Las Siete Revueltas

Son las siete de la tarde y vengo del trabajo muerta de sueño. He estado despachando en la perfumería desde por la mañana sin parar a comer. Ha anochecido. Me duelen los pies. El ambiente es frío y húmedo. Este no es el camino más corto para ir a mi casa, pero siempre que puedo me gusta pasar por la calle Siete Revueltas. Me recuerda a la infancia, a ir de compras de la mano de mi abuela sin conocer ninguna dirección, sin tener ni idea de lo que iba a pasar. ¿Qué habrá detrás de la próxima esquina? ¿Un gnomo, un Rey Mago, un atracador, la Virgen Niña?

Detrás de la próxima esquina hay dos mujeres que se encogen como si apretarse contra la pared las fuera a hacer invisibles. Una de ellas lleva el abrigo abierto y me doy cuenta de que el de la otra estaba tirado en el suelo porque lo he pisado sin querer.

-Ay, perdón.

-No pasa nada.

Conozco la voz que me contesta. Es mi jefa, muy educada, que hoy ha decidido perderse el turno de tarde para resolver unos asuntos importantes. Todavía lleva puesto el uniforme negro y la coleta tirante se le ha empezado por fin a deshacer después de tantos años. Su amiga tiene los leotardos bajados y la falda levantada y ni siquiera espera a que yo desaparezca para volver a reclamar la rodilla que le estaban clavando entre las piernas. Puedo ver todo esto gracias al último giro de la calle.

No sé si ella habrá reconocido mi voz, pero a partir de ahora no me dará rabia cuando se marche antes que las demás compañeras. Era verdad que tenía un asunto importante que atender.

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