Malabares planetarios

Al niño aún no le han embridado el pensamiento, por eso puede permitirse la rebeldía de la imaginación. Al artista siguen sin poder ensogarle el pensamiento, por eso puede permitirse la subversión de la creación. Ambos, el niño y el artista -¿o son lo mismo esencialmente?-se permitirían pensar un sistema formado por planetas de colores que orbitan alrededor de ellos mismos, el único centro de la realidad. Se darían al gusto de contruirse un universo a su antojo, ése que ya anida en su interior loco por encontrar una rendija para rebosarse. Nada es extraño en ese mundo que solo ellos habitan. Miran y ven mientras los demás pesean un paisaje anodino de arenas ajenos a la belleza que sobre sus cabezas despliegan esos planetas rojo, amarilo, verde y azul. Es imposible -reflexionaba- que no se admiren de tanta hormosura a su alcance… El malabarista pensaba en estas cosas mientras hacía para aquella excursión de turistas recién llegada juegos malabares con cuatro pelotas de colores.

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