De lo malo lo mejor

Estoy notando en mi entorno que la volatilidad social en la que vivimos sumergidos, la liquidez contemporánea de la que hablaba Bauman y la vertiginosa velocidad de nuestro timeline personal, a la que estamos obligados de manera totalmente anti natura, provoca un efecto rebote francamente genial y subversivo. Necesitamos en determinados momentos puntuales beber cerveza.

De lunes a viernes en horario de oficina nuestras neuronas no paran de producir descargas eléctricas y administrar el funcionamiento de todo nuestro organismo para que seamos capaces de aguantar, con relativa entereza, al clásico botarate. Sin embargo, cuando se acerca la hora de salida de tu trabajo, aproximadamente diez minutos antes, nuestras neuronas empiezan a sufrir cortocircuitos.

Me refiero a que esa nueva forma de vida a la que los jóvenes (y no tan jóvenes) nos estamos acostumbrando que consiste en prepararte profesionalmente hasta límites desconocidos, trabajar con horarios casi ordinarios, entender que hoy estás sentado en esa mesa, con tu ordenador, tu grapadora o tu rotulador pero que mañana puedes estar sentado en el sofá viendo Sálvame, y en llegar a fin de mes con algo de dinero en la cartera que apenas tienes tiempo de gastar. El que gana pasta, el que no, lo comido por lo servido.

Ese modelo de vida tiene algo recurrentemente positivo y es que nuestro ments sana in corpore sano depende en gran parte del aprovechamiento que seamos capaces de conseguir de los momentos con amigos, familia y seres queridos en general.

Hace unas semanas, charlando con un amigo en uno de esos momentos tomando cerveza, me comentaba cómo había sido su reciente cambio de trabajo y de ciudad. Me dijo algo que me produjo una terrible desazón al principio. Luego me hizo hasta gracia. Trabajaba en una conocida empresa sevillana pero estaba buscando nuevas oportunidades. “Justo cuando cumplí cuatro años en esta empresa, empezaron a llegarme ofertas de trabajo.” Leí entrelíneas que quería decir que el resto de empresas interesadas en él, estaban sorprendidas y valoraban esa pequeña carrera profesional en dicha compañía. (Compañía no precisamente galardonada por el buen trato y reconocimiento a sus trabajadores). A eso me refiero.

Quizá sean paranoias mías pero estoy un poco hastiado de leer que la nueva tendencia cuasi filosófica es la del control de las emociones. Si cliqueamos en Google esas tres palabras aparecen miles de páginas que nos animan a hacer terapia, a practicar diez técnicas que nos ayudarán a domesticar nuestras emociones y sentimientos, al desequilibrio entre emoción y razón.

Me resulta curioso que esta sea la tendencia que se impone en el siglo XXI cuando en realidad, al menos, repito, en mi entorno, observo que la querencia es la contraria: desinhibición, desconexión, emoción, sorpresa, turbación, enternecimiento, sensación. Al fin y al cabo ese control de las emociones que repercute a menudo en un miedo a mostrarlas nos hace menos humanos y más robots. Y para hacer el robot ya están las oficinas y las reuniones con clientes y proveedores.

Sin ellas no nos emocionaríamos cuando nuestro equipo de fútbol gana un partido importante, no nos parecería el sentimiento más fuerte tener un hijo, no nos frustraríamos con la muerte de una madre ni tampoco nos daría lugar a arrepentirnos (para luego reír) de una metedura de pata en una cena cuando perdimos los papeles a causa del vino.

Si no fuera por esa conversación que tuve con este amigo y con otros que se unieron después, o por los ratos ah’terwor  que tengo con ellos y otros en los que hablamos, discutimos y tomamos alguna que otra cerveza, habría escrito otra paparruchada intrascendental. Solo por eso, me merece la pena sustituir un rato de sueño por un rato sintiendo emociones.

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