Manual en blanco

Me he llevado toda mi vida pensando que no estaba preparado. Que no estaba preparado. Preparado. Preparado. Esa frase me trackeaba la cabeza como el salvapantallas de Windows 95, como rebotando de un lado para otro en la corteza cerebral en bucle.

De pequeño me frustraba porque me consideraba quizá algo inferior a los demás, no sé si porque jugando a la pelota era mediocre, estudiando más aún, no se me daba bien dibujar, mi relación con las chicas era nimia, y, para colmo, no iba en chándal del Betis ni del Sevilla al colegio. Una rara avis.

El caso es que cada vez que se aparecía ante mis ojos un reto, sin cuya superación alucinaba con que aparecería un game over en mi vida, me estremecía. Cada mañana antes de los días D me levantaba y me lavaba la cara con fuerza como si intentase borrarme de la mente la palabra fracaso. ¡Qué idiotez!

Cuando superé el acné, me ocurrió con el carné de conducir, con los exámenes de acceso a la universidad, con la elección de mis estudios, el día antes de casarme, cada una de las noches que escribo estas cartas frente al teclado del ordenador y, recientemente, cuando me enteré de que iba a ser padre. Era como si sintiese que un yunque aplastara mi cabeza haciéndome cada vez más pequeñito.

Sin embargo, desde hace unos meses me enfrento a los acontecimientos de otra manera. Decía Antonio Gala que la vida no es una felicidad ni una desgracia, “Es una posibilidad maravillosa a la que solo los tontos le piden el libro de instrucciones”.

Esas palabras llegaron a mí en forma de recorte de periódico de una antigua Tronera del maestro y de manos de otro maestro, en este caso no escritor, sino médico. Alguien al que admiro desde hace mucho tiempo y que tiene como leitmotiv la vitalidad, la energía, la positividad.

Tonto de remate me dijo Gala, así, en toda mi cara y mirándome a los ojos a través de cada una de sus letras. Entonces entendí que llevaba buscando ese libro de instrucciones todos los días de mi vida y que, cuando parecía encontrarlo en un cajón perdido en el que creía haber buscado veinte veces, estaba en blanco.

No hay nada escrito en él porque cada uno de nosotros somos los encargados de rellenarlo con nuestras experiencias, con nuestros errores y nuestras caídas y también con las vendas y triunfos.

Lo más maravilloso que estos dos maestros me han enseñado es que ese manual de instrucciones no se hereda como los pisos o las deudas. Es único e intransferible, como el pin de tu tarjeta de crédito, tu guitarra o tu novia. Porque aunque la historia se repite (dos veces, que diría Karl Marx), los matices la hacen distinta en cada ocasión.

Al fin y al cabo, no hay que estar preparado para nada. Ni siquiera para la vida, porque ella sola te dispone cuando se te exige estar a la altura. Te lo digo yo, que no tengo ni puñetera idea de esto.

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