La película de la Generación del 27

Las únicas imágenes en movimiento de los poetas permanecieron ocultas 80 años en unas latas confundidas con dibujos animados. Juan Guerrero Ruiz, amigo personal de Juan Ramón Jiménez, las rodó en 1928 con una cámara Pathé-Baby. Jorge Guillén escribió sobre ellas en Misterioso, su último poema.

Es posible verlos moverse dentro de ese contorno ligeramente quemado de las películas antiguas. Los poetas tienen un aire de fantasmagórica verdad. Luis Cernuda sonríe, tímido, en los jardines del Alcázar de Sevilla. El sol es templado. Posiblemente, en la primavera de 1928. Rafael Alberti estalla a carcajadas delante de la cámara en la plaza de Cibeles de Madrid. En algún lugar de la capital también están Dámaso Alonso y Manuel Altolaguirre. Pedro Salinas es filmado en el municipio alicantino de Torrevieja. Jorge Guillén aguanta el foco en una terraza de Murcia. Las imágenes apenas duran doce minutos. Es el único testimonio vivo de la Generación del 27.

La cinta fue grabada con una cámara Pathé-Baby de 9,5 milímetros por Juan Guerrero Ruiz, íntimo amigo y secretario personal de Juan Ramón Jiménez, quien la conservó en varias latas de película. El destino de la filmación, poco más que su uso doméstico: en ellas también puede verse a su autor en una escena familiar, rodeado de hijos y esposa. Estas imágenes permanecieron ocultas durante más de ochenta años, confundidas con unas películas infantiles del Gato Félix. En un golpe de fortuna, el arquitecto, diseñador y cineasta Rafael Zarza las recuperó en 2009, con la colaboración de la Filmoteca Nacional y el Instituto Cervantes, en el documental El deseo y la realidad.

“Hace 30 años mi padre, estando yo aburrido en casa, me dijo que si le acompañaba a casa de la viuda de Guerrero, en la calle Hermosilla de Madrid. El hijo de Guerrero era amigo de mi padre y le ofreció llevarse viejo material que, por falta de espacio, tenían almacenado y no sabían qué hacer con él”. Allí, junto una montaña de papeles y revistas, Zarza se fijó en la caja que contenía las viejas latas de película. Le dijeron que eran antiguas, de dibujos animados. “Las latas eran muy bonitas y me las llevé”, ha explicado, en alguna ocasión, Rafael Zarza, quien ya en 1985 dio las primeras noticias del hallazgo en un artículo publicado en Poesía. Revista ilustrada de información poética.

Zarza se llevó las películas, pero no las abrió hasta algún tiempo después. Un día, mirándolas al trasluz, en lugar de personajes de dibujos animados empezaron a surgir los contornos borrosos de unos jóvenes que gesticulaban, paseaban, saludaban y sonreían. “Esas caras”, recordaba, “eran tan reconocibles”. Alberti, joven y guapo como un galán de película, o Cernuda, con un bigote fino, reía bajo el cielo sevillano. Eran instantes de películas familiares, rodadas por un aficionado, un amigo que podía acceder con su cámara a un espacio cercano, íntimo. Ellos aparecían hablando, tomando un refresco o jugueteando ante aquella Pathé-Baby que robaba sus movimientos.

Precisamente, de la compra de esta cámara, inhabitual en aquella época, hay rastro en la correspondencia entre Jorge Guillén y Pedro Salinas. El primero comentaba así la noticia el 13 de septiembre de 1927: “Ya sabrás que las posibilidades de información gráfica de Juan Guerrero se han aumentado con la adquisición de un Pathé-Baby. De modo que la joven literatura ya no pasará gráficamente a la historia inmóvil y estática como corresponde a la generación azoriniana sino gesticulante y dinámica a la moda de Guillermito y demás tontos…”.

En este sentido, la Generación del 27 siempre sintió una enorme fascinación por el cine, como bien ha estudiado Roman Gubern en su libro Proyector de Luna. La Generación del 27 y el cine (Anagrama) y como el propio Alberti escribió en un verso: “Yo nací -¡respetadme!- con el cine”. Lorca, Cernuda y Villalón, entre otros, dedicaron poemas al nuevo invento y a sus primeras estrellas: Chaplin, Buster Keaton… Pero, aunque existía material grabado de sus miembros, la Guerra Civil arrasó con la mayoría del registro documental y en la propia Residencia de Estudiantes se quemaron por miedo a represalias las películas que documentaban sus sesiones de conferencias.

No se conservan, por lo tanto, demasiadas imágenes fílmicas de los poetas del 27. De Lorca existe una grabación mientras lee las cuartillas con las que introducía las sesiones teatrales de La Barraca y otra durante su estancia en Buenos Aires. En una famosa imagen, Alberti aparece como un “ángel invertido” en el Noticiario del Cine Club (1930) de Ernesto Giménez Caballero, quien también filmó al autor de Marinero en tierra en un retrato de grupo junto a Benjamín Jarnés, José Bergamín y Ramiro Ledesma Ramos.

Quien está detrás de ese tesoro fílmico sobre los poetas de la Generación del 27 es Juan Guerrero Ruiz (Murcia, 