La poesía del exceso

Recuerdo perfectamente, cuando cursaba en la Escuela Superior de Arquitectura de Sevilla, el despliegue de lirismo con el que nuestro profesor de Historia de la Arquitectura describía las diapositivas de edificios del pasado durante sus clases. Era un placer asistir a las mismas no solo por el qué, sino por el cómo aprendías sobre todos esos referentes que hoy, sin duda, son parte del imaginario de todos los alumnos que pasamos por su aula. Recuerdo cómo, ya bien iniciada la introducción en el siglo XIX, se paró ante una diapositiva de la Biblioteca de Sainte Geneviève de París, del arquitecto Henri Labrouste. A las fotografías de las magníficas fachadas neorenacentistas y de los elegantes interiores de un estilo inesperadamente neoclásico en arquitectura de hierro, siguieron las raras imágenes de espacios menos oficiales de dicho edificio, como eran los almacenes de libros, o las escaleras para los funcionarios, que eran de una gran simplicidad. No obstante, incluso en estos espacios más privados, Labrouste no había querido privar a la arquitectura de su ingenio y con una muy medida capacidad de diseño los había dotado de eso que nuestro profesor describió como “la poesía de la arquitectura que no tiene la aspiración de ser observada”. Esa frase quedó grabada en mi memoria y no es extraño que resuene su eco en mi cabeza cuando encuentro ejemplos de esa simplicidad en todas esas cosas que no nacieron para ser admiradas y que, sin embargo, tienen una belleza intrínseca y que no fue casual en su concepción.

Pero también resuena esta frase en mi cabeza cuando me topo con lo contrario, es decir, con la poesía del exceso: con la poesía de aquello que ha nacido con la pretensión de ser admirado y contemplado. Paseando por la Gran Vía de Madrid, no puedo dejar de pensar por oposición en aquella frase. Desde su grandilocuente nombre hasta el último de los detalles del más sencillo de sus edificios, todo está ahí como un manifiesto de la autocomplacencia. Todos los edificios son un ejercicio de exuberancia, de demostraciones de dominio de estilo, de ejemplo de capacidad de composición y de riqueza de imaginario. De por sí, entre ellos no parece existir la más mínima intención de guardar una relación o respeto con los edificios vecinos, es más, parecen competir entre sí, hasta el punto de crear en su casi quilómetro y medio de longitud la más variopinta selección de fantasías arquitectónicas que, por exceso de excesos, resulta hasta homogénea. La Gran Vía de Madrid, y, por contagio, su vecina calle Sevilla, son dos ríos de fantasmagórico delirio arquitectónico que inundan nuestra capital de esa poesía del exceso que es difícil encontrar en otros lugares del mundo, manifestada de una forma tan urbana y rotunda, como si todos los arquitectos hubiesen acordado no ponerse de acuerdo.

Así pues, les invito a que la próxima vez que vayan a la más grande de las vías de la capital, aprovechen para dejarse seducir no sólo por los atractivos que se encuentran en sus tiendas y teatros, sino por la poesía del exceso de esa arquitectura que sí ha nacido para ser contemplada y admirada.

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