El lado oscuro de la Expo 92

La celebración del 25 aniversario de la Expo 92 está provocando un alud de comentarios y alabanzas sobre la misma. Hay un hecho cierto, cambió la ciudad totalmente, en parte para siempre, y en parte se desaprovechó su potencial de cara al futuro. En realidad salió maravillosamente gracias a un esfuerzo titánico de última hora. De todo lo que se ha publicado hasta ahora, en casi todo los comentarios he leído poco o nada sobre la figura de Jacinto Pellón, lo que me parece una injusticia, porque sin él habría sido imposible. Cuando él llegó a la Expo se encontró todo en una dirección que, desde mi humilde punto de vista, era inviable. Esto no quiere decir que el anterior comisario, Manuel Olivencia, no hiciera lo correcto, pero al final las circunstancias le pudieron. Es esto lo que me gustaría saber, el lado oscuro de lo que se tejió entre bambalinas, las verdaderas razones que motivaron aquel cambio de rumbo casi a última hora.

No sé si este momento es el adecuado para desentrañar estos oscuros entresijos, que en verdad daría para una tesis doctoral, pero sí sé que  la verdadera historia de la Expo se esconde allí, más allá de las anécdotas triunfalistas del resultado final o del famoso Curro, por cierto muy criticado en sus inicios. El evento era demasiado complejo para la visión localista que se le quiso dar en un principio. De entrada, parece que todos han olvidado la poca colaboración de las entidades locales hasta el punto de que el Ayuntamiento recomendó que los ciudadanos no sacaran los abonos de temporada por considerarlos muy caros, algo insólito. Como también se oculta que la mayoría de los medios criticaron ferozmente la ubicación misma de la Exposición Universal por considerarla fuera de la ciudad.

Desde mi humilde punto de vista, y sin la información suficiente, presiento que Felipe González consideró que Olivencia, hombre arraigado en ciertos sectores más clásicos de la ciudad y con un prestigio indiscutible en el mundo del derecho, podría aplacar estos rechazos, pero no fue así, más bien al contrario. ¿Un equipo demasiado conservador? ¿Poco afín al sistema? No lo sé. La única crítica escrita abierta que he leído a estos problemas internos que recuerdo fue la de Javier Aguirre, el entonces Duque de Alba -en sus memorias- y posterior director del Pabellón de Sevilla, que no se ubicó en la Cartuja, por cierto, y que entró en crisis con el entonces alcalde de Sevilla, Alejandro Rojas Marcos. Todo esto ha desaparecido de la memoria popular para acabar contándose un bonito cuento de hadas, donde no había dragones sueltos en cada esquina… como fue en realidad.

Todas estas luchas políticas y un análisis en profundidad de las contradicciones internas del proyecto han quedado perdidas en la narración amable de los acontecimientos. Y es una pena porque engrandecen el resultado final, que no fue un camino de rosas. Hubo incluso quienes pusieron en duda el logro importantísimo en la historia de la ciudad y de las comunicaciones: la decisión de poner el primer AVE entre Madrid y Sevilla.

En fin, me gustaría saber de estas cosas y, sin embargo, nadie las cuenta. Una pena. Sevilla no empezó a creer en la Expo, de verdad, hasta que no se derribó el muro de la calle Torneo, cuando visualizó lo que se estaba realizando y la magnitud del proyecto. Quizás, si se hubiese hecho antes, otro gallo habría cantado.

La liquidación de la magna exposición sería otro periodo de tiempo a descifrar, pero esto daría para otro capítulo de la historia del mayor evento que ha tenido esta ciudad jamás y que afortunadamente, de cara al exterior, fue todo un éxito. Pero me quedo con las ganas de saber lo que ocurrió de verdad para así entender todo lo que luego ocurrió en una Sevilla que entró en barrena.

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