Macarena

Conocemos a Macarena desde los catorce años. Cada vez está más guapa. Marina y yo llevamos toda la noche mirándola, hablando de lo adorable que es cuando vamos a mear juntas al baño. Es una suerte que se sigan haciendo fiestas de pijamas, así podemos observarla en profundidad. Somos siete chicas. Es julio y vamos ligeritas de ropa, descalzas. Macarena se estaba tomando el cuarto vodka con Blue Tropic y en un ataque de risa se le ha caído. El suelo se ha llenado de cristales diminutos y una suculenta cantidad de líquido azulado. Nosotras estamos sentadas en la alfombra contemplando la escena sin decir nada. Macarena lo pisotea todo sin dejar de reír. Cunde un alegre pánico y todas trotan en busca de zapatos, servilletas, fregona, escoba. Marina me mira:

– Tía.

– Qué.

– ¿Chupamos el suelo?

– Del tirón.

No hay tiempo para la indecisión. Gateamos a cuatro patas hasta el charco azul, agachamos la cabeza con el culo en alto, chupamos y sorbemos el vodka rápidamente antes de que nos pillen. Volvemos a nuestra posición inicial en la alfombra y para cuando ellas regresan estamos masticando trocitos de cristal con las muelas. Hemos tardado menos de treinta segundos. Aquí no ha pasado nada. Macarena viene la última, cojeando un poco. Marina la mira con ojos dulces y le pregunta si se ha hecho daño.

– Un poquillo solo, pero creo que tengo un cristal clavado en el talón y no encontramos pinzas.

– Tranquila, tía. Siéntate y pon el pie en alto, verás cómo te lo saco en un momento con los dientes.

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