Mendini – El estudio Alchimia y la piedra filosofal

Tremendamente crítico con las últimas tecnologías y el consumismo, Alessandro Mendini defiende un diseño a la escala del hombre; intenta demostrar, con sus provocadoras obras, lo absurdo del racionalismo llevándolo al límite. Perteneciente al Grupo Radical Design, proclama el “antidiseño”: la necesidad de priorizar la creatividad sobre la funcionalidad y los argumentos económico-productivos. Declara que el diseño debe superar los designios del mercado y los intereses comerciales, estimulando cambios en los comportamientos de los individuos, pero sin encadenarlos a las modas impuestas por dichos intereses y superando, al mismo tiempo, la doctrina del diseño racionalista. 

Pequeño y enjuto, Alessandro Mendini (1931, Milán) no tiene la presunción de los vencedores, o al menos lo disimula. Este polifacético arquitecto, diseñador industrial y pintor es una de las principales figuras del diseño contemporáneo europeo. Su filosofía creativa consiste en asociar el diseño al arte, en lugar de establecer una simple relación entre lo industrial y lo económico. No concibe el objeto como algo individual, sino como la parte de un todo. Su pensamiento se basa en el principio de las tres F de la Bauhaus: Form Follows Function (La forma sigue a la función), y por eso opina que “el trabajo de un diseñador es efímero, su obra está destinada a deteriorarse con el tiempo y a desaparecer sin dejar rastro”.

Desde su Estudio Alchimia, un colectivo fundado a mediados de la década de 1970, fomenta una postura antiestablishment. Alchimia, que representa todo lo que es extraordinario en el movimiento postmoderno italiano, evolucionó en paralelo al Grupo Memphis, con el que llegó a compartir los mismos componentes e ideologías durante algunas épocas. Una cohabitación en la que el Grupo Memphis consiguió quedarse con la mayor parte de los elogios, a pesar de que la producción de Estudio Alchimia resulta igual de impresionante, tanto por su magnitud como por su trascendencia. Habita un espacio más poético, que incluye dibujos, instalaciones, performances, vestuario de teatro, edificios y otros trabajos que componen un lenguaje visual único e irrepetible. 

Alchimia se nutre de valores generalmente considerados negativos como la fragilidad, el vacío, la ausencia o la profundidad; valores que en la actualidad se consideran ajenos a la realidad, que debe ser fuerte y salvaje, y que, por tanto, pueden resultar prescindibles. Mendini, en cambio, piensa que ”si la fugacidad no permite que existan ciertos objetivos, si incluso la filosofía parece cerrada al futuro y si es imposible pensar en transformaciones generales y racionales, el Estudio Alchimia se concentra en sí mismo. Busca detalles de pensamiento dentro de sí mismo, con la única intención de señalar su vocación poética”.

En este contexto, Alessandro Mendini intenta retornar a un diseño humanista a través de sus objetos antropomorfos y de la ironía. Define su obra como “una escritura visual, un alfabeto en el que los colores son utilizados como si fueran letras; combino materiales y de ahí surgen mis ironías y paradojas”. En la mayoría de las ocasiones, los objetos producidos hablan por sí mismos, utilizando un idioma realmente singular, ecléctico y contestatario. 

Por ese motivo, habitualmente combina diferentes técnicas y métodos creativos: prototipo, artesanía e industria “como si fueran dos raíles paralelos, uno de frío y otro de calor, uno profundo y otro superficial”. Para Mendini, ambas vías “son esenciales y no alternativas”. Sus objetos responden a esa pluralidad matérica y visual, una auténtica comunión entre materiales nobles y mundanos que busca el Santo Grial del diseño dentro de “continuas permutaciones e imprevistas combinaciones”.

El maestro milanés también aboga por el romanticismo y la emoción, secundando la influencia del diseño de otras épocas. Habitualmente muestra su negación al diseño racional escogiendo objetos cotidianos a los que aplica diferentes terapias decorativas. Por ejemplo, la silla Wassily de Marcel Breuer. Hace de sus invenciones “símbolos ceremoniales que pertenecen al hogar del ser humano”. Algunos de estos objetos son personajes, son sus amigos, y representan al ser humano en un escenario general que es la vida.

Mendini mantiene que las personas ya no necesitan productos masivos. El ser humano es un individuo único que necesita dotarse de personalidad en lugar del anonimato que proporciona el diseño funcional. “Cada persona es diferente”, explica, así que ¿por qué los objetos no pueden ser también diferentes? Por ello, en sus diseños propone un tratamiento poético del color y de la forma, basándose en las teorías del color del cubismo y el futurismo, así como en las del divisionismo y el puntillismo de Seurat y Signac. Como botón de muestra, en La poltrona di Proust decora un sillón al estilo puntillista y luego traslada ese diseño a otros objetos periféricos como sillas y relojes, hasta conseguir una atmósfera pictórica. Mantiene que sus instalaciones Proust redefinen la realidad. “De este modo todo adquiere un aspecto vaporoso, vacío de peso, y un objeto eleva a otro”. 

Este pequeño gran mago del diseño fue, además, profesor de la universidad de Milán y redactor jefe de las revistas Casabella, Modo y de la mítica Domus, recibiendo numerosos premios en su carrera, entre ellos un Compasso d’ Oro (el más importante de los premios italianos al diseño). Cuando trabaja, piensa en “la alegría y la tristeza, el dolor y la esperanza”. Su obra, según sus propias palabras “es un punto de unión entre arte y proyecto; mejor aún, es la independencia del arte y la dependencia del proyecto”. Entre el prototipo y la serie, entre lo útil y lo inútil, se produce la continua dialéctica de su trabajo. La fascinación de pensar tanto en el original irrepetible y místico como en el objeto reproducido, en lo duplicado, en la matriz. Un auténtico alquimista, en búsqueda de la piedra filosofal.

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