Máximo Moreno, millonario en la Sevilla subterránea

Hace calor. Debe ser alrededor de la una de la tarde en Sevilla. Esa es la hora bruja de nuestra ciudad: una cerveza bien escogida puede hacer que ya no se vuelva hasta la madrugada a casa. Por eso hay que elegir bien.

Sin embargo, ahora hace un sol de los de antes y llamo por teléfono.

– ¿Dónde estás, Javi?

– Vente para La Grande, que estoy aquí con Máximo Moreno.

No merezco el aire que respiro por aquello, pero en ese momento interpreté que “Estoy aquí con Máximo Moreno” significaba que Javi se estaba tomando una cerveza al sol muerto de calor.

Máximo Moreno es un pintor hiperrealista que expone más en las tiendas de discos que en los museos. Las portadas de Hijos del Agobio de Triana, de Viviré de Camarón, las palomas de Misterioso Manantial de Alameda o Pasaje del Agua de Lole y Manuel han salido de sus manos y son trozos de su singular mundo.

Llego a La Grande. Javi me abraza y ya me tiene pedida una cerveza.

– Quillo, vengo a verte como se viene a ver a un amigo: sin un duro.

Un hombre con unos sesenta años y gafas de carey que está al lado se sonríe y grita “¿Sin dinero? ¡Cuerpo a tierra!”. Yo me parto de risa.

Javi nos presenta, “Máximo, Julio; Julio, Máximo”, y ahí ya asocio. A partir de entonces disfruto de varias horas de conversación en la que nos explica desde una foto en su móvil, un cuadro que acaba de terminar; nos cuenta un inolvidable chiste de un monaguillo que va a urgencias de García Morato, y saluda a media Triana que va a presentarle sus respetos a pesar de ser macareno.

A veces, lo que flota sobre uno en las calles de Sevilla es más interesante que lo real. A mí, de Máximo, me cuentan que es un genio, que el original de Hijos del Agobio lo tiene Luz Casal en su apartamento de París, que Máximo ahora ha descubierto la fotografía digital y está encantado porque puede contar más historias en mucho menos tiempo, y que sus cuadros y fotografías no se venden todo lo que deberían.

En la Sevilla subterránea, el prestigio y el triunfo no se cifra en tener las facturas al día, tengo claro que las monedas que lo miden son la cantidad de cervezas a las que te quieren invitar y el tiempo que tardas en atravesar la calle Sierpes porque te paren para saludarte. Si Máximo quiere ir del ayuntamiento a la Campana, estoy seguro de que nunca bajará de la hora, y si aquella tarde se hubiera tenido que beber todas las cervezas a las que le intentaron invitar, no se habría podido levantar en una semana.

En nuestro código, Máximo Moreno es absolutamente millonario. Sin embargo, las facturas son otra cosa.

Desde aquella tarde, de vez en cuando entro en su web, paseo por los óleos y me vuelvo a decir que soy imbécil por no ponerme a ahorrar de una puñetera vez.

Entra un día, quizá a ti también te pase. No sabe uno que tiene Sevilla, que a la vez sobreprotege y abandona a sus genios.

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