Malheur – Tirar los dados

Situada en un singular cruce de caminos, en el que se tocan el rock, el jazz y la improvisación, la música del trío sevillano Malheur es un juego permanente entre opuestos y contradicciones: musculosa e intelectual, atmosférica y terrenal, abstracta y cinematográfica, una música de elaboración compleja y, sin embargo, de escucha misteriosamente accesible. Estos días se publica su tercer disco, La boca prestada (Blue Asteroid, 17), una colección de canciones que refina aún más su fórmula particular y confirma su talento para encontrar sentido a lo inclasificable. 

Arracimados alrededor de la mesa de un bar, los tres miembros de Malheur cuentan que su existencia es fruto de la casualidad. Juan G. Acosta, guitarrista, recuerda que todo comenzó en algún momento de 2013, “con un correo electrónico que le envié a Manuel Montenegro. Nos conocíamos de una época en la que tocábamos con bandas de rock duro y habíamos coincidido en varios conciertos. Siempre me había gustado la manera que tenía de tocar la batería y el feeling que había surgido alguna vez que llegamos a improvisar juntos. En aquel momento estaba intentando montar un proyecto que se acercara de algún modo al jazz, un género que siempre me había interesado, pero que estaba estudiando con más profundidad; un aprendizaje que necesitaba materializar de algún modo”. Y en cuanto a Juan Miguel Martín, el bajista que completa la formación, “lo descubrimos buscando por internet: escuchamos cosas que había hecho, empezamos a preguntarnos quién era y le enviamos un mensaje para quedar”. Una historia de citas a ciegas que, a diferencia de lo que suele suceder en Tinder, tuvo un final feliz. “Antes de entrar en el local de ensayo hablamos de nuestros gustos y preferencias, de lo que nos apetecía hacer”, prosigue Acosta, “y cuando por fin nos pusimos al lío resultó que había conexión, que salían muchas ideas con facilidad. Así que decidimos grabar una maqueta en los estudios La Mina, con Raúl Pérez, y esa grabación se convirtió en nuestro primer disco”, un Dulcia cum amaris (Knockturne, 13) que, insiste Martín, “se grabó en apenas seis horas de reloj. No perdimos ni un solo minuto”.

De los tres discos que habéis publicado es, desde luego, el que se nota más improvisado. El que tiene canciones más largas, más paisajistas.

(Juan Miguel Martín): Esa percepción se debe a que no hay muchos arreglos. Es todo muy directo, hay una melodía y alrededor van rotando los instrumentos.

(Manuel Montenegro): Era lo primero que hacíamos, todavía no nos conocíamos bien, y eso se nota en que dábamos pasos en distintas direcciones. Estábamos probando cosas, buscando un sonido propio.

(JM): La seriedad llegó con el segundo disco, Ausiliatrice (Knockturne, 15), en el que todo iba medido hasta el milímetro y tenía que encajar de manera perfecta. Era un disco muy complejo: si alguno de los tres hubiera caído enfermo, no habríamos podido tocarlo en directo.

(MM): Con La boca prestada, por último, hemos conseguido mezclar esos dos conceptos y el resultado funciona muy bien. No hemos sido tan psicópatas como la última vez.

Entre Dulcia cum amaris y Ausiliatrice hay también un cambio de estilo. Si en aquel había un equilibrio entre jazz y post rock, un salto continuo entre géneros, en este todo parece más controlado y cerrado.

(JA): Hay algo de eso. Pero también sucede otra cosa, y es que en paralelo a Malheur comenzamos a tocar muchos estándares de jazz en formato trío. Y eso, sobre todo a mí que vengo del rock, nos hizo cambiar de mentalidad.

(JM): Además, en estos cuatro años hemos tocado muchísimo, más de cincuenta conciertos, y eso sin contar lo que cada uno haya podido estudiar en su casa. Todo eso ayuda a que el engranaje funcione mucho mejor.

¿Por qué decidisteis montar un grupo de jazz paralelo?

(JM): Sobre todo, para poder tocar en otro tipo de sitios, como los bares, en los que el público no está tan pendiente de la música. No es lo mismo tocar en directo en plan espectáculo, con un repertorio propio en el que todo está muy cuidado, que amenizar un local con música en directo. En un club de jazz lo que se exige a la música que suena es que tenga calidad, pero también que la gente pueda desconectar en un momento dado. La actitud cambia por completo, el equipo que llevamos es distinto, la manera de enfrentar el repertorio es diferente.

(JA): Ese tipo de conciertos tiene un carácter alimenticio. Permiten ganar algo de dinero, pero también funcionan como un ejercicio gimnástico.

(JM): Hay que tener todo el contacto que sea posible con el directo. Si tienes un grupo que hace jazz y que toca música improvisada, debes acostumbrarte a tocar en directo. De ese modo tienes más recursos, aprendes a transmitir de diferentes maneras, manejas muchos más matices. Y mientras mejor seas en directo, mejor serás en el estudio de grabación.

