María Galiana (y II): «Lamentablemente, las mujeres que se han considerado innecesariamente el centro de atención de su casa. no pueden ser feministas en la vida»

Texto: Javier Ortega / Fotografías: Juan F. López

Vamos a hablar de tu tierra, de esta Sevilla y está Andalucía que en estos días, como casi todo el año, se llena de miles de turistas en busca sol, capirotes, flamenco. Tú siempre que puedes trabajas por deconstruir el tópico.

Lo intento.

Manuel Chaves Nogales, que queriendo mucho a su tierra supo aportar un análisis crítico certero, hablaba en La Ciudad de lo efímero como parte de la esencia de este lugar.

Para lo bueno y lo malo. Vamos a ver, las comparaciones son odiosas, pero en este caso es real. Tú vas a Barcelona y ves cómo desde mucho antes pensaron lo que iba a pasar cuando acabasen los Juegos Olímpicos. Transformaron con criterio la ciudad. En el año 2002 o 2003 recuerdo estar sentada en la misma mesa con el alcalde Joan Clos y Juan Luis Cebrián y escucharles hablar de la rentabilidad que ya le habían sacado a hoteles, infraestructuras… Por aquel entonces en el espacio de la Expo de Sevilla no había todavía ni una facultad. ¡Aquello era un erial! ¡Me cachis en los moros! ¡Qué horror! Ahora se han hecho algunas cosas pero tampoco han servido para nada.

En el argumentario oficial el 92 fue el año en el que Sevilla se abrió al mundo.

A mí lo de la Expo me trajo sin cuidado, absolutamente. Fui dos veces: una para ver a Vittorio Gassman y la otra a una cosa de flamenco en el patio ese de La Cartuja. Fue la última vez que vi bailar a Rafael el negro, el marido de Matilde Coral, que ya murió. Por lo demás, yo decía: «No voy hacer una cola grandísima para ver El entierro del Conde de Orgaz. ¡Para eso voy a Toledo!». Es que mira que tiene mandanga la gente. Pero bueno, a la gente le gusta eso. Las maris se iban con los carritos de la compra. Yo nunca lo comprendí. Jamás hice una cola para ver un pabellón. Ni se me pasaba por la cabeza, ¡vamos! ¿Qué tenía yo que ver allí? Para que me dolieran los pies siempre había tiempo. Además, con un calor horroroso.

Acabaste levantando tu casa en el centro de Sevilla, cerca de tus orígenes. Aunque mucho ha cambiado el panorama con el de tu infancia.

El centro está invivible, pero como el turismo parece que es la fuente de ingresos más importante los que vivimos aquí nos tenemos que aguantar ¿Qué vamos a hacer? Yo salgo de mi casa temprano para comprar el periódico, porque me gusta leerlo en papel todos los días, bajo Argote de Molina —bueno, la Cuesta de Bacalao, como le dicen ahora— [tuerce el gesto] y saludo a los camareros de los restaurantes, que ya me conocen. Hasta ahí, todo normal. Pero luego por la tarde repito el mismo camino, salgo a lo mejor a comprar al supermercado y veo las mesas de los restaurantes llenas de paellas prefabricadas. ¡Si esto parece Benidorm! Me recuerda cuando íbamos hace décadas a Torremolinos y nos extrañábamos al ver las calles ocupadas por los veladores. Pues así estamos ahora en Sevilla.

Has cambiado el gesto al nombrar la Cuesta del Bacalao.

Bueno, es que han cambiado mucho los términos. Ya sabes, las modas. En Semana Santa, por ejemplo, ya no se dice paso de Virgen, ya se le dice el palio. A La campana, le han quitado el artículo: «Entra en Campana». Pues en Campana entrará. ¡Tonterías! A mí me parece un horror. Fíjate mi madre, por ejemplo, que era una sevillana de las muy antiguas, nunca dijo Luis Montoto, siempre dijo la calle Oriente; y nunca dijo García de Vinuesa, siempre digo la calle La Mar, que es una referencia preciosa, porque es por donde se iban a embarcar. La calle Santander era la calle Carbón… Pero bueno, hay barrios que no han cambiado casi nada: la zona más cerrada de San Julián, enladrillada; la Puerta Osario; o la muralla de la Macarena, el único rastro que tenemos de muralla almohade en condiciones. Deberían rehabilitarla. La pared del dormitorio de un amigo mío que vivía al lado del Jardín del Valle y falleció el año pasado era un trozo de la muralla. Algo único.

