Legajo 11.578

Autor: Fátima Ramírez.
La presencia en el Puerto de Sevilla de la nave capitana de la Batalla de Lepanto, construida en Barcelona y decorada por los más renombrados artistas de la capital hispalense, hizo que durante cerca de dos años, personajes mitológicos como Marte, Neptuno, Venus o Atenea aparecieran en el imaginario colectivo como ocurría en la Italia del Renacimiento. Artistas como Bartolomé Morel, Villegas y Marmolejo o Juan Bautista Vázquez ‘el Viejo’ participaron en la decoración simbólica del barco de guerra.  

Año de 1571, Legajo 11.578”. Cuando Emma Camarero, estudiante del doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Sevilla, solicitó al personal del Archivo de Protocolos Notariales de Sevilla este documento, no tenía ni idea de a qué se enfrentaba. “Cuando abrí la caja en la que se custodiaba apareció ante mis ojos una serie de hojas carcomidas que se caían a pedazos, atadas con una cinta, llenas de manchas de humedad y parcialmente quemadas” explica veinte años después la investigadora.

La doctora Camarero recuerda el episodio como un momento de inflexión en su vida, porque tomó la decisión correcta. “Podía haber decidido que aquello era una empresa imposible. Pero decidí seguir adelante e intentar descifrar ese lenguaje incomprensible. Un día tras otro me sentaba delante del legajo buscando un sentido a aquellos garabatos. Al cabo de un par de meses era capaz de leer de corrido lo que antes me parecían jeroglíficos”. Fueron apareciendo ante sus ojos, entonces, los nombres de todos aquellos artistas, comerciantes y artesanos que hicieron posible una nave tan extraordinaria y única como la Galera Real de don Juan de Austria.

La fuga del galeote

Esa investigación vio la luz en forma de una tesis doctoral que obtuvo el premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad de Sevilla. Más de mil páginas –en su versión completa— en las que se relacionan y se explican con rigor, pero también de forma amena, todas las escenas paganas que adornaban la Real, su proceso creativo, los artistas que la hicieron posible y las anécdotas que se sucedieron en los  meses en los que la nave estuvo en los astilleros sevillanos. Una de ellas, recogida en los documentos consultados por la investigadora, es el juicio por la fuga de un galeote que aprovechaba la complicidad de las sombras de la noche para abandonar el barco y alegrar su triste existencia en los burdeles cercanos al puerto.

La Galera Real debía ser una obra extraordinaria, porque a bordo de este buque de guerra, don Juan de Austria, capitán general de la Santa Liga  y  hermano bastardo del Rey Felipe II, se enfrentaría en octubre de 1571 en Lepanto a la armada turca. La Real, decorada con el más amplio y complicado programa ornamental de tema pagano hasta la fecha, desapareció poco tiempo después de la batalla, herida de muerte tras la más alta ocasión que vieron los siglos, como diría Cervantes de la histórica hazaña naval. Los últimos testimonios que hablan de la nave decían que “asemejaba a un puercoespín” debido a la cantidad de flechas que llevaba clavadas. Sin embargo, de ella quedó memoria gracias principalmente a la labor literaria del erudito sevillano Juan de Mal-Lara, uno de los creadores de su programa decorativo.

Alejándose de la iconografía religiosa

Cuando la licenciada en Geografía e Historia decidió iniciar su investigación para la tesis doctoral, su primera intención fue la de huir de los temas vinculados con la iconografía religiosa, con el objetivo de distinguirse de la mayor parte de las que se hacía en la época en el departamento de Historia del Arte de la Hispalense. Fue por ello por lo que se decidió a indagar sobre obras artísticas de tema mitológico que se hubieran hecho en Sevilla. “Salvo contadas y más que documentadas excepciones como el techo de uno de los salones del palacio de Pilatos o el de la casa del poeta Arguijo, no parecía que en Sevilla abundaran este tipo de temas. Hasta que leí una referencia muy breve que hacía de la Galera Real el historiador Vicente Lleó Cañal en su libro Nueva Roma. Mitología y humanismo en el Renacimiento sevillano. Ese fue el punto de partida que alimentó mi curiosidad por saber más de esta nave”.

Las dificultades para llevar a buen puerto esta investigación fueron muchas. Por una parte, existía una total falta de estudios rigurosos en lo referente a los aspectos simbólicos y estéticos de la ornamentación de la Real. Por otra parte, casi nada se sabía de quiénes fueron los artífices de las decoraciones de la Real. Resultaba ciertamente difícil conjeturar sobre los creadores materiales de su decoración.

A la vez que tiraba de los cordeles que ataban los legajos del archivo de protocolos, la investigadora fue desvelando los nombres de los artistas que trabajaron en la Real. Se sabía que el escultor Juan Bautista Vázquez el Viejo y el fundidor Bartolomé Morel, autores del Giraldillo, habían sido contratados para llevar a cabo las tallas mitológicas de la carroza de popa. Los documentos encontrados certificaron que pintores sevillanos tan destacados como Pedro Villegas y Marmolejo, Antonio de Arfián o Luis de Valdivieso habían realizado los cuadros que adornaban la Real o el cielo de constelaciones pintados en el tendal de brocado azul que cubría el camarote de Don Juan de las inclemencias del tiempo. Junto a ellos, descubrió un plantel de más de 50 artistas, muchos de ellos desconocidos, entre los que se encontraban doradores, entalladores, orfebres, bordadores o plateros.

Barcelona, Sevilla, Messina.

Lo curioso es que la Galera Real se construyó en las atarazanas de Barcelona y que posteriormente se decidió su traslado hasta Sevilla para acometer su proceso ornamental. Desde el punto de vista operativo, se trataba de algo absurdo, en la medida en la que la nave debía unirse al resto de las naves de la Santa Liga en el puerto siciliano de Mesina, mucho más cercano a la capital catalana que a la andaluza.  Pero, como explica la doctora Camarero,  “Felipe II quería que la Real fuera una especie de libro abierto lleno de  alegorías y hazañas mitológicas que fueran ejemplo para su hermano sobre cómo debía comportarse en su papel de Capitán General de la Santa Liga”. El Rey, gran amante del arte, sabía que los mejores artistas de todo el reino se encontraban en Sevilla y por eso, a pesar del gasto que supuso, decidió que fuera Sevilla el lugar en el que la nave adquiriera su sentido simbólico.

En 1971 y con motivo del cuarto centenario de la Batalla de Lepanto, el Museo Marítimo de Barcelona reprodujo con fidelidad la Galera de don Juan a escala real, y gracias a ello hoy podemos hacernos una idea de cómo fue esta formidable nave. La fascinación por la Real sigue tan viva que Emma Camarero, profesora en el grado de Comunicación de la Universidad Loyola Andalucía, colabora actualmente como asesora para la construcción de una maqueta de dos metros de la Real, encargada por un coleccionista de reproducciones de naves históricas.

Para la investigadora, “la Batalla de Lepanto tuvo una trascendencia histórica en su tiempo comparable a la de la caída de las Torres Gemelas en el nuestro. Fue una fractura, un cambio de ciclo, el comienzo de una nueva realidad geopolítica”. Y la Galera Real, por encima de una máquina de guerra, aunque solo fuera para morir prematuramente en aguas de Lepanto.

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