(MM): Malheur no es un grupo de jazz clásico, pero sí maneja ciertos elementos del género, así que tocar utilizando ese lenguaje nos enriquece. En los tres años que llevamos haciéndolo hemos acumulado un repertorio de estándares bastante grande, y eso supone también un aprendizaje que termina saliendo a la luz.

(JM): Además, la sensación de tocar música improvisada es muy distinta a la de tocar un repertorio cerrado. Improvisar es pura adrenalina, es una moneda al aire; si te sale bien, no está pagado con nada. Y si te gusta improvisar, el jazz es la mejor opción para expresarte y aprender cosas.

O sea, que el resultado de Ausiliatrice tiene que ver con el hecho de que os conocierais más, pero también por todo ese trabajo alrededor del jazz.

(JM): Sobre todo por la exigencia que supone enfrentarse a piezas como, no sé, Brilliant corners, y todas las puertas que te abre superar esos retos. Por otro lado, somos una banda que nunca toca por tocar: si no sentimos que estamos al límite, sobre todo a un nivel artístico, entendemos que de algún modo hemos fallado. Y esa necesidad de estar al máximo nivel de intensidad es algo que también llevamos al local de ensayo, al terreno de la composición. Con Ausiliatrice lo que sucedió es que queríamos explotar al máximo la expresividad musical, a nivel de texturas y de cambios, aunque sin llegar al nivel del rock progresivo.

(JA): Buscamos mucho esa complejidad, pero al mismo tiempo queríamos que sonara muy fluido, casi como si fuera un disco de funk.

(MM): También nos gusta estar en cambio continuo. No sé si es por la edad o por el aprendizaje constante, pero intentamos que se nos reconozca por esa facilidad para cambiar el sonido, por no plegarnos siempre a una misma fórmula y explotarla. No queremos quedarnos en el rock, ni en el jazz clásico, ni en el post rock, sino coger todos esos estilos, pasarlos por nuestra batidora y sacar un producto propio.

Hablando del tema, ¿cómo escribís vuestras canciones?

(JA): Hay mucho de improvisación y de quedarnos con las mejores ideas.

(JM): Por eso nos hemos fijado en tu grabadora, porque nuestra manera de funcionar pasa por ahí: por grabar los ensayos, escucharlos en casa y buscar los mejores trozos para después desarrollarlos más a fondo.

(MM): Partimos de una melodía, de un ritmo, lo vamos trabajando en el local y de ahí salen los temas. Lo principal es la melodía, aunque siempre dejamos partes para la improvisación y para el juego entre instrumentos.

(JA): Es duro, porque al ser solamente tres, esa manera de trabajar puede llegar a saturarnos. Hay ocasiones en las que nos vemos en callejones sin salida, en la que parece que todas las ideas se repiten.

Y en ese sentido, ¿no os apetece a veces ampliar la banda? Meter, quizás, algo de cuerdas o de metales.

(JA): Como base no. El trabajo del trío es el alma del proyecto, y además ampliar la banda conllevaría problemas en el proceso de composición.

(MM): En el mundo del jazz todo esto funciona de otra manera: yo te paso un tema, tú lo estudias y luego quedamos en el local de ensayo para una puesta en común, pero sin dar demasiadas vueltas. Nosotros, en ese sentido, funcionamos más como una banda de rock. Ensayamos mucho y no escribimos nada, salvo algún arreglo especialmente complicado, que necesite de una cierta perspectiva. Y encontrar a alguien que se adapte a esa dinámica no es sencillo.

(JA): A lo que sí estamos abiertos es a colaboraciones, pero de un modo puntual. En La boca prestada, por ejemplo, participan Javier Ortiz, que es un saxofonista fantástico, y Antonio Campos con la trompeta.

La boca prestada es un trabajo más ligero, más asequible, pero con mucho trasfondo. Si los discos anteriores eran de texturas, este es más de atmósferas.

(JM): La diferencia principal es que en este la composición tiene más peso, y los anteriores eran más modales.

(MM): A un nivel formal las melodías son más claras y también la estructura es más sencilla. En los otros discos, en cambio, las distintas partes que componían cada canción eran más difusas. Por eso éste resulta más sencillo de escuchar.

(JM): La producción es también menos asilvestrada, más limpia.

También tiene un aire más cinematográfico.

(JM): Es algo que siempre nos han dicho. Pero la verdad es que ninguno de los tres piensa en escenas o imágenes concretas mientras componemos, algo que debería ser fundamental si estuviéramos persiguiendo ese perfil cinematográfico.

(JA): Sí es cierto que intentamos mantener una atmósfera unificada dentro de cada tema. Una vez que hemos definido las líneas básicas, intentamos no salirnos de ese camino.

(JM): Algunos amigos han utilizado temas de la banda para montar vídeos. En el fondo, como no hay cantante y las melodías no son invasivas, como todo es un poco atmosférico, funciona muy bien para el cine.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>