¿Y qué permanece pese a las modas?

También muchas cosas. De Cháves Nogales, por ejemplo, me parece recordar que hay un pasaje en el que se ve a unos amigos en Semana Santa que están en una famosa taberna en el uno de San Román y entre tinto y tinto van comentando si estará saliendo esta o la otra y cuando se dan cuenta es ya el Viernes Santo por la mañana y entrando Los Gitanos enfrente le dice uno al otro: «¡Qué buena Semana Santa nos pasamos!». Y no se han movido de la taberna [risas]. Eso es muy sevillano también, la elucubración permanente.

Tú eres muy de Semana Santa.

Era de Semana Santa. Bueno, espera tú. Era, quizá no es el tiempo verbal más correcto. Tan pasado como «era» no, porque aún no me he bajado de ella. Pero ya me he bajado de los toros, por ejemplo, completamente; me he bajado de la Feria, completamente; y ayer, precisamente, le estaba diciendo a mi hijo el periodista: «Me estoy bajando de la Semana Santa».

¿Por qué?

De la Feria me he bajado porque no aguanto la música enlatada. Hemos llegado a unos extremos, no en Sevilla solo sino en la sociedad en general, en los que nadie que canta o toca un instrumento lo hace al natural, sin micrófono. El ejemplo lo puedes tener en lo que le pasó a Javier Perianes, pianista maravillosísimo. Montó en la Maestranza el concierto de las canciones de Lorca con Estrella Morente, que tiene una voz maravillosa y va ella… ¡Y me canta con micrófono! ¡Al lado del Piano! Me dije a mi misma: «Mariquita, se acabó, ya no vengo más». Yo estoy harta. Mi Juan Diego Flores, que lo adoro o mi Jonas Kaufmann, jamás en la vida lo harían. Hombre, si quieres a lo mejor que haya un poquito más posibilidades en algún recital, no en la ópera, se esconde un micrófono muy chiquinino en la corbata del escenario. ¿Pero un micrófono de pie así puesto pa’ cantar Los pelegrinitos?

¿Nostalgia de esas ferias de ayer?

Yo soy de una caseta y la sigo pagando. Tengo mis invitaciones y yo se las doy a mis hijos para que vayan. Antes tú estabas en tu caseta y a lo mejor, en un momento determinado, venía un amigo o una amiga tuya y te decía: «Vamos a echar un poquito de cante bueno, aunque sean sevillanas». Yo me llevaban antes los palillos. Ahora ahí están, guardaos en un cajón. ¿Pa’ qué los quiero? La gente no toca las palmas, porque como todo es una discoteca gigante, bailan todo así [gesticula con los brazos], como si fuera una película muda. Y, además, bailan veinte al mismo tiempo empujándose. No pueden esperarse o turnarse porque todos tienen que darle salida a lo que han aprendido en las academias. Antes esperábamos un buen rato a que los niños bailaran pero, a partir de una hora determinada, echabas el toldo y había unos momentos maravillosos. Ahora, aunque quisieras y lo lograras en tu caseta, con las casetas de al lado poniendo música a toda pastilla más de una vez tuvimos que ir a pedir por favor que bajaran el volumen porque no nos enterábamos de nuestra propia música. Pues ya no voy. Yo no lo puedo aguantar.

Fin a un ciclo.

Voy al Rocío hasta que llegue la música enlatada, porque todavía en El Rocío se pueden vivir momentos muy bonitos a la luz de las candelas. ¡Bueno! No, de las candelas no porque han prohibido también que se enciendan. Lo más bonito del Rocío era la noche, al sereno, en medio del campo, con las candelas. También se acabó la candela. ¿Qué le vamos a hacer? Pues sin candela.

Pero sigue creándose una atmósfera especial.

En el campo, con una guitarra y la música al sereno, eso es maravilloso. Sigo yendo al Rocío, aunque este año no puedo ir porque me voy a Melilla a poner la función. Para resarcirme me he hecho un regalo a mí misma y cuando vuelva de Melilla me cojo mi AVE de Madrid a Barcelona y voy al estreno en el Liceo de Tosca, dirigida por Paco Azorín. En vez de ir al Rocío voy a ir a ver a la pobre muriéndose allí en el Castillo de Sant’Angelo.

Y en esos planteamientos de retirada decías que el de la Semana Santa, de momento, lo estás estudiando.

