con tanto cariño. Lo que más me preocupa no es el trabajo acumulado, el dolor, las secuelas físicas, el darle guerra a mi fiel esposa. Estoy sudando de terror ante la aplastante idea de que no deseo recuperarme. Dentro de mi pecho vive un ermitaño excéntrico al que le gustaría que la cosa se complicara, que tuvieran que operarme más veces, que saliera de ésta con cierta cojera como mínimo. No puedo ignorar un discurso tan ardiente, lleva varios días convenciéndome. Creo que estoy de acuerdo con él. No entiendo por qué, y eso me rebana los sesos, pero la verdad es que mi corazón sincero se rinde en secreto despreciando todos los argumentos racionales que le brindo. Aprovechando la debilidad que el miembro roto ha propiciado, el loco de mi pecho ha salido de la cueva para hablar y su voz ha hecho temblar hasta el último tuétano. Debo evitar mirar la pierna. Cada vez que veo un clavo de refilón se me pone dura.

¿Qué me pasa, doctor? ¿Es grave?

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