Qué mala suerte, chato

Hace tan solo unos días que he llegado de República Dominicana, he estado allí una semana por trabajo. Un país con sangre caribeña, chiquito pero muy bello. Entre puros y tragos de ron conocí a un viejo chamán que vivía en un pueblo cercano a Santo Domingo. Walter se hacía llamar en su comunidad, conseguí zafarme de su insistencia para que probara un jugo preparado a base de hierbas, frutos y sangre de algún animal, que no logré averiguar, con el cual me aseguraba que mi suerte cambiaría para siempre. Ya me conocéis, aprovechando la tesitura estuvimos charlando toda la tarde sobre la buena o mala suerte en el deporte. Os quiero relatar lo que aquel viejo me contó, y que cada uno se tome esto como mejor le convenga.

En la ciudad de Bruselas, allá por el año 1974, se disputó una de las finales más recordadas de nuestro fútbol. Jugaban por la Copa de Europa el Bayern Munich y el Atlético de Madrid. Un partido duro, que se hizo más largo de lo esperado por la igualdad de ambos conjuntos. En el minuto 114 marcó un magnífico gol de falta el recordado Luis Aragonés y el partido parecía encarrilado, pero todavía tendría que aparecer la mala suerte. Cuando el tiempo ya estaba cumplido, un lanzamiento de los alemanes desde la frontal acabó en el fondo de la red rojiblanca. El portero era Miguel Reina, que se comió un balón frente al que quizás pudo hacer algo más. Esto provocó que se disputara el partido de desempate, que ganaron los bávaros por 4-0. Me contó Walter que un año antes de aquello Reina alquiló un apartamento en Madrid, donde había vivido una familia que tenía un gato, y ya os podéis imaginar el color del minino. El alma del felino seguía habitando entre esas cuatro paredes. Walter me confesó que estuvo llamando al club español para advertirles de aquello, pero nunca atendieron su llamada y tampoco quiso insistir. 

Como diría aquel, eso va a ser del pistón que roza el embolo central del cojinete del cilindro de detrás del cigüeñal que hace masa si lo toca… Y el motor dijo basta. Gran Bretaña, año 1998, mes de noviembre, Carlos y Luis, Luis y Carlos, nunca un copiloto ha sido tan conocido en el mundo de los rallys. A cuatrocientos metros de alcanzar la meta se escuchó una voz nerviosa y alterada que le pedía a su amigo que tratara de arrancar el coche. Iban a proclamarse por tercera vez campeones mundiales, les bastaba con ser cuartos en aquella prueba, pero la mala suerte volvió a aparecer y el coche se paró. Por lo visto, me contó Walter, esa misma mañana sucedió algo que lo explica todo. Carlos Sainz siempre desayunaba un café y una tostada de pan de pueblo con aceite y sal, y, sentado con Luis Moya en la mesa, al pasarle el salero ocurrió lo peor… Desde entonces Sainz toma manteca colorá. Fue una de los jornadas más recordadas del deporte español y la frase “trata de arrancarlo” quedó para la historia.

“¡AY va, increíble, se salió de dentro!”.

El rompetechos, el topo suizo o simplemente el ciclista miope. Alex Zülle. Un tipo que ganó grandes vueltas y etapas épicas, y que como muchos de los ciclistas de los años 90 iba hasta arriba de cositas prohibidas. Este deportista es recordado por su mala suerte más que por sus hazañas. Y es que cuentan que tenía una miopía pronunciada que le hacía correr con gafas, esto suponía un hándicap cuando la lluvia aparecía. Imaginad a la criatura pedaleando con las gafas empañadas y sin distinguir una curva de una recta; más de una vez tuvo que ser recogido del asfalto con magulladuras e importantes lesiones. En la vuelta a España de 1993 todo indicaba que Zülle se proclamaría campeón, pero el suizo sufrió una caída que le arrebató dicha victoria. Era la etapa 19, se corría en las montañas asturianas y en el descenso de La Cobertoira,  debido a la lluvia, Zülle cayó con su bicicleta. Como hemos dicho, el suizo veía poco y una de sus principales preocupaciones en aquel momento, más allá de su estado físico, fue la de encontrar su ciclo, que había caído en unos matorrales. Zülle se jugaba la Vuelta con su compatriota Rominger, quien, según me contó el chamán Walter, aquel día dejó aposta la bici del suizo miope debajo de una escalera. 

Lo último sobre lo que charlé con Walter fue del Eurobasket 2007 perdido por España. Se jugaba la final en Madrid, en casa, y una vez más se cumplió la máxima de que el anfitrión no gana. El partido enfrentaba a la temible Rusia y a España. Estuvo igualado hasta los instantes finales. Rusia se adelantó a falta de dos segundos y Pau Gasol tuvo en sus manos el match. Lanzó y el aro escupió el balón. La afición que abarrotaba el pabellón y los seguidores en sus hogares no podían creerlo. El bueno de Andrés Montes lo narraba: “¡Ahí va, increíble, se salió de dentro!”. Después de hablar con mi amigo chamán lo entiendo todo. Tras el último entrenamiento el día antes de la final, cuando los jugadores entraron en el vestuario, el chico de la limpieza estaba barriendo el suelo y pasó lo peor… claro, como esta gente tiene unos pinreles tan grandes, el tipo se los barrió a Gasol. Aquella misma noche la novia del larguirucho lo dejó por teléfono y, de paso, lo dejó hecho puré. Por lo visto, el de la escoba se llamaba Dimitri y tenía familia en Vladivostok.

Seguimos hablando de mil historias. Pasé una tarde entretenida con aquel señor. Se puso pesado ya con mirarme el aura. Yo, que soy un cagao, le dije “aura estoy contigo y déjame tranquilo. Al despedirse, me dio un abrazo más fuerte de lo común. Me despegué como pude y acabé diciéndole: “Me voy, si vienes a la feria, no dejes de llamarme, Walter mío”.

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