La Semana Santa me gusta mucho. La verdad es que este año estoy viendo menos sillitas [en referencia a la creciente y polémica proliferación de sillas plegables instaladas por particulares en la calla para ver pasar una cofradía].Yo tengo una sillita también porque, claro, con la edad tengo la espalda destrozada. El médico me ha dicho: «María, las lumbares. Ya se te ha agotao el código de barras». Pero sé dónde me puedo poner para no molestar. Por ejemplo, contra la pared de la antigua Diputación, en El Triunfo. Ese un sitio fijo.

Cómo amante de la música disfrutarás también de las bandas.

Ahora las hermandades no pagan bandas buenas. De música de Virgen, me refiero. Ayer vino una de Sanlucar de Barrameda, otra de Córdoba, de Málaga… Yo soy del maestro Braña. Después de la Banda Municipal de Braña no se ha oído nada igual. Ni siquiera la Sinfónica de Londres cuando la pusieron el Carlos Colón y el Gutiérrez Aragón en la película [Semana Santa de Sevilla]. Ahí metieron mucha cuerda, muchos violines… Y eso no era. Luego están las bandas de pueblo que, como son jóvenes, tocan con mucha vehemencia y todo marchas triunfales. Yo hago la Semana Santa de Tejera. Donde salga esa banda voy yo. Y consigo vivir muchos momentos especiales; como anoche, que me fui a la calle Gerona, porque la subterránea da la vuelta para doña María Coronel y le tocan La Madrugá. Por suerte hay lugares y momentos que todavía no han sido colonizados por los que te lo estropean sacando sus móviles. A ver si tenemos suerte, hace buen tiempo y se van todos esos un poco a la playa.

La Semana Santa la mamaste en casa.

Sí, yo con mi padre era de las que iba por la mañana a ver los pasos. Y por parte de mi madre soy Medina y mi familia materna es de la Estrella. En mi familia esta vinculación ha sido importantísima. Un hermano de mi madre, Blas Medina, fue el hermano mayor que la sacó el año 32. Mi sobrino, que va en la manigueta trasera derecha de la Virgen desde que era chico y ya tendrá cincuenta y tantos años, tiene la documentación de los cabildos que se hicieron para tomar esa decisión. Su padre, mi primo hermano, el hijo del hermano mayor, fue el último número uno antes de morirse. Ahora lo es otro primo hermano mío que tiene mi edad: 83. Yo la veo siempre, al salir de la catedral y la sigo un poquito, hasta el postigo nada más, una chispita, para ver a mi sobrino en la manigueta trasera y para ver a mi primo, que es el último nazareno. ¡Con 83 tacos el tío sale hoy!

Aquella salida de la Virgen se sigue recordando como un momento histórico.

Mi tío, el hermano de mi madre, era un republicano totalmente agnóstico, por supuesto, que quería en su vida a la Estrella más que a nada en el mundo. Y se dijo: «¿Cómo? ¿Qué las Macarena y los Gran Poder y esos dicen que como hay Republica no va a haber Semana Santa?».

Y se echó a la calle la valiente.

No, la valiente no. La republicana la llamaban. Lo de la valiente lo inventó Franco. Eso viene del año 36 para acá. Los falangistas intentaron demostrar que no podía haber Semana Santa. Fíjate tú, cuando un comunista furibundo como Diego Martínez Barrio era quien presidía las cofradías. Y es que eso de la mezcla no se puede entender más que aquí: los creyentes, los no creyentes, lo agnósticos, los comunistas… Los primeros costaleros de la transición todo mundo sabía que eran del Partido Comunista. ¿Y el tío que más sabe de Semana Santa no es Isidro Moreno, que era del PTE [Partido del Trabajo de España]? Eso por ahí no se puede entender, es muy difícil.

Por eso la Semana Santa de Sevilla es única.

Hombre, es la fiesta de la ciudad, es la fiesta barroca, es la fiesta del Concilio de Trento y es la fiesta del dinero. Cuando Sevilla era puerto de Indias y había dinero, estando el Concilio de Trento boyante, ¿qué es lo que había que hacer? Pues sacar los santos a la calle. Eso es evidente [risas].

No todo el mundo puede llegar a entenderla.

