María Galiana (I): «Soy el ídolo de ‘las maris’, es una pena; con lo que me habría gustado ser Lady Macbeth»

Texto: Javier Ortega / Fotografías: Juan F. López

Ella ya lo sabía y era conocido en la profesión. Pero María Galiana (Sevilla, 1935) sintió el placer de confirmar lo buena actriz que era al ver cómo muchos se sorprendían descubriendo que quien recogía un Goya por su papel de mujer analfabeta en Solas era en realidad una culta profesora de Historia y Arte que había pasado toda la vida desarrollando su vocación de docente. Igual de engañados tiene hoy en día a cuantos ven en ella el icono de abuela universal, porque ella ejerce ese papel solo con sus nietos «y un ratito». Su dulzura en la gran pantalla poco tiene que ver con el carácter seco que lleva a gala. Esa manera directa de disparar verdades a diestro y siniestro, refleja una claridad de ideas envidiable y la constatación de que se siente libre porque verdaderamente lo es. Pese a la aspereza con que se reviste a diario, en confianza baja todas las barreras para abrirnos la puerta a sus recuerdos. La mañana de nuestro encuentro, Lunes Santo en Sevilla, María llega con la fatiga propia de los problemas para caminar que acompañan su momento vital y el periódico bajo el brazo. El histórico hotel Alfonso XIII, símbolo de permanencia de la esencia sevillana en una ciudad efímera, nos acoge con olor a incienso para deshilar la madeja de toda una vida.

¿Sufres mucho viendo perder a tu Betis?

Tienes que tener en cuenta que yo soy absolutamente escéptica, incluso descreída. No creo mas que en dos o tres cosas: afectos, valores… En el Betis, por supuesto, tampoco creo. Eso no significa que no sea Bética. Pero no tengo ese especial pensamiento de que sea algo trascendente, porque no lo es; es solo un juego. Yo siempre pienso que lo más seguro es que perdamos. El Setién es muy lacio, pobrecito. Tiene un poco de gracia y es muy buena gente, pero se ve que no tiene los reaños suficientes para que sus jugadores sean capaces de llegar al final y luchar como lo hacen, por ejemplo, los del Sevilla. Siendo bética, no soy anti sevillista, aunque me alegro cuando el Sevilla pierde, como es natural. Ayer estuve pendiente de si el Getafe ganaban pa’ que lo echara de la Champion pero no pudo ser, porque empató. Ves, ese espíritu sí lo tengo. Pero no me pasa nada porque pierda. Yo tengo carnet y voy al palco con uno de mis hijos, que es muy bético. Cuando me junto allí con su pandilla se lo digo claramente: «Oye, oye, no os desmadréis. El Betis tiene que luchar siempre por la permanencia».

¿Es ese su sitio?

¿Y pa’ qué vamos a ver querer otro? Si eso no lo tiene más que el Madrid, el Barcelona y el pobre del Atlético de Madrid que anda ahí, rascando lo que puede.

Se te ve buena conocedora del mundillo balompédico.

Yo soy muy futbolera. Me gusta mucho el fútbol, pero como me gustan tantas cosas. Me gusta el fútbol, me gusta la ópera, me gusta muchísimo la música, en general. Me gustan todas las manifestaciones vitales.

En un año habrán pasado ya 20 de tu Goya. Con todo lo que supuso el premio, como máximo reconocimiento de la profesión, tampoco cambió tanto tu vida.

Para nada. Tampoco creo en los premios. Son totalmente vanidad de vanidades y todo vanidad. Mαταιότης ματαιοτήτων, τα πάντα ματαιότης! [Declama en griego entre risas] No me lo creo. Todos son clanes, conciliábulos, amigos… No quiero decir con esto que los premios no estén merecidos por aquellos que los reciben, pero hay muchos que no los reciben y en los cuales no piensan. No hay de verdad un baremo en el que estén todos aquellos que se lo merecen, sino los que más se han destacado. Por otra parte, hay una especie de indolencia y la gente que vota lo hace a aquello que parece que este año está pitando. Los académicos votan y un notario certifica que la persona a la que le dan el premio es la que ha ganado. Pero, ¿con cuántos votos?

No se conocen.

Dime, por favor. A lo mejor, han votado 23 y a otro lo han votado nada más que 12; pero porque no lo conocen, porque no han visto la película, porque no les importa… Es una cosa absolutamente aleatoria. Yo he visto muchas películas en las cuales había una interpretación extraordinaria y ha pasado desapercibida porque esa no era la película de ese año.

Es importante una buena promoción o un buen padrino.

