Manuel Cuesta, bailando en el alambre

Texto: Javier Ortega / Fotografías: Juan F. López

Desdiciendo a Gardel, Manuel Cuesta (Sevilla, 1975) puede acreditar que en 20 años (los transcurridos desde que tomara la alternativa en el escenario del desaparecido Café Clichy) la vida da para mucho. A diario emula a su superhéroe predilecto, Spider-Man, llevando una doble vida en una oficina para poder sostener su verdadera vocación, la de poner un toque de luz o de nostalgia a quienes se cruzan con sus letras. Cuesta pertenece a la ya no tan joven generación de cantautores andaluces que a mediados de los 90 tuvo como escuela musical La Carbonería, un templo cultural al que, siguiendo el consejo de Sabina, no ha querido volver porque allí fue feliz. Su último trabajo, El último baile, es un disco-libro cargado de referencias cinematográficas y que afronta, como en cada parto, con el vértigo que da pensar que quizá pueda ser la última vez.

 

Si supieras a ciencia cierta que ha llegado la hora del último baile, el definitivo, ¿qué música sonaría y con quién lo compartirías?

Empezamos fuerte, ¿eh? (risas). Sería con mi pareja y cualquier canción de Nick Drake estaría bien.

Aunque hay de todo en tu ser artista, te consideras más cantautor que poeta.

Totalmente.

Dice Quique González que la poesía es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los cantautores.

La frase de Quique es muy buena. Creo que lo único que quiere es ahondar en la importancia de la propia poesía, con la que de vez en cuando se frivoliza bastante. A veces parece que los cantautores, quizá por la música en directo, estamos más cerca de lo festivo y del verso menos reposado. Lo que sucede, simplemente, es que las canciones están hechas con otros matices. En muchas ocasiones nosotros hemos sido esa especie de juglares que acercamos los versos a la gente para hacerlos más populares. Grandes poetas se han quejado de no haber sido nunca best selles pero, gracias a los músicos, han conseguido que su obra llegara a más personas. En cualquier caso, la poesía es una cosa seria. La palabra mueve fronteras.

La canción y la poesía son el motor de tu alma pero la estabilidad económica la has encontrado trabajando por cuenta ajena.

Siempre me gustó escribir cartas y, curiosamente, he acabado trabajando en una empresa de mensajería. Aunque no trabajo directamente con la correspondencia porque estoy en otro departamento, me parece emocionante pensar en esa cadena que hace que las cosas lleguen a su destinatario.

Y además eres padre. ¿Difícil ejercicio de conciliación?

Totalmente. Ya estoy acostumbrado porque de los 20 años qué llevo dedicado a la música el 75% del tiempo he trabajado a la vez en otra cosa, incluso en algún momento compaginándolo también con mis estudios. Aquello fue algo infernal. Dedicarme 100% a la música sería maravilloso.

Pero de momento sigues los pasos de tu súper héroe favorito, Spider-Man, llevando una doble (o triple) vida.

En un momento dado, el pobre Peter Parker, estudiante de física, ve que tiene ciertas dotes para la fotografía y se busca un empleo en el Daily Bugle para financiarse la vida. Yo me siento identificado, pero con la parte de las penurias del personaje, no con la de los súper poderes.

Luis Alberto de Cuenca, defiende que hay que mezclarle más (a Spider-Man) con Homero. ¿Validas el maridaje?

¡Por supuesto! Siento grana afinidad con Luis Alberto de Cuenca sobre todo en lo relativo al mundo gravitatorio del cómic. Me encanta que, como yo, tenga la rareza de mezclar la ciencia ficción con la lírica. Además, es un tipo emocionalmente muy atento y muy cariñoso. Estoy muy vinculado a su poesía.

Rescatamos tus letras: Mi infancia son recuerdos de un barrio de Sevilla / con gente afable que pasea entre Los Naranjos…Tu ciudad imprime carácter.

Muchísimo. Me tuve que venir a Madrid para valorar en su justa medida lo qué tenía. Empecé a escribir canciones a mí ciudad justo cuando la dejé. Hay algo que tiene él sur, no solamente Sevilla sino Andalucía entera, que es el calor de su gente. Yo pertenezco además a un barrio de gente muy cercana, el de la Macarena. He vivido casi toda mi vida allí. Es un lugar culturalmente muy fuerte, como también lo son otros barrios de Sevilla; pero ese es en el que accidentalmente fui a parar y con el que me siento vinculado, sobre todo por los lazos con la gente que tengo allí, mi familia, mis amigos… Allí no hace falta coger el transporte público para moverte, buscar un amigo y tomarte una cerveza. Las distancias se acortan y no hay que revisar agendas a dos semanas vistas para quedar.