Antonio Burgos, vecino mío de la Puerta del Arenal toda la vida, preparó un curso sobre la Semana Santa en la Menéndez Pelayo y yo me apunté inmediatamente, porque estaba muy bien estructurado. Había una serie de seminarios. Uno de ellos era, por ejemplo, sobre los Armaos y lo daba El Pelao, el capitán; otro hablaba de los costaleros y hablaba Rafael Franco, el Fatiga, que había llevado la cuadrilla de los ratones cuando salían por esa puerta de San Esteban sin nadie por fuera, a pelo, como recuerdo haberlo visto yo cuando me llevaba mi padre; sobre la saeta habló Antoñita Moreno, tonterías las precisas… Pero la teoría de la Semana Santa la dio Blanco Freijeiro, y habló del culto a Venus. ¡A todos los chupatintas cofrades estos que no entienden nada los hubiera yo mandado allí! Toda una lección de historia. El cardo, el decumano, la Alfalfa como el foro, la herencia romana clave en nuestra Semana Santa…

Las cofradías siguen creciendo en número.

Yo creo que se ha sobre dimensionado. Hay un exceso. De nazarenos y de cofradías. Lo de las vísperas me parece horroroso. En El Palermaso de Antonio Garrido, que es un tío sensacional, sacan un paso de mentira con respiraderos que parecen de cartón. Pues con unos muy parecidos, con una malla de telita, he visto yo salir a la calle algunas imágenes. Eso no puede ser. ¿A dónde vamos? Es como jugar a las Cruces de mayo pero en grande. Y reconozco otro problema de nuestra Semana Santa: está sobreponiéndose lo sentimental. La Semana Santa no es una cosa pa’ contar, como ayer hacían por la radio, que sacaban a una persona recordando en una salida a un niño que se le había muerto con 16 años. Eso es muy personal, ¿usted comprende? Yo he llorado lo que no está en los escritos, pero no se le puede dar hilillo a eso, aunque sea una pena muy grande. Y te puedo seguir hablando del excesivo protagonismo de los costaleros cuando van fuera del paso con el costal que no ven, de los que ahora se preocupan tanto por modas en la forma de vestir las imágenes de las que nunca hemos sabido aquí y así no parar.

¿Te acompañaba Rafael en estos días?

La Semana Santa a él le gustaba pero no salía, era muy especial. Yo me iba a ver las cofradías y él solo me decía: «No me molestes cuando vuelvas si estoy durmiendo». Rara vez me acompañaba. Sí recuerdo una vez que se animó y esperamos ver pasar a la Macarena en la Alameda al principio de la calle Trajano. Cuando llegó, después de haberla esperado mucho, se quedó completamente embobado y mirándola fijamente solo pudo decir: «¡Qué disparate!». Fue su manera de describir que le era imposible expresar más.

Esa independencia que ahora pides que tus hijos respeten fue una actitud que viviste de manera muy natural toda tu vida en el matrimonio.

Totalmente. Rafael y yo compartíamos lo bueno, pero no nos generamos dependencias. Eso se veía en el día a día hasta el punto de, por ejemplo, tener dos televisiones, para ver cada uno el programa que quería. El respetó siempre mis decisiones, cuando me planteé la excedencia, cuando decidí dedicarme también a la faceta de actriz… Solo me pedía que lo pensara para estar segura.

En España, a principios del siglo XX, solo uno de cada cien habitantes llegaba a los sesenta y cinco años, hoy, el 95% los supera. A nuestras generaciones nos va a tocar trabajar más allá de los 65 para garantizar las pensiones, pero tú eres un buen ejemplo de que querer es poder.

Pero yo soy el ejemplo de que no me escucho nada a mí misma. O sea, yo he venido de mi casa a aquí con los ojitos de la cara, como se suele decir, con un dolor extraordinario en la espalda, en las vértebras, las lumbares… Digo que no me escuchó porque todo el mundo piensa que estoy muy bien. No me quejo, pero me duele todo. Desde el año 2001 que llevamos grabando Cuéntame no he pedido una baja, no he dicho nunca: «No puedo ir». No tomo más pastilla que la de la tensión, porque por mi edad soy hipertensa. Ni siquiera un Ibuprofeno para el dolor. ¿Para qué? Si no me hacen nada.

El no estar quieta es quizá tu mejor medicina.

