La Sevilla que me mata

Nací en esta maravilla de ciudad en 1963. Vivíamos en un barrio fuera del centro y todas las mañanas mi padre, en su Seat 600, me llevaba al colegio. Era un trabajador que se mataba currando para que su hijo estudiara en las Escuelas Francesas.  

Mi padre, además de funcionario del ayuntamiento, proyectaba cine por las noches. Le ofrecieron trabajar en los cines de Torreblanca además de un piso de esos de sesenta metros cuadrados que el animador de hacer familias numerosas nos cedió; por supuesto pagándolo.  

El hombre no quería que saliera por ese barrio, y ese fue el motivo de más peso para ir a ese colegio que se salía del presupuesto familiar. Para un niño de siete años hacer ese paseo entre tantas calles hasta llegar justo a la mismísima rue Abades. Era lo más interesante del mundo. Me encantaba la estatua de Pedro I, Cabeza del Rey Don Pedro. Mi padre empezaba a contarme las historias y leyendas de este “cruel”, y conseguía que fuera a la escuela con más alegría.  

Todo era un rosario de calles, a cual más fascinante. La mezcla de olores; el azahar se fundía con la humedad que aún quedaba de las riadas que sufrió esta magna ciudad. 

La llegada a la escuela era lo mejor. En la calle Abades éramos de los pocos que podíamos entrar porque la curva que había justo pasado el colegio era tan cerrada que los cochazos que llevaban muchos padres se quedaban atrapados, o tenían que dar marcha atrás porque no pasaban ni con el capataz del Pilatos de San Benito.  

El caso es que en la escuela era el chaval de Torreblanca y en el barrio el del colegio de “pijos”. Era muy difícil que no me diera cuenta de que existía marginación por ambos lados. 

Me vestía con mi ropa del Betis y me ponía a dar balonazos en el pisito hasta que venía mi madre… y se acababa el partido.  

Mi madre cocinaba y, como casi todas las de esa época, usaba Avecrem. Como éramos muchos en la mesa, se usaba bastante ese caldo, que yo pensaba que eran las cenizas de una gallina. Traía detrás de la cajita unos puntos de regalo; cuantos más tenías, más importante era el premio. Pues bien… ¡podía elegir entre un reloj o una guitarra! Elegimos la guitarra.  

En un principio, tenía prohibido bajo pena de un alpargataso cogerla. Ni siquiera podía mirarla.  

Mis hermanas empezaron acudir a clases de guitarra en su escuela. El típico colegio de monjas con rondalla incluida. Ahí empezó mi vida. Miraba cómo mi hermana ponía sus dedos y, con memoria del Mossad, me quedaba con todo lo que hacía. Así, como un ladrón, empecé a coger la guitarra, ya con el permiso de mi madre; y a espaldas de mis hermanas podía oler el agujero de la guitarra y hacerla cada día mas mía. 

Ahí fue cuando decidí ser lo que soy… guitarrista. 

Una canción: Voodoo Shoes de Los Saxos del Averno.  

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