 

 

Aunque uno nunca deja la tierra donde nació, tienes marcado en el calendario de los recuerdos el 18 de septiembre de 2004, el día en el que llegas a Madrid, que coincidió con tu cumpleaños.

Sí, es lo bueno o malo de tener un acontecimiento que cambie el curso de tu vida. Me parece homérico el hecho embarcarte en un viaje y que coincida con tu fecha. Le pone un punto de origen, un punto cero en el que ya nunca vas a perder la cuenta.

Quizá es más fácil ser artista habiendo nacido en una ciudad que evoca por cada esquina a través de los sonidos, los olores, los matices de la luz en cada época del año… Pero en la que también se viven miserias que la doctrina oficial no glosa.

Sevilla, como tantas otras ciudades, vive realidades cotidianas como el desempleo, que está castigando mucho a la sociedad. En el sur falta riqueza y empleo. No solamente se puede vivir del turismo. A Sevilla le falta, como a otras ciudades del sur, un empleo estable que lleve a una calidad de vida mejor. Yo, de alguna manera, también me fui de aquí a Madrid con la aspiración de buscar un buen trabajo que en Sevilla no encontraba. Aparte de eso hay otras realidades y necesidades sociales con las que se sufre. Lo bueno de una ciudad como la nuestra es lo que te decía antes, que si te las puedes permitir, con dos cañas y la compañía de los amigos las tristezas son menos, pero las hay y muchas.

Seguimos buceando en tu pensamiento: Buen vecino del viejo barrio de la Macarena / sin más religión que el cuerpo femenino. ¿Se puede ser sevillano y abstraerse del fenómeno religioso?

Lo del cuerpo femenino me vino a través de una canción de Joaquín Sabina, Medias Negras, que decía: “Y yo que nunca tuve más religión que un cuerpo de mujer”.Y allí es dónde yo me encontré. Eso sí es una religión para mí, el cuerpo de mujer; como para la mujer puede serlo el cuerpo del hombre. Me refiero al sexo, a amar. Por supuesto, se puede ser sevillano sin ser cofrade. La Semana Santa en Sevilla, como la Feria de Abril, son dos mundos que enriquecen a la ciudad pero, más allá del sentimiento sevillano, yo no me considero una persona religiosa. A lo largo de los años experimentamos varias fases y yo ahora estoy en la agnóstica. No sé si llegaré a considerarme un ateo redomado cien por cien. Hay gente que sin creer vuelve a la Semana Santa de Sevilla por nostalgia, porque le recuerda a su infancia, el tumulto, la gente, el ambiente, el olor a incienso… Aunque no le encuentre sentido lo que sí le tengo es respeto. En todo lo qué ves hay belleza, independientemente de qué te guste, la compartas o no la compartas.

Ese veneración que tienes hacia la mujer la fundamentas desde un respeto de iguales.

Los hombres tenemos mucho que aprender sobre lo que es el feminismo. Ni siquiera yo, hasta hace relativamente poco lo tenía claro del todo. El feminismo es igualdad. Me preocupan mucho mis hijas. Quiero educarlas en el feminismo y que sean conscientes de que tienen que cobrar lo mismo que un hombre, que tienen que tener los mismos derechos y que no deberían de tener miedo cuando volviesen a casa por la noche.

Odias él reggaetón y las letras machistas. De Maluma ni hablamos, ¿no?

Puff. Estas canciones de reggaetón, el trap… ¡No puedo con ellas! Tengo una lucha sobre todo con mi hija mayor que ya empieza a acercarse a la adolescencia. Le digo: “¿Pero tú has escuchado lo qué dice este músico? ¿Has visto cómo se rodea de chicas en ropa interior mientras él baila vestido?”. Es una provocación en la que los hombres tenemos mucho que decir. Nosotros tenemos que salir también a la calle y, de una vez por todas, dejar patente que el feminismo no es lo contrario del machismo, el feminismo es igualdad,

Cualquier nieto se podría sentir identificado en el homenaje que le haces en tu última obra a tu abuelo Joaquín quien, por cierto, trabajó de linotipista en el periódico Sevilla, aquel que desapareció el 76. Cuántas veces un verso o una canción dan nueva vida a lo que ya no tiene su lugar en el mundo de lo tangible.

Tenía una deuda con mis abuelos, sobre todo con Joaquín, porque a mi abuela Natividad no llegué a conocerla. Había hecho una canción a mis abuelos con la excusa de hablar de la calle Agricultores, en el barrio sevillano de Pino Montano. Pero a mi abuelo Joaquín lo tenía huérfano de temas. Tampoco he hecho todavía una canción a mí madre o a mí padre. Pero tenía ganas de hablar de él, de quién era y, sobre todo, de lo que yo había aprendido mientras que fui nieto. Porque, al final, solo fui nieto de Joaquín durante 15 años. Cuando tenía esa edad falleció de demencia senil.

