Las subastas de El Perro Andaluz

«Una agenda del año pasado, en perfecto estado, solo hay que añadirle un día y ya sirve. Una llave inglesa del 10-11 oxidada. Un casete de Phil Collins. Un álbum de la Liga 88/89 sin acabar”.

Sevilla tiene una tradición de heterodoxia que se esconde. Una especie de Tagarete que serpentea por debajo de los horarios y las franquicias. Llamar a una puerta o conocer una hora, siempre ha sido la llave para entrar en otra ciudad totalmente diferente, pero complementaria a la oficialista. Las subastas de vanidad en El Perro Andaluz eran uno de los mejores capítulos de esa otra Sevilla.

“Un vaso de Nocilla. Un tenedor de plata. Este fantástico VHS con la película Rambo”.

Ese lunes no había clases y el sábado se estiró dos días. La noche de aquel domingo rebelde, alguien decidió que debíamos ir a la subasta de El Perro.

“Este increíble azulejo que dice “Gástate en juergas y en vino lo que tengas que dejar a tus sobrinos”. Un muelle flojo. Un llavero de la Peña Bética de Valencina de la Concepción. Comenzamos por 5 pesetas”.

De cuando entré, recuerdo perfectamente unos asientos con secadores de peluquería y gente riéndose mientras se subastaban baratijas. Eran objetos sin más relación que haberse comprado por la mañana en el mercadillo de la Alameda.

“Un carrete que puede contener increíbles fotografías. Un gallo portugués de cristal para decorar. Este útil y plegable parasol de cartón verde de la Caja San Fernando”.

El cuadro lo completaba alguien que repartía con solemnidad sándwiches de foigrás como si fueran probetas de un vodka exclusivo clavadas en el caviar más caro.

“Un compás con su estuche. Una camiseta amarilla de Grúas Lozano. ¡Un portaminas!”.

Muchas veces era Antonio Dechent quien oficiaba las subastas en El Perro, pero en mi bautismo creo que no estaba él. El caso es que se subastaba un casete de Phil Collins, concretamente el But Seriously, que es un disco horroroso pero que a mí por entonces me gustaba. Me quedé con las ganas de pujar porque me dio vergüenza, y al final se lo llevó un hombre de una mesa al que la gente aplaudió con alegría por su compra.

“¡Adjudicado al caballero de la mesa por 25 pesetas!”.

Siempre he pensado que, de alguna manera, Sevilla es una isla. Y esa sensación de insularidad se me acentuaba en sitios como El Perro. Toda la gente allí parecía pertenecer a una raza aparte y, lo que me parecía más bonito, no parecían tener ninguna necesidad de reivindicarlo. Estaban y disfrutaban su diferencia.

“Este paraguas de la Junta. Unas gafas sin un cristal. Una chapa de Tres Sietes”.

Fui muchas más veces. Allí vi el recital de un chaval que le escribía poemas de sexo a un hombre mucho mayor que él por el que estaba loco. Otro día llegaba y me decían que se acababa de ir Kiko Veneno después de hartarse de cantar, u otro me quedaba tonto escuchando a Juan José Téllez hablar de Chano Lobato.

“Una guía turística de Santander. Una correa original de reloj CASIO. Este ejemplar de Blanco y Negro del ABC de hace una pila de años”.

Mi primera noche en El Perro acabó con una lección. Cuando nos íbamos me di cuenta de que el que había comprado el casete de Phil Collins se había ido y lo había dejado allí. Fui a cogerlo y me di cuenta de que estaba vacío. Entendí entonces que en El Perro no se compraban objetos, sino más bien ratos de risas y anécdotas que guardar.

“¡No irse! ¡Nos queda un libro de Sociales de 4º de EGB!”.

Estoy seguro de que esa otra Sevilla loca está más viva que nunca y emerge por un montón de sitios nuevos. Pero, porras, qué útil era para el alma tener un sitio en el que comprar un destornillador oxidado un domingo por la noche, sobre todo por la oferta de risas que traía de regalo.

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