Masa y poder. Desde el mirador de la guerra

Me entrevistaron y terminé con una frase enigmática según los entrevistadores: “El monstruo sigue ahí”. El marco de la charla periodística era la exposición Sacer. El martirio de las cosas, sobre ese momento histórico en el que las vanguardias artísticas atlánticas -Europa y América- tomaron la ciudad de Sevilla como paisaje para hablar de lo sagrado, de las paradojas de lo sagrado. El fondo político de los convulsos años 30, cuando los mismos que sacaban los pasos en Semana Santa empezaron a quemar iglesias, parecía indicar al referido “monstruo”. Pero, como aclaré a los contertulios, me refería a otra cosa. Los sucesos de la madrugá del 2000 son un síntoma, están ahí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, cada año, cada Viernes Santo, a la misma hora del terremoto que hizo temblar Jerusalén. No queremos verlo pero continúa ahí, el monstruo, continúa esperando.

Manuel Delgado, con su elocuencia histriónica, lo cuenta magníficamente. Lo sagrado es eso, el dinosaurio, el monstruo, inconmensurable en el centro del cuerpo social, anudándolo y desintegrándolo a la vez. Delgado lo narra a partir de una película de serie B, El valle de Gwangi, del gran especialista en F. X. Ray Harryhausen. Se trata de un extraño wéstern en el que unos vaqueros que trabajan para un circo de animales raros consiguen un dinosaurio, un Tyranosaurius imaginario, medio Godzilla, un saurio anterior al verismo científico de Parque Jurásico. La película fue rodada en España y por eso el apoteósico final ocurre en la ciudad de Cuenca, travestida de pequeña ciudad mexicana. Pero vayamos a la escena que tan enfáticamente señala Delgado. El Dinosaurio liberado, con mayúsculas, se acerca a la plaza de la ciudad y penetra en su Catedral de manera que no queda otra que quemar la iglesia para poder matar al monstruo. No olvidemos que, previamente, la conversión de Cuenca en ciudad mexicana pasa por construir un mercado alrededor del templo, puestecitos de venta al por menor y tráfico de mercancías a gran escala, así, a modo de la trama barroca que colocaba en los muros de nuestras catedrales comercios de prestigio e influencia social. Evidentemente, la estancia en los alrededores de la Catedral como centro de la ciudad que es, centro físico, comercial y simbólico, beneficia al comercio, la plusvalía eucarística, santifica la mercancía. Pero en esos momentos, cuando el monstruo aparece liberado –Delgado insiste aquí en el paralelismo que traza Harryhausen entre la gran iglesia y el gran saurio- es una seria amenaza para el comercio. Los comerciantes no dudan, aún a riesgo de poner en riesgo su economía, meten fuego a la catedral si esa es la única manera de acabar con el monstruo. El final es glorioso, arden a la vez la Catedral y el Dinosaurio, hoguera que se convierte en rompimiento de gloria, vista lejana de la ciudad en la que vemos cómo la columna de humo que sale de donde arde lo sagrado sujeta el cielo.

Invité a Manuel Delgado a Cuenca hace ya más de 15 años para que pasara y leyera esta película, sí, en las vísperas, precisamente, de las Turbas del Viernes Santo, en las que los penitentes organizan con pitos y tambores un ruido de susto, al modo de las tamborradas aragonesas, más difuso, con las masas desordenadas de la procesión llevando al Cristo aquí y allá por toda la ciudad. Por supuesto, como en toda fiesta popular, hay un difuso origen pagano en esta fiesta de primavera. Pero es más concreto el origen que lo relaciona con las revueltas ocasionadas por el Tío Corujo y el motín levantisco que, a causa de la subida del precio del pan, provocó en la ciudad. A eso se sumó la prohibición a las clases lumpen para procesionar el Viernes Santo y de ambas fuerzas salió esta manifestación litúrgica que reclamaba su lugar en la ciudad, ruidosamente, como siempre hacen los pobres, haciendo sonar su protesta, reclamando no sólo que bajara el precio del pan, sino, con una previsión mayor, exigiendo su lugar en la economía simbólica  de la ciudad.

Este mismo año, esta misma madrugá, me cogió en la calle, con mi hija y una amiga suya, y la primera estampida de Cuna, viendo pasar a El Silencio, cuando llegaba la turba histérica desde el Salvador, volvió a recordarme lo que la ciudad celebra verdaderamente en su Semana Santa, el sacer que se calma año a año con el sacrificio representado, el cordero que sacrificamos para calmar el furor de la bestia. A eso siguieron tres estampidas más, a lo largo de Reyes Católicos, la Magdalena, el Altozano, así, La Trianera cruzándose con el Gran Poder. Las vi de cerca, las vi arrancar, así que toda esta histeria mediática de conspiraciones y otros cuentos de causa efecto me sonaron a eso, a cuento. Píldoras de soma para tranquilizarnos. También pasó en el 2000, la masa se alborotó y reinó el caos. Como entonces, la huelga de celo de la policía municipal y ahora las medidas especiales de seguridad que llenaban las calles de policías, de toda clase de policías, en medio de la ola terrorista mundial, no sólo no tranquilizaba la histeria colectiva sino que la alentaba; algo debería estar pasando cuando hacía falta tanta seguridad.

