El lenguaje de las apariencias

En 1997 Giovanni Sartori publica su tratado Homo Videns, con el subtítulo La sociedad teledirigida. En este texto, Sartori analiza los cambios que se producen en la sociedad con la aparición de la televisión.

Homo VidensDesde la perspectiva de la época, Sartori señala cómo un invento tan formidable como la televisión ha revolucionado las formas de socialización, pero no sólo eso: él sostiene que ha intervenido incluso en la manera tradicional de construir el pensamiento. ¿Por qué? Parafraseando al propio Sartori, porque la televisión “traslada del contexto de la palabra al contexto de la imagen”, lo que supone una diferencia radical. Mientras la palabra es símbolo y debe entenderse –y, desde luego, interpretarse– de acuerdo con el código aprendido, la imagen se ve y, para verla, dice Sartori, “basta con poseer el sentido de la vista, basta con no ser ciegos”. Es así como el Homo Sapiens muta y se convierte en Homo Videns.

Lo que pareciera, hace ya casi dos decenios, como un ensayo alarmista sobre un cambio irreversible en las bases intelectivas de la civilización occidental, se nos presenta hoy como el arcano testimonio de un oráculo. El desmoronamiento de todo un proceso intelectivo no es algo que se pueda todavía anunciar; es ya un hecho.

Sin embargo, la televisión, que ha sido el primer medio en popularizar la imagen por encima de la palabra, no ha sido la única “culpable” de este cambio. Basta echar una ojeada, nunca mejor dicho, a nuestra manera de socializar y nadie pondría en duda que la imagen ha desbancado a la palabra y se ha convertido en una unidad base crucial de diálogo entre las personas.

Si analizamos las redes sociales, sacamos conclusiones jugosas como que el 43% de los archivos que se comparten son simplemente fotografías y un 21% videoclips; el resto son artículos, recomendaciones, opiniones, etc. (lo cual no quiere decir que no sean informaciones apoyadas por imágenes). Si observamos de cerca algunas de las redes sociales, aprendemos que Instagram, red basada en el intercambio de fotografías, tiene cerca de 400 millones de usuarios. Otra red social, Tumbrl, que está preferentemente dedicada a imágenes, ha pasado de tener 5 billones de post anuales publicados en 2011 a 122 billones en 2015. Facebook, con más de 1.230 millones de perfiles activos, es una red social en la que la palabra sigue teniendo algún protagonismo y sin embargo es en la que más fotos se cuelgan, con casi 350.000 fotos diarias de media en 2012. Lo más irónico es que, si analizamos un medio como Twitter, en el que la palabra es la única protagonista y que es una red social que nace como un medio para compartir información, nos encontramos ante el sorprendente triunfo de una economía inusitada de medios de expresión: 140 caracteres como límite para expresar un hecho o idea. Pero 140 caracteres en una pantalla de smartphone, ¿no son al fin y al cabo una imagen hecha de letras?

Las estadísticas son más curiosas si las analizamos por franjas de edad, de manera que las generaciones nacidas coetánea y posteriormente a la llamada de atención de Sartori, son las que más uso hacen de las imágenes en las redes sociales. El 81% de los millenials publican en las redes material gráfico propio y el 68% comparte material ajeno, frente al 46% y al 41% respectivos de generaciones más vetustas, lo que parece demostrar que la imagen como medio de comunicación ha llegado para implantarse y no irse.

¿Por qué ha triunfado la imagen?

Nunca se ha cuestionado el poder de la imagen. Frases hechas como «una imagen vale más que mil palabras» son anteriores al Homo Videns. Antes de la democratización de la educación, el pensamiento no era una realidad colectiva, sino la de unos pocos intelectuales; las gentes iletradas eran ilustradas a través de imágenes, y no son raros los ejemplos de comunicación a través de imágenes que subsisten de la época antigua hasta el medievo. La aparición de la imprenta es un punto de inflexión que permite llevar la palabra, y con ella el pensamiento, a un mayor número de personas. Por ende es el inicio de una revolución cultural que hará extender la capacidad  de crítica, y por lo tanto de pensamiento, entre las personas, y así ha sido la realidad de nuestra civilización, con sus altos y sus bajos, hasta bien entrado el siglo XX. Pero parece que la aparición de la televisión es una biela que nos lleva a un plano paralelo al anterior. La clave del poder de la imagen está en la persuasión. La imagen persuade con tal fuerza que todos los demás sentidos parecen ser secundarios con respecto al de la vista.

Sin embargo, en términos de comunicación, la clave del triunfo de la imagen con respecto a la palabra está en el esfuerzo, y esto es algo clave que no hay que olvidar. El esfuerzo que exige comprender un concepto a través de una palabra, que es a su vez el símbolo de una idea, es inmensamente superior al de procesar una imagen. Ojo: procesarla, no entenderla.

Por otro lado, el uso de la palabra exige aprendizaje, cultura y entendimiento, mientras que el uso de la vista solo exige ojos con cierto nivel de visión.

Además, ¿quién dudaría de algo que está viendo? En cambio, algo que se oye, algo que se degusta, o algo que se toca, parece que necesita de un proceso de análisis mayor. Quién no ha dudado alguna vez si un vino está bueno o agriado, si un cantante ha desafinado o cantado ciertamente, o si un tejido es sintético o natural sin leer la etiqueta. Es como si todos los sentidos exigieran un grado de educación mayor para que pudieran ser tenidos en consideración. No se tiene en cambio el mismo tipo de exigencia con la vista. Nadie duda por desgracia de lo que ve,  no en vano existe la expresión popular «lo vi con mis propios ojos» como cándida garantía de que algo pudiese ser cierto o real.

De lo anterior, personalmente concluyo que el gran éxito del ojo, de la vista, de la visión y, en definitiva, de la imagen es el de la inmediatez; la inmediatez con la que una gran cantidad de información es captada por el cerebro en un instante. Y digo solo captada, porque nada garantiza que con la misma inmediatez pueda ser asimilada y no digamos ya analizada, y esa es mi preocupación. De hecho, mi preocupación principal en este análisis surge con la aparición del concepto de inmediato.
Parece extraño pensar que el hecho de captar una gran cantidad de información rápidamente pueda ser una merma. Pero el hecho es que las cosas que se ven simplemente se dan por vistas, y es raro que se cuestionen. La propia inmediatez con que se consumen es la misma inmediatez con que se digieren, dando lugar a un consumo completamente superficial y, por lo tanto, banal de la propia imagen.

Hay algo de peligroso y maquiavélico en todo esto. Por un lado existe una tendencia a comunicar con imágenes, como indican los estadistas, y por otro lado existe la tendencia natural y cultural del hombre a no cuestionar lo que percibe a través de la vista, lo cual nos lleva a la banalización de nuestro proceso intelectivo.

Me preocupa también la “oficialización” del lenguaje de las imágenes en todos los medios, no sólo en el lado lúdico y más inofensivo que pueden proporcionar la televisión o las redes sociales, sino también en otros ámbitos de nuestra vida. De repente, este lenguaje de la persuasión, más tradicionalmente usado como lenguaje de la propaganda en las sociedades totalitarias, o como lenguaje  de consumo en las sociedades capitalistas, está de repente en todos los vehículos de información,  inundando los medios informativos, los medios de divulgación, los medios de relaciones sociales, el discurso político, el discurso cultural… ¿Vamos camino a un imperio de lo banal? ¿Estaremos ante la disolución irremediable del pensamiento crítico? ¿Habrá que encontrar la vía para aprender a pensar-viendo?

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>