Mala conciencia

«Una de las mayores conquistas del feminismo es haber tirado por la borda la mala conciencia”, leí los otros días en boca de Pepa Bueno. Y yo no sé si otras lo han conseguido, pero esta que está aquí, feminista militante y confesa, arrastra consigo una mala conciencia que luce en todo lo alto, como la nube del indio de Lucky Luke.

No podemos evitarlo, ojalá pudiéramos, son siglos de exigirnos más de todo: más cuidados, más estética, más llevar la casa perfecta, la vida perfecta, y el trabajo, cuando conseguimos incorporarnos, perfecto también. Y el problema no es tanto lo que nos exigen, que es demasiado, sino lo que nos han enseñado a exigirnos a nosotras mismas, porque las más implacables jueces somos cada una de nosotras mismas.

Por eso tenemos que hacer a cada momento un ejercicio por resituarnos y liberarnos de esas cadenas invisibles. Es curioso, todo lo que rodea al feminismo conlleva esta recomposición periódica. Les pasa también a mis amigos los feministas, que tienen que zarandearse continuamente para no caer en los mecanismos mentales que realmente tienen interiorizados y contra los que luchan con denuedo para poder decirse feministas.

Yo tengo mala conciencia hasta cuando no tengo tiempo ni para depilarme el bigote, que esa es otra, que entre quitarse pelos y canas no le da la vida a una para realizarse mucho más, no crean.

Y si comenzamos a liberarnos un poco, a compaginar maternidad y resto de la vida (profesional y personal) con cierta comodidad, la sociedad se inventa nuevas modas y tendencias que nos obligan de nuevo a arrinconarnos a esquinas de las que habíamos salido. Y se nos exige ser de nuevo más madres, o tan madres como nuestras madres, las que sólo eran madres.

Y cuando teníamos la conquista de la leche de sustitución que nos permitía destetar para ir a trabajar, ahora nos dicen que lo de la lactancia, hasta que se tercie. Como si tener a un niño enganchado a la teta hasta los tres años fuera lo más natural del mundo. Y no, no lo es, la clave me la apuntó hace poco Susana Gaytán, Doctora en Fisiología en Sevilla: “Eh, que los primates destetan; porque lo importante es la autonomía de las crías”.

La crianza del apego conlleva que la madre esté todo el tiempo con el/la churumbela, que prolongue la lactancia, que duerman en colecho… conlleva una dedicación tan intensa de la progenitora que conlleva casi de facto la anulación de todas las demás facetas de la mujer. Y así nos vemos, en el siglo XXI vuelven a intentarnos relegar a los rincones de los que salimos con teorías vestidas de modernidad pero que esconden los mismos sometimientos de siempre.

Y con ello llegan más formas de tener mala conciencia, como si nos faltaran. SI no estamos lo suficiente con ellos, somos malas madres y malas mujeres. Si no podemos darles el pecho, somos unas malvadas que no queremos lo mejor para nuestras criaturas. Y no saben la de frustraciones de libro que ha generado esto entre amigas mías, a las que intento convencer, no con mucho éxito, de que no es tan mala la leche de sustitución y que servidora, por mor de una mastitis de mi madre, creció con esta alternativa y tiene las mismas taras que el resto de la peña.

Reconozco que es buena estrategia. Cuando habíamos echado por la borda la mala conciencia por la maternidad, nos endosan nuevas tendencias que nos generan nuevas malas conciencias, que no son más que las mismas de siempre con el polvo quitado. Será que en lo de la mala conciencia también se lleva lo vintage.

Porque, al final, como le leí hace poco a Mayra Gómez Kemp “Las mujeres carecemos de un derecho que los hombres tienen: el derecho a la mediocridad”.

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