El liderazgo, virtud para la vida pública

A menudo, tenemos una imagen de los líderes que es edulcorada, una suerte de persona supervitaminada y que consigue todo lo que se pone por delante. Esta definición de manual de autoayuda, aderezada con el premio a Leo di Caprio por un personaje que es pura autosuperación, tiene poco que ver con el liderazgo en las organizaciones. Está bien para entretenerse, pero no para sacar lecciones para la vida real, la de pagar facturas y estar con los amigos. Porque la idea de liderazgo es más sencilla: consiste en la capacidad de ejecutar con éxito los proyectos que uno se propone. Y aquí nada tiene que ver el tamaño, la acción o la peligrosidad de la encomienda.

El liderazgo se vehicula a través de tres ejes. El primero es la capacidad de construir una propuesta transformadora de la realidad, sea mediante un conjunto de acciones concretas o sea mediante la utopía. Escribió Vargas Llosa a raíz de Los Miserables de Víctor Hugo que estamos programados para la tentación de lo imposible. Eso explica, en parte, las numerosas empresas y aventuras que han tenido éxito en la historia, a pesar de los vientos desfavorables. La ambición se concreta en ideas nuevas, que rompen con lo establecido, con “esto siempre se ha hecho así” y con el inmovilismo. Hay poco liderazgo en las instituciones que no son capaces de adaptarse y reinventarse ante el cambio de escenario. Hoy nos parece imposible que desaparezcan los partidos tradicionales, los grandes centros comerciales o las redes sociales. Como antes nos parecía imposible que la prensa escrita dejara de venderse por miles, que la gente dejara de utilizar Arrakis o que no votáramos a la UCD. Allá cada cual con su inacción.

Las ideas nuevas requieren capital social. El liderazgo individual está bien si eres Picasso, Glenn Gould o Messi. El resto nos apoyamos en personas, que quieren construir un futuro diferente y que no son genios. El trabajo, la concreción de las ideas en acciones y tareas, así como la creatividad son competencias del líder. Las estructuras de apoyo que promueven la acción colectiva son responsabilidad del líder, que puede aprovechar las ventajas de la sociedad digital o bien preferir otro tipo de instrumentos. En política, hemos visto que la combinación de Twitter con la televisión produce efectos multiplicadores. No obstante, no podemos confundir el número de followers con el liderazgo. Partidos políticos, marcas comerciales o deportistas son muy populares en redes sociales, pero no tienen éxito en la conversión de esos tuits y clicks en acciones transformadoras.

El capital social es el principal activo del líder. Es la capacidad de reunir intereses, agregar valor a una organización y dotar de espacios a la diversidad. En la empresa, esta diversidad se mide por el número de voces que se atreve a discrepar en público con los jefes. Los líderes integran esas voces y aprenden para mejorar el producto, el servicio comercial que se ofrece. En la ciudad, el liderazgo de la Alcaldía se concreta en la capacidad de integrar asociaciones, representantes, dar visibilidad a colectivos que no son la mayoría y naturalizar que no todos son tu votante medio. Esto convierte a los Alcaldes en figuras relevantes y respetadas por la comunidad.

El tercer eje es la comunicación, que vertebra el liderazgo. Es la herramienta que permite articular un propósito y que todos nuestros colaboradores lo conozcan y lo entiendan. Si el liderazgo es, en esencia, la creación de un relato que dota de sentido a nuestras acciones, tenemos que comunicar los objetivos (incrementar ventas, conseguir fondos para una ONG o promover un punto limpio en el barrio) y motivar a las personas para que el trabajo en equipo sea más relevante que la tarea individual.

La comunicación es la gasolina del liderazgo. Cuando uno quiere medir la talla de un líder basta con valorar cómo se relaciona con los demás, cómo les transmite aliento o impulso o bien escuchar cómo se dirige a su equipo. Sin estas capacidades, el liderazgo se ve disminuido.

En suma, el liderazgo es una tarea principal de las personas con actividad en la vida pública. Es necesario en la empresa y en la administración pública, al frente de las organizaciones políticas o de la actividad social. El liderazgo no se compra. Es una cualidad atribuida, que depende de la confianza que generamos en nuestro entorno de stakeholders. No hay confianza si no somos capaces de ser creíbles (hechos ciertos y veraces, cuentas claras, relación transparente) y gestionamos la reputación (la percepción que se tiene de nosotros).

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