Manuel Chaves Nogales

El maestro Juan Martínez, que estuvo allí. Así tituló uno de sus libros Manuel Chaves Nogales, resumiendo en esa subordinada el oficio de periodista como él lo entendía. Estar, presenciar el acontecimiento para luego contarlo, hacer partícipe al lector a través del testimonio directo. Contar exactamente lo que pasa en la calle con las armas de la simplicidad, la claridad y el análisis. Bajo esta sencilla fórmula, Manuel Chaves Nogales concibió su trabajo como periodista e intentó cambiar la manera de hacer periodismo en la España del primer tercio del siglo XX hasta que la guerra civil y el exilio truncaron su empeño. 

Sin Chaves Nogales sería imposible entender el periodismo español de las primeras décadas del siglo pasado. Nació en Sevilla en 1897 y aprendió el oficio de una manera natural acompañando a su padre, el también periodista Manuel Chaves Rey, a las redacciones donde trabajaba. Inició estudios de Filosofía y Letras, pero muy pronto comenzó a escribir para diarios como El Noticiero Sevillano y La Noche. Vivió la Sevilla de la dictadura de Primo de Rivera y los preparativos de la Exposición Iberoamericana de 1929. Se mostró muy crítico con la ciudad: “Sevilla, metida en sí, dedicada a su propio culto, se va quedando fuera de la órbita de la civilización”. A pesar de esta visión pesimista, dejó el que quizá sea el mejor libro escrito sobre Sevilla, La ciudad (1921).

Se casó con Ana Pérez en 1920 y dos años más tarde, asfixiado por la angostura del horizonte cultural del Sur, se trasladó a Madrid con su familia. Frecuentó los ambientes intelectuales de la capital y se fue haciendo un nombre como periodista, llegando a ser redactor jefe del Heraldo, medio donde coincidió con César González Ruano. En 1927 ganó el Mariano de Cavia, el premio más prestigioso del periodismo español, con un reportaje titulado La llegada de Ruth Elder a Madrid, que narraba la hazaña de la primera mujer que cruzó el Atlántico en solitario pilotando un avión Junker. En su reportaje, Chaves Nogales no solo informaba sobre las vicisitudes de la travesía, sino que abordaba otros aspectos como la publicidad que rodeaba a la aviadora y el negocio que se había montado en torno a ella. Además, para cubrir el vuelo, alquiló un avión, algo inaudito en aquellos tiempos, desde el que informaba a diario a través de radiogramas. El sevillano acababa de inventar en España la figura del reportero y se adentraba en el periodismo moderno, que ya se practicaba en Estados Unidos y Europa.

Ese premio acrecentó su fama y abrió un periodo (1927-1937) de éxito profesional, colaborando con la Estampa y La Gaceta Literaria, sin abandonar sus audaces reportajes para El Heraldo. En esta época se incorpora a la masonería, quizá atraído por sus principios de libertad, igualdad y fraternidad. No fue el único, en la España de Primo de Rivera personajes del mundo intelectual, militar y político, deseosos de intervenir activamente en la vida del país, ingresaron en las logias masónicas. Chaves Nogales lo hizo en julio de 1927, en la Logia nº 7 de Madrid, la Dantón, adoptando el seudónimo de Larra, algo significativo ya que la elección del nombre implicaba una identificación o conexión espiritual con el elegido. Y es que Chaves Nogales siempre sintió admiración por el periodista madrileño.

Dotado de un olfato periodístico innato, previó la importancia de la naciente aviación, por la que sentía pasión. Se embarcó en arriesgadas aventuras aéreas, destacando su accidentado viaje a la URSS, que recogió en su libro La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929) y en La bolchevique enamorada. Viajero incansable, en 1930 recorre Europa escribiendo reportajes y crónicas, además de dos libros basados en la revolución soviética: Lo que ha quedado del imperio de los zares y El maestro Juan Martínez, que estaba allí.

No solo los viajes y la política internacional, también se interesaba por los personajes extraordinarios y los poderosos. Entrevistó a reyes y emperadores (Alfonso XIII, Humberto de Saboya, Haile Selassie), a mandatarios y gobernantes (Churchill, Abdelkrín, políticos de la II República española), a líderes religiosos (Arzobispo de Canterbury, el Metropolitano Eulogio), a artistas (Chevalier y Chaplin), a marginados y defenestrados (Ramón Casanellas, Gorguloff) y a algunos toreros. De hecho, en 1935 aparece su obra más famosa, Juan Belmonte, matador de toros, una biografía sobre el mítico matador de toros.