Yo conduzco y voy en coche a todas partes. Por supuesto, también a la playa. La filosofía de vida es muy importante. Yo estoy segura de que gente en las condiciones mías no sale de su casa o si sale, es con mucha, con mucha pega. Hay quienes se retiran del mundo con mucha menos edad e intentan además recoger lo que han sembrado. Sobre todo las madres que piensan: «Ahora que me cuiden a mí. Con lo que yo he hecho y las noches sin dormir que yo he pasado por ellos…». Pues yo prefiero que mis hijos hagan su vida y yo hacer la mía.

Es una manera de pensar no tan extendida.

Eso es porque la vida de muchas mujeres en este país ha girado nada más que alrededor del cuidado de los hijos. O porque se han considerado innecesariamente el centro de atención de su casa. Lamentablemente esas mujeres no pueden ser feministas en la vida. Son esclavas. Peor son las que dicen: «Piensa tú por mí, que es mucho más cómodo». Esas son los soldados rasos, que yo le llamo, que están encantados en el ejército, porque no hay cosa más cómoda que obedecer y que se equivoque el que manda. Esas tampoco pueden ser feministas nunca, porque tomar decisiones es una cosa muy dura. La libertad es una cosa dificilísima, porque te equivocas tú.

Nosotros te vemos feminista, libre y joven.

Eso es porque hago mía las palabras de Picasso cuando decía que uno es joven hasta que se muera.

Y, a veces, hasta después.

Lee aquí la primera parte de la entrevista.

De perfil

La que se autoproclama la enciclopedia más libre y universal dice de María Galiana (Sevilla, 1935) en su primera línea que es «una actriz española, muy conocida y respetada en el teatro andaluz y cine español», pero cabría la opción de enmendarle la plana al lexicón digital para resaltar que ella, ante todo, ha sido y se siente profesora. Esa fue su verdadera vocación y a la que ha dedicado toda su vida, aunque desde joven tonteara con las tablas y la gran pantalla y a ellas volviera cada vez que tenía oportunidad, hasta poder dedicarles plenamente su tiempo tras alcanzar el júbilo de su jubilación como docente. 

Sevillana de las de siempre, su infancia son recuerdos de una ciudad con más identidad propia y menos turistas; de mañanas cruzando con su madre la Plaza Nueva para ir al colegio, tardes en el Arenal a la vera de su abuela, o noches de Semana Santa acompañando a su padre para interiorizar con todos los sentidos la magia de una liturgia que, dice, solo puede entenderla quien la ha mamado desde chica y a la que vuelve año tras año, aunque a ratos le guste menos lo que ve, escucha o siente. 

La inquietud cultural y el pensamiento crítico de los que ha hecho gala toda su vida fueron la seña de identidad en un hogar de amplias miras ideológicas. Licenciada en Filosofía y Letras, con la especialidad de Historia, dice que su talante tranquilo, que tanto contrasta con los nervios con los que sus compañeros viven el antes y el después de cada función o de un rodaje, le viene de la época en la que preparó las oposiciones, la temida encerrona. Galiana ejerció como profesora de Historia e Historia del Arte en institutos públicos hasta su jubilación en el año 2000. Hoy, en el barrio de Montequinto (Dos Hermanas, Sevilla), hay uno que lleva su nombre. 

En el mismo año que se retiró de las aulas ganó el Goya a la mejor actriz de reparto por su papel en Solas. Este premio, quizá el máximo reconocimiento recibido por su faceta actoral, causó en ella con el tiempo también un profundo desencanto porque, pese a gozar de una exposición mediática sin precedentes, nunca más volvió a ser llamada para un papel de relevancia en el cine. Quizá haya influido esta circunstancia en lo descreída que es cuando habla de galardones. Pese a todo, en su currículum tiene más de 20 títulos en la gran pantalla y numerosas series de televisión y obras de teatro tras sus espaldas. 

Poca amiga de los agasajos, esta amante de la ópera y del viajar hace gala de un carácter seco y una sinceridad que, a ratos, puede parecer incómoda para quien no espere encontrarse de frente con una franqueza tan meridianamente opuesta a lo políticamente correcto. María presume de encarnar todo lo opuesto a la ternura de Herminia, su papel en la serie Cuéntame cómo pasó, y lleva muy mal haber quedado encasillada en el papel de la abuela de España. Amiga de la soledad, especialmente desde que muriera su esposo, Rafael González Sandino, no renuncia, sin embargo, al bullicio del Rocío o a su Semana Santa, con la que también es crítica cuando se tercia. A la Feria dejó de ir porque no soporta ya la música enlatada y al palco de su Betis porque prefiere verle perder en casa. Genio y figura.

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