Lo vamos a conseguir

Todos los temas de los que había pensado escribir son desgarros. Algunos protagonizados por la crueldad humana. Otros, por la resignación de, como mujer, seguir sin conquistar territorios anhelados. Esa sensación de lucha perpetua. De lo que aún tenemos pendiente y que ya puede que algunas generaciones no lo veamos. Voy a continuar aquí, en este grito.

Hace justo un año escribía en esta misma revista los retos a los que se enfrentaría mi sobrina Berta, recién nacida en marzo de 2017, encomendándome a un “ojalá que cuando seas capaz de entender esto, mis sueños de ahora ya tú los hayas podido hacer realidad”. A Berta le hablaba de la desigualdad salarial, de los techos que aún tenemos que romper. De las mujeres que son asesinadas sólo por eso, por ser mujer. De nosotras como mercancía, como objeto, como un triunfo más.

A Berta no le hablé de los miedos al volver a casa, de la dificultad que sigue teniendo la sociedad para creer a una mujer. Del además de ser violadas, también tenemos que parecerlo. Y nos señalan si decidimos continuar con nuestras vidas, para intentar olvidar, si es que se puede. Nos preguntan por nuestros planes de futuro cuando tratamos de conseguir una oportunidad laboral. No estamos en la página principal de las historias que el cine nos cuenta y, si estamos, son contadas por hombres. Ellos, aquí, también siguen ganando más. No estamos en las mesas donde se toman las grandes decisiones. Tampoco somos mayoría en las tertulias de medios de comunicación. También somos maltratadas en el lenguaje, pues si no tenemos protagonismo en el ámbito público, es normal que el discurso y la entrelínea los dominen otros.

“¿Qué tal eres como madre?”, le preguntaban a una conocida actriz en la alfombra roja de la última edición de los premios Goya, mientras a su pareja, al lado, le interpelaban sólo por sus próximos proyectos profesionales. Un ejemplo más de lo difícil que sigue resultado en este país, y en gran parte del mundo, dar un paso hacia adelante definitivo.

El pasado 8 de marzo, España paró. Paró porque su principal motor, las mujeres, dijimos basta ya. Y allí también estaban los hombres. Hombres comprometidos con esta batalla, conscientes de sus privilegios por ser sólo eso: hombres. Hombres que luchan contra el machismo en la barra del bar, en sus casas. Que reclaman las mismas oportunidades para todos. Hombres a los que necesitamos, cada vez más y multiplicados, peleando a nuestro lado, gritando con nosotras. Hombres que nos den la mano, que no se vayan. Sí sobran los políticos que se suben rápidamente al carro. Los del “feminismo es una etiqueta”, los del no estoy completamente a favor de lo que se reclama, pero al día siguiente se proponen para liderar la lucha. Basta de declaraciones descafeinadas. De ambigüedades, de mirar para otro lado. Nos quedan muchas cosas por conseguir pero, lo que sí está claro es que el futuro jamás podrá ser sin contar con las mujeres.

A Berta hoy, un año después, le puedo decir que algo está cambiando y, además, una certeza: que lo vamos a conseguir y que ella va a poder contarlo.

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