Entre sus innumerables entrevistas, hay una que evidencia su compromiso moral con la profesión periodística. El 21 de mayo de 1933 consigue entrevistar a Joseph Goebbels para el periódico Ahora. En la entradilla, el periodista sevillano cuenta a los lectores las condiciones bajo las que Goebbels ha accedido a dejarse entrevistar: solo tres preguntas “y sus respuestas deben publicarse textualmente, sin comentarios ni interpretaciones”. En un gesto de dignidad periodística, dejando claro que solo debe rendir cuentas a sus lectores y a su conciencia, añade antes de reproducir las preguntas y respuestas: “Permítaseme, sin embargo, decir a mis lectores quién es este doctor Goebbels. Es un tipo ridículo, grotesco; con su gabardinita y su pata torcida, se ha pasado diez años siendo el hazmerreír de los periodistas liberales (…) Creo que no se pone nunca la camisa parda, pero debajo de su gabardinita insignificante lleva la guerrera más ajustada de Alemania. Es de esa estirpe dura de los sectarios, de los hombres votados a un ideal con el cual fusilan a su padre si se los pone por delante”. Valiente y visionaria descripción que el tiempo corroboraría.

En 1931 empieza a dirigir Ahora, importante periódico próximo ideológicamente a Manuel Azaña, de quien el sevillano fue partidario y amigo. Bajo su dirección, modernizó el periódico, acercándolo a los medios europeos y norteamericanos de referencia; organizó una red de reporteros a escala mundial barruntando que algo estaba cambiando en el mundo. Él mismo viajó para cubrir esos acontecimientos que presagiaban un futuro terrible. Además de entrevistar a Goebbels, denunció los campos de trabajo del nuevo fascismo alemán.

Cubrió los acontecimientos más significativos de la II República. Se alineó con la legalidad republicana al estallar la guerra civil y dejó claras sus convicciones en numerosos editoriales y artículos. Permaneció en Madrid hasta que el gobierno republicano abandonó la capital. Se exilió a París, desde allí colaboró con algunos diarios hispanoamericanos y escribió A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Chile, 1937), su espantoso testimonio sobre la contienda española y un alegato contra toda violencia, sin distinción de bandos. En sus páginas hay frases de una lucidez dolorosa: “La crueldad y la estupidez se enseñoreaba entonces de toda España”, atribuyendo aquella atrocidad “a la peste del comunismo y del fascismo”; en definitiva, al totalitarismo, producto del “miedo de los sectarios al hombre libre e independiente. La causa de la libertad entonces en España no había quien la defendiera”. Y reconocía con amargura su derrota: “Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos: para un español quizá sea eso un lujo excesivo”.

En París continuó batallando contra el fascismo que amenazaba Europa. El exilio francés le permitió que su labor periodística tuviera una proyección europea. Participó en el resurgimiento de la agencia Havas, realizó emisiones de radio para España y América Latina, colaboró en Cooperative Press Service, L´ Europe Nouvelle, Candide, France Soir y otros diarios hispanoamericanos, y creó Sprint, una publicación artesanal que informaba a los exiliados españoles de lo que sucedía en España gracias a las noticias que los propios expatriados llevaban a Francia.

El trabajo de Chaves Nogales no caía en saco roto y la Gestapo incluyó su nombre en una lista negra. Por eso, cuando las tropas nazis se acercaban a París en 1940, el sevillano marchó a Londres. Allí retomó su actividad periodística dirigiendo The Atlantic Pacific Press Agency, colaborando con la BBC y escribiendo una columna en el Evening Standard. En su traslado a la capital londinense no fue acompañado por su mujer, que regresó a España con sus tres hijos y embarazada de la hija menor, Juncal, que nació en Irún durante ese viaje.

En Londres, solo, siguió luchando contra los radicalismos izquierdistas y derechistas. Fue allí donde murió en mayo de 1944 a causa de un cáncer de estómago a los cuarenta y seis años. Está enterrado en el North Sheen Cemetery de Richmond, en una tumba sin lápida.

Audaz, visionario e íntegro, Chaves Nogales centró su interés en desmenuzar periodísticamente las dos grandes fuerzas motoras que cambiaron el mundo en la primera mitad del siglo XX: la revolución rusa y el nazismo-fascismo. Su capacidad analítica le permitió concluir que eran hijos del mismo padre, el totalitarismo. Tuvo el olfato de predecir, y advertir, la amenaza que se cernía sobre Europa.

Esa tumba sin lápida en Richmond es la metáfora del folio en blanco en la máquina de escribir esperando la frase exacta y definitiva, el epitafio. Puestos a imaginar, quizá él habría escrito sobre sí mismo: “Manuel Chaves Nogales, el periodista que siempre estuvo allí”.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>