Recuerdo que el Viernes Santo del 2000, antes de los sucesos, estaba en un balcón en la esquina de Sor Ángela de la Cruz, frente a las calles que desembocan desde el Palacio de las Dueñas. Se esperaba a Los Gitanos y desde arriba, desde el ventanal abierto, la gente se veía amontonada. En un momento dado, una pequeña alerta, la presencia de un cuchillo en una pelea, hizo moverse a esa ingente cantidad de gente como una sola persona y todas, centenas de personas, dieron al unísono un paso atrás. Se trataba de una “masa rítmica”, de las que hablaba Elias Canetti, el sabio sefardita, en Masa y poder, que actúa del todo diferente a la “masa retenida”, siempre dispuesta a estallar en estampida, a descargar la energía que va acumulándose en ese juntar de gentes. Lo que Sevilla había conseguido en años de trabajo comunitario es una “masa rítmica”, esa que cantaba la maravillosa voz poética de Isabel Escudero al paso de la Macarena: “¡Baila, niña, baila!, y que se vea el caos bajo tus faldas”.

La fiesta urbana que se hacía en Sevilla cada Semana Santa poco tenía que ver con Roma ni con Jerusalén. La decadencia económica que arrastraba la ciudad desde el siglo XVII lo convirtió en un lugar privilegiado para construir comunidad y cuando la Revolución Industrial empezó a hacer de la masa el agente principal de la economía, la ciudad tenía ya sus muchedumbres, su lumpen y su proletariado, listos para la comunión social ciudadana. El pueblo inventado por Beaumarchais para su ciclo de Fígaro se encarnaba en las masas obreras del XIX, un excedente social que tenía su propia vanguardia lumpen y de la que salieron óperas comunistas, en el sentido pre-marxista de la palabra, como el flamenco, los toros y la Semana Santa. El populismo Republicano y la asolación de muerte que siguió a la guerra civil convirtieron la fiesta cristiana en el necesario carnaval trágico que desarrolla sus liturgias, pasodobles prostibulares para mecer a la Madre de Dios y hacer de las masas eso, multitudes rítmicas.

La ciudad está en plena redefinición económica. El turismo ha sido casi una invención sevillana –Don Juan, Carmen, Fígaro- así que la ciudad sabía incorporar a todos en su liturgia. Pero el nuevo capitalismo liberal, con su empeño en definir compradores en vez de ciudadanos, coloniza las comunidades tradicionales precisamente así, banalizando las liturgias populares y haciendo de ellas gadchet de mercadillo, señas de identidad con las que comerciar, conseguir status sociales, redefinir jerarquías, distribuir la economía de la ciudad a su medida. El aprendiz de Antonio Burgos que este año nos ha soltado el pregón ha dado ejemplo de todo esto en cada palabra vociferada. Cada letra de su ridícula soflama no pretendía otra cosa que dar cuenta de esa mercadería barata, las costumbres de una ciudad puestas en venta en el mercadillo del ripio y el sentimentalismo de teletienda. En un síntoma más de esa puesta en venta de la ciudad, no sólo en el sentido inmobiliario, también en el simbólico.

El miedo es el clima ideal para convertir la vida en mercancía. La liturgia no se puede convertir en teología sin riesgo. Las instituciones que mantienen la Semana Santa quieren hacer de sus costumbres mezquinas y miserables un libro de reglas para la ciudad completa. Las tonterías de los capillitas han sido siempre cambiantes, afortunadamente, pero el empeño de fijarlas y convertirlas en leyes, a espaldas de la ciudad real, tiene sus consecuencias. Los sucedidos de la madrugá, que ya trascienden la categoría de anécdota, no son más que un síntoma del malestar ciudadano. La gente, la masa, se revuelve contra este nuevo reparto de la ciudad y reclaman su sitio. Turbulencias, sí, disturbios ante esta nueva densidad. La masa aspira a la igualdad y cuando un grupo, el que sea, aspira a su representación parcial, la masa se revuelve y quiere expulsar a esos “fachas”, literalmente, los que hacen de las apariencias una forma única de representación.

Pocas ciudades son capaces de hacerse una fiesta urbana tan propia, puro metalenguaje en el que la ciudad se celebraba a sí misma. Cuando no hay cauces abiertos para el disenso, cuando la televisión y la comida basura y las drogas legales del suburbio mantienen a las muchedumbres pacificadas, cuando la multitud conectada ha convertido la ficción de las redes en el lugar en el que pasan protestas y revoluciones, entonces, cuando la gente se junta, la masa es revuelta. Escribía Canetti: “Hay que defenderse de todo lo que somos, pero de tal manera que no lo destruyamos.”

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