Recuerdo, por ejemplo, el caso de Mar adentro, de Amenábar, que luego ganó el Óscar a la película de habla no inglesa. Esa cinta se llevó una relación de premios que, muchas veces, no se correspondían con la realidad. Me explico. Ese mismo año, Pilar Bardem hizo María queridasobre María Zambrano, y bordó el papel protagonista llevando el peso de la interpretación. Nominada al Goya a mejor actriz, al final se lo dieron a Lola Dueñas porque estaba en Mar adentro. Lo hacía muy bien, pero era Ramona Maneiro, que salía muy pocas veces.

Aquella cinta se llevó catorce cabezones.

Vale, se lo dieron a Javier Bardem, merecidísimo, por supuesto. Pero luego les dieron también el premio a la mejor banda sonora y Amenábar… ¡estaba fusilando el Turandot de Puccini! Yo decía: «¡Pero qué banda sonora, si no hay música original!». O sea, que yo lo de los premios no me lo creo. Ahí tienes a actrices maravillosas perdidas en la noche de los tiempos, como mi niña Ana Fernández. Es todo muy aleatorio.

Quizá por esa visión que tienes de este mundo se te veía tan tranquila cuando saliste a recoger la estatuilla aquella noche. Parecía más nervioso tu marido.

¡Él estaba atacado! Pero es que mi marido [Rafael González Sandino] era un pozo de vanidad, sobre todo pensando en mí. La persona que más ha disfrutado con mis éxitos ha sido él, por la parte que le correspondía de ser el marido de. Aunque él, personalmente, también era súper vanidoso. Era un tío fantástico. A sus clases en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla iba la gente sin estar matriculada, solo para oírlo. ¡Un show!

Tenía una personalidad fuerte.

Yo le decía: «Eres un pozo de vanidad. No hay quien te aguante». Pero cuando empecé a triunfar a él le parecía fantástico. Yo entonces le picaba: «Perdóname, Rafael. ¿Tú no te das cuenta de que ahora soy yo, como dice la Mazagatos, la que está en el candelabro?».

Y qué difícil es mantenerse en una industria tan efímera. ¡Cuántos buenos actores y actrices han quedado en el olvido!

¡Muchos! ¿Quién sabe ahora quién es, por ejemplo, Berta Riaza? O cualquiera de los que ya han muerto y que no eran conocidos por no salir en la televisión como Alfredo Landa y compañía. Maravillosos y extraordinarios actores y actrices en el olvido. Incluso los de Hollywood. Solo nosotros, los viejos, sabemos ya quién es la Bette Davis. ¿De qué te sirve la fama? Mañana te mueres y te olvidan. Ya se están muriendo mis amigos, los de mi edad. Cada día me entero de que se ha muerto uno, claro, como es lógico. Y no es que sean famosos, pero si lo fueran, nadie sabría quiénes eran. La vida es así.

Es mejor asumirlo.

Es que me da igual. Te digo la fama como tantas cosas. La gente se queda enmemecida por todo lo que sea rimbombancia, riqueza, admiración. No tienes más que ver cómo triunfan los dichosos programas de cotilleos. Y lo del Twitter, ¿qué me dices? La gente contando su vida todos los días: «Me voy a divorciar; no me voy a divorciar; me he comprado un no sé cuánto; no me lo he comprado…». No sé cómo a la gente le puede importar lo que te está pasando. Por eso estoy tranquila, porque a mí no me importa nada. ¡Ni el Rey que viniera por ahí me importa mí!

Eres la anti diva.

Absolutamente, pero anti, anti.

Se cumplen dos décadas de Solas. Pese a que ya tenías una larga trayectoria en el cine fue el título con el que tu nombre quedará siempre ligado a la gran pantalla. Y en breve (2021) otras dos décadas del primer capítulo de Cuéntame cómo pasó, la serie más longeva de la televisión en España.

Estoy de ser la abuela de España… ¡Qué horror!

¿Qué piensan tus nietos de tener que compartirte con todo el país?

Los tengo muy bien educados. Les digo que no se queden nunca a ver el capítulo, que es muy tarde, que ni se les pase por la cabeza. Ellos lo llevan bien. De lo único que presumen ante los compañeros del colegio es de que tienen una abuela que sale en la televisión. Pero nada más, porque esta abuela no les da carrete, en absoluto.

Va a ser difícil quitarse esa etiqueta.

No paran de preguntarme: «¿Y está usted muy orgullosa por ser la abuela de España?». Me entran ganas de decirles: «Pues no, mire usted». En primer lugar porque para mí ha sido muy frustrante que me dieran un Goya y luego no volver a hacer un papel de protagonista o semi protagonista en una película en la que yo fuera la madre. Cuando yo hice Solas, hace 20 años, tenía 63 o 64 años, edad para ser madre de cualquier persona de 40, de treinta y tantos años o de lo que sea. Ahora también podría ser madre de una de 50. Yo tengo posibilidades pero… ¡Qué me hayan encajonado en la abuela como si fuera Chanquete!