Dices que perdiste la fe el día que murió.

La última vez que recé fue cuando estaba ya muy grave en el hospital. Yo, que había sido de educación cristiana, lancé ese grito a Dios: “No, por favor, no te lleves a mi abuelo. ¡Déjalo un poco más!”. La plegaria era fruto de ese sentimiento adolescente y egoísta que me brindaron los años. Pero la realidad es que en un mes de septiembre como este se fue.

Tus letras tienen mucho de memoria colectiva para toda una generación, la de la España de los 80.

Soy pre-millennial, de la generación del 75. La mayoría de las películas que hoy son iconos, como la trilogía Star Wars o Indiana Jones, las vi en la gran pantalla. La cultura pop y el cine son influencias importantes en mí música. En canciones como Verano del 91, utilizo imágenes que creo que nadie se atrevería a meter, como Patrick Swayze.

Tu escuela musical fue La Carbonería, un antiguo almacén de carbón empedrado convertido en historia artística. ¿Qué aprendiste en aquel barrio de la judería?

A soltarme en directo, a ir probando las canciones que servirían de repertorio para los discos posteriores. Algunos temas que fui estrenando semana a semana se iban quedando y otros no. Allí tenía un público continúo, un flujo de gente habitual, universitarios, erasmus… Todos venían a la carbonería al calor del flamenco, para ver a un cantaor —qué también los había— pero se encontraban con nosotros, los cantautores: con Alfonso, con Joaquín Calderón… Y repetían. Y la gente se iba aprendiendo las canciones. Y nos las iban pidiendo. Aquello nos sirvió de aprendizaje a la hora de componer, de escribir, de transmitir…

¿Pervive aquel ambiente?

No, yo le digo a todo el mundo que no. Aquello fue como la revolución del 68, que tuviste que estar ahí para vivirla. Los cantautores emergentes de La Carbonería existieron porque La Carbonería existió como el referente que fue en esa época. Ya no es lo mismo. Entonces tú entrabas, te quedabas anonadado al calor de la chimenea y te preguntabas: “¿Qué sitio es este en el corazón del barrio de Santa Cruz?”. Encontrabas una especie de oasis cultural en medio de tanta taberna y tanto bar de tapas. Te podías topar con músicos de jazz, flamenco, cantautores… Era punto de encuentro para gente de la literatura o quienes, simplemente, iban allí a jugar al ajedrez. Un sitio insólito y además histórico.

¿Has vuelto?

No, no he vuelto, desde aquellos años porque, siguiendo una vez más a Sabina, “donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás”.

En Madrid te has subido a escenarios emblemáticos como los del mítico Café Libertad 8, Búho Real, Clamores o la Sala Galileo. Todos son templos de lo tuyo.

Afortunadamente encuentras sitios que son tu casa y Libertad y Galileo lo son. Después de tantos años te gusta que Domingo (de Galileo) y Julian (de Libertad) te den un abrazo al verte y se alegren de que estés por allí los días que no tienes actuación.

 

 

Ya hemos mencionado a Sabina, también a Luis Alberto de Cuenca. ¿Quiénes completan tu lista de referentes a la hora de forjarte tu estilo propio?

En la música ahora lo que más escucho es folk irlandés o grupos anglosajones. Mi escuela de solfeo fueron Los Beatles, con los que aprendí a tocar la guitarra. De los años ochenta le debo mucho a Antonio Vega, Los Secretos, Duncan Dhu, Revólver… Y de los cantautores a Sabina, Joan Manuel Serrat, etcétera. Pero ahora lo qué más escucho son músicos extranjeros. En septiembre viene por fin a Madrid Damien Rice. ¡Lo estoy desenando!

Haces frente a las dificultades de la industria con la complicidad del público. Has tenido varias experiencias de crowdfunding y han sido un éxito.

Sí, El último baile fue también una aventura de este tipo y en una media de 20 días se consiguió el presupuesto por lo cual todavía quedaba la otra mitad de días para ir a por un siguiente objetivo. La autoproducción siempre es un riesgo pero el crowdfunding es una manera legítima de hacer una preventa y otorgar la oportunidad a tus seguidores de seguir sumando trabajo. También te sitúa ante una evaluación continua. Si apruebas el examen sigues. Aunque suene metafórico, me planteé El último baile como si realmente fuera tal, porque uno nunca sabe qué vendrá después.

Ojalá sea solo el penúltimo de muchos otros. 

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