Las hogueras de las esperanzas

Quien quema un libro, no sólo quema un libro, sino a todos los hombres y mujeres que lo leyeron, lo leen y lo leerán. Es un acto de exterminio, un genocidio retroactivo y diferido, que intenta borrar cualquier rastro de esas páginas en las inteligencias y las almas de sus lectores. La violencia contra cualquier sociedad de los libros, que es la biblioteca, busca imponer un alzhéimer de identidad y amputar el futuro de la comunidad a la que pertenecen e iluminan. ¿Qué rehén más ínclito con que amenazar a una cultura que Platón, Shakespeare o Averroes? ¿Qué magnicidio más ejemplar para la ciudadanía que quemar a Zoroastro, Cicerón o Erasmo? Matar a un pueblo es como liquidar a un vampiro, hay que clavarle una estaca en el corazón, sus bibliotecas. Os proponemos un vergonzoso viaje por las bibliotecas más importantes de la historia que fueron quemadas por los hombres. También es una travesía esperanzadora ya que algunas fueron reconstruidas para que hoy sigan bombeando ansias de un futuro mejor a la humanidad.

Alejandría

La Gran Biblioteca de Alejandría fue la más grande del mundo en su época, llegando a tener más de 900.000 manuscritos. Los Ptolomeos la fundaron con el propósito de preservar la cultura griega en el seno de la civilización egipcia. Se trataba de un complejo cultural, concebido como templo del saber, que contaba con zoológico, jardines, salas de reuniones y laboratorios, además de las estancias destinadas a los manuscritos. Bajo el Imperio Romano incluso se dotó al edificio de un sistema de calefacción central para mantener secos los manuscritos depositados. Su primera gran destrucción se atribuye a Julio César, quien la incendió en el año 48 a. C. en pleno fragor de la batalla contra las tropas egipcias comandadas por Aquilas. Existen dudas sobre los volúmenes destruidos en este incendio: hay historiadores que cifran en 40.000 las pérdidas y otros hablan de 400.000. En 2002 se inauguró la nueva Biblioteca de Alejandría, promovida por la Unesco, construida sobre el supuesto emplazamiento original a pesar de no haberse encontrado aún sus ruinas.

Constantinopla

La destrucción de la Biblioteca de Constantinopla tiene como origen una deuda no satisfecha: el emperador Alejo IV no abonó la cantidad prometida a los caballeros cruzados por su ayuda para hacerse con el trono imperial. El impago desencadenó la primera batalla (1 de enero de 1204), que acabó con el derrocamiento de Alejo IV y la proclamación de un noble griego, Alejo Ducas, como el emperador Alejo V. Los cruzados seguían sin cobrar lo pactado, así que ordenaron un segundo asalto el 9 de abril, con desastrosas consecuencias para ellos, y tres días después otro que, si bien no les permitió tomar la ciudad, sí provocó la huida de Alejo V. Una delegación bizantina rindió Constantinopla ante los cruzados con la esperanza de evitar el saqueo, algo que no sucedió. En aquella locura saqueadora la espléndida biblioteca fue arrasada por los cruzados, que quemaron la mayoría de sus libros y rollos mientras que otros fueron robados para ser malvendidos por los propios caballeros.

Washington

El 24 de abril de 1800 el presidente John Adams estampaba su firma para trasladar la capital de los Estados Unidos desde Filadelfia a Washington. Ese mismo día se fundó la Biblioteca del Congreso: se estableció un fondo de 5.000 dólares con los que se compró en Londres -lugar desde donde no solo vendrían los libros, sino también su destrucción- una colección de 740 volúmenes, la mayoría de naturaleza legal, y 30 mapas, que quedaron depositados en el Capitolio. Bajo la presidencia de Thomas Jefferson se promulgó la primera ley que organizaba la biblioteca, cuya gestión dependía del bibliotecario del Congreso, cargo nombrado por el presidente. Catorce años después de su creación fue destruida por el ejército británico, que quemó la biblioteca -además del Capitolio- con más de 3.000 volúmenes en sus anaqueles. Jefferson ofreció su biblioteca privada para reemplazar la destruida y el Congreso la aceptó a cambio de 23.950 dólares. El presidente entregó 6.487 volúmenes de temática variada, germen de la actual biblioteca.

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