Que los robots no paguen impuestos

Y que no nos cierren el bar de la esquina. Sí, los dos versos sueltos están relacionados en la medida en que ambos nos hablan de funciones sociales de primer orden. La primera es el empleo, que nos permite desarrollarnos como personas y abordar desafíos profesionales e intelectuales. El segundo, quizás sí más terrenal, tiene que ver con la socialización, el ocio y el entretenimiento. Nunca faltará trabajo para quienes estén dispuestos a pasar el tiempo en compañía.

El desembarco masivo de los robots a las industrias manufactureras, los servicios de transporte de personas y mercancías, así como otras cadenas mecanizadas de trabajo ha abierto el debate sobre el futuro del empleo. Hay cierta inquietud, cuando en realidad, muchas hipótesis son contrafácticas. Leídos los actuales estudios empíricos, observamos que el progreso técnico durante el siglo XX no ha destruido empleo a nivel agregado, si bien lo ha transformado de forma radical. Esto sucede en Estados Unidos, Reino Unido, Alemania o España, países dispares. Han desaparecido empleos de baja cualificación y ocupaciones manuales, pero se han multiplicado las opciones para quienes tienen mejores capacidades y conocimientos.

Sea como fuere, algunos autores piensan que es necesario crear un impuesto específico por el empleo de los robots, cuando éstos sustituyan una tarea antes desempeñada por un humano. El propio Parlamento Europeo ha elaborado un documento que plantea que la robotización del empleo incrementará la desigualdad y que tanto robots como ingenios de la inteligencia artificial deberían contribuir a la seguridad social y la sostenibilidad financiera del sistema.

Otros pensamos que dicha carga impositiva ralentizará la difusión de la innovación entre las pequeñas y las medianas empresas, de modo que se ampliará la brecha tecnológica que ya existe. Si añadimos costes laborales a la adquisición de tecnologías, la innovación se convierte en un privilegio de los que ya están en mejor posición. Las empresas intensivas en rutinas pueden apalancarse en los robots y laminar las iniciativas de los nuevos competidores. Una segunda variación consiste en que abrirá la brecha salarial entre quienes sí mantienen su empleo y quienes lo perderán de todos modos, reduciendo la posibilidad de establecer una renta básica, un complemento salarial mínimo o una redistribución vía impuestos. Sí, hay luchadores por la anticompetencia. Más de los que imaginamos.

Para mí, la defensa de los impuestos robóticos es regresiva. En el capitalismo creativo, en afortunada expresión de Roger Martin, los empleos automatizables carecen de valor neto. En cambio, aquellos puestos de trabajo que viven de la aplicación práctica de las ideas, la ejecución de proyectos, la creatividad, la reputación, la confianza o la innovación presentan menos riesgos. Si a este sector creativo le añadimos cargas, al final acabaremos todos al servicio de cuatro multinacionales de corte oligopólico.

La innovación no es como nos han contado. No se puede planificar ni meter en una agenda con fechas, hitos y previsiones. La innovación y la creatividad no pueden predefinirse con cargo a la fiscalidad. Numerosas start-ups podrán competir con los oligopolios precisamente porque las tareas de escaso valor añadido serán mecanizadas y podrán dedicarse a la actividad social de naturaleza creativa. Aquí, por cierto, las mujeres presentan mejores competencias y habilidades adaptativas: no se puede sustituir la vocación social por un bot falsificado. Por este motivo, la búsqueda de soluciones a la explotación de nuevos yacimientos de empleo –que sí que es un problema– no puede pasar por nuevos mecanismos impositivos.

La robotización es un desafío para las políticas públicas. Y no habrá una solución única ante la gran diversidad que existe entre países, incluso dentro de la zona euro. No hay dos iguales en cuanto a la estructura del mercado laboral, la adaptación al cambio digital o el grado de competitividad exterior. Evitemos la creación de nuevos tipos impositivos, pero defendamos a las personas para que tengan un trabajo y salario digno. Hay oportunidades claras en los sectores intensivos en presencia personal: los cuidados personales a una sociedad envejecida, las actividades lúdicas o artísticas, la educación o trabajadores sociales.

No hay otra. La transición hacia la sociedad robotizada será desigual. Pensemos en proteger a las personas y no a sus empleos actuales, a la manera de Jean Tirole, Premio Nobel de Economía 2014 y autor del muy recomendable libro La economía del bien común. Piénselo dos veces a la hora de gravar la innovación y ralentizar el reparto de la nueva riqueza creada. Piense en su futuro en comunidad. Y piense en mi Thermomix.

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