Además, es imposible evadirse de esa realidad. Cuando te paran por la calle muchas veces será para hacerse una foto con Herminia y no con María.

¡Madre míaaaaa! ¡Ay madre míaaaaa! Todas las marujas anoche en las bullas en Semana Santa tocándome. Y yo: «Mire, es que hace mucho calor. No me ponga la mano en la espalda, ¡por Dios!». Y ellas: «¡Ay señora, pero es por el cariño!». Y yo, con el vestido pegado: «Sí, mujer, ya lo comprendo». Claro, soy el ídolo de las maris. Una pena. Con lo que a mí me hubiera gustado ser Lady Macbeth.

Nunca es tarde para una revisión de los clásicos.

No, no creo ya. La bruja de Blanca Nieves es lo único que me falta.

En teatro sí has tenido registros más diversos. Para muchos ponerse sobre las tablas es una forma más auténtica de ejercer la profesión.

Sí, eso lo dicen muchos actores y actrices, que como el teatro nada. ¡Cuento! Donde no puedes mentir es en el cine. Ahí se demuestra tu valía. Ponte tú a hacer lo que hace la Meryl Streep, a ver si te enteras. La tía lo mismo clava el papel en Mamma Mia! que en La decisión de Sophie. Yo digo que hay actores de cine, actores de teatro y luego están los ingleses. Para ser actor hay que ser inteligente.

Un buen ejemplo de actriz mayor la Streep.

No me digas que no. A mí se me caen las lágrimas cuando veo las cosas que hace. O la Judi Dench, la Maggie Smith… Y la Helen Mirren, ¿qué me dices? ¿No habrá papeles para viejas? ¡Es que en España no salimos de Chanquete!

Acabas de decir que para actuar hay que tener inteligencia. Hay muchos que creen que con vocación y esfuerzo se consigue.

Hay una equivocación y es pensar que vales porque te gusta mucho aquello. Te puede gustar horrores y no valer.

Tú vales para esto pero no quisiste dedicarte plenamente hasta que no te jubilaste de la que consideras tu verdadera profesión. Porque te defines más como docente que como actriz.

Totalmente. Terminé la carrera en el 59 y esa ha sido mi vida. El otro día estaba grabando y me entró un mono de café horroroso. No sabía por lo que era pero estaba deseando parar. Luego caí. ¡El recreo! 40 años tomando café a la misma hora. Hace poco me encontré con una chica, bueno mejor dicho una mujer ya muy mayor, y me dice: «Ya he cumplido 70 años, María. Fui alumna tuya en el Cristo Rey». ¡Qué alegría! Le di mi teléfono, porque dice que de vez cuando se reúnen las que quedan todavía.

Eres parte importante en la vida de muchas generaciones.

Son muchos recuerdos. Algunos sábados otra compañera profesora y yo nos llevábamos a las chicas a los pinares de la Puebla del Río. Te estoy hablando de los años 59 y 60. Cogíamos el tranvía en La Magdalena que hacía el recorrido por San Juan, Gelves, Coria y La Puebla. Todavía en Gelves se ve la estación, una casita muy graciosa al lado de la vía. Allí nos pasábamos el día con las tortillas de papa, los filetes empanados… ¡Los rapapolvos que me echó la madre superiora diciendo que estábamos tratando de secularizar a las niñas porque las llevábamos de excursión! Desde luego mi gran vocación ha sido la docencia. Yo no tengo vocación de actriz. Mis compañeros me escuchan esto y me dicen: «Cállate, no digas esas cosas». Pero es verdad.

¿Qué tipo de profesora eras?

Muy amiga de mis alumnos. En Dos Hermanas, en los días de Santo Tomás, cuando se celebraban de verdad, hacíamos un partido de fútbol entre profesores y alumnos y yo hacía de portera. Me acuerdo de aquello perfectamente. También he ido a la discoteca Barrabás y a la discoteca 2001 y me he jartao de bailar con ellos. Desgraciadamente, eso se acabó hace mucho tiempo. He viajado siempre que he podido, los he llevado a Córdoba, a Mérida, Trujillo, Cáceres… Eran los tiempos en los que todavía se podía llevar a los alumnos a los hoteles y no pasaba nada. Ya no se puede, es horroroso porque no les importa tres pitos.

Disfrutaste del trabajo hasta su jubilación.

Me jubilé en el 2000 con 65 años. La anticipada de 60 no la pude coger porque, como tuve la posibilidad de hacer teatro con José Luis Gómez, en el año 90 pedí la excedencia. Por eso cambié de instituto, al Ciudad Jardín; la plaza no la perdía, pero perdía el destino. José Luis Gómez me llamó para un pequeño papel en Amor de don Perlimplin con Belisa en su jardín. Bueno, no me llamó, me propusieron los del Instituto del Teatro porque la Junta había dado dinero con la condición de que hubiera actores o actrices andaluces en esa producción. Estaba Merceditas García Bernal, que hacía a la protagonista Belisa, Juanjo Masías y yo. Era un papelín de nada pero, cuando me lo propusieron, dije: «Yo lo voy a intentar, a ver qué pasa».

Y salió bien. Pero añorabas las aulas.

Por eso volví en el año 92, porque la excedencia la concedían obligatoriamente por dos años. En el Ciudad Jardín estuve los últimos ocho años, del 92 al 2000.

El poso de tu figura de maestra hace que en algunas rutinas se note que has llegado aquí desde otros caminos.

Se nota. Te pongo un ejemplo. Ahora que estoy haciendo teatro, cuando acabamos la función mis compañeros están eufóricos y no conciben irse a la cama. Algunos se toman el gin-tonic pero otros ni eso. No les hace falta, simplemente no pueden dormir, están en una tensión permanente, es una catarsis. Yo después de la función me voy a dormir y frita hasta por la mañana. Tiene que ver con eso que tú me has dicho de mi tranquilidad. Esa la tengo en el estreno de la función igual; no me importa lo más mínimo. Seguramente desarrollé ese carácter con la famosa encerrona cuando hice las oposiciones del Instituto.

¿Te adaptas tú más a tus compañeros o ellos a ti?

Hay de todo. He trabajado dos años con Juan Echanove haciendo Conversaciones con mamá. En esa gira mis compañeros siempre insistían en saludar al público muchas veces. Yo ponía cara y ellos, que me leían el pensamiento, pensaban que ya estaba ahí la insoportable. Pero no, no, enseguida les decía: «Yo saludo todas las veces que queráis. Venga, vamos, otra vez».

Eres disciplinada.

Cuando representamos en Mérida La asamblea de la mujeres, de Aristófanes, Pedro Mari Sánchez, que tenía el papel de Blípero, hacía antes de la función una especie de vudú. Se ponían todos boca abajo, como los del rugby de Nueva Zelanda.

¿Una haka?

Algo parecido. Momento colectivo: «Uh, Uh, Uh…» [gesticula con los brazos]. A mí me miraban: «María, ¿tú…?». Yo les decía que a mí me dejasen en paz con su especie de conjuro: «¡Pero sois tontos o qué!». En alguna ocasión se ponían ya tan pesados que salí allí con ellos.

¿Y el resultado?

Te lo puedes imaginar. Yo soy una oveja negra.

O más pragmática.

Soy muy clara. A mí me importa que si hago cine me escriba una crónica divina el Carlos Boyero; y me importa muchísimo el Marcos Ordoñez, que me puso por las nubes en El Mago, de Mayorga. ¡Claro que me importa! Pero estas cosas y no las otras.


Por eso mismo no te imaginaría nunca aprendiendo un método en alguna escuela de interpretación.

Yo tengo una capacidad de comprensión extraordinaria y creo que es por eso por lo que soy muy buena actriz, aunque hay cosas que se me escapan mucho de técnica. Aprendo todo lo que puedo y debería de aprender más, pero soy capaz de ponerme con mucha facilidad en el lugar de otra persona. Eso es lo que me libra de método y de tontería. Y tengo una gran capacidad de expresar.

¿Cómo fue la convivencia con Echanove en esa gira tan larga?   

Muy buena. Yo tenía mucho interés en trabajar con Juan, aunque tuve que aguantarle lo suyo… ¡Porque Juan tiene muchísimo que aguantar! [Risas] Es muy sibarita. Hicimos casi 400 representaciones y conozco toda España a través de los mejores hoteles y restaurantes: que si al Reina Cristina de San Sebastián, a Berasategui…

¿Eres amiga de la soledad?

Mucho. Mira, con El Mago estuvimos en el Teatro Valle Inclán del Centro Dramático Nacional hasta el 31 de diciembre. Cuando se acercaba la Nochebuena me llama mi hijo y me pregunta: «Mamá, ¿te vas a queda en Madrid? ¿Y qué vas a hacer sola?». ¡Cómo me conocen! Yo le digo: «Sí, sí, perfectamente. ¿Qué voy hacer? Pues nada, oír música y acostarme». Sí, esa fue mi Nochebuena, ¡y tan a gustísimo! Yo encantá. No pasa absolutamente nada. Los tópicos vamos a dejarlos de lado. Me gusta mucho estar sola.

Sigue leyendo aquí la segunda parte de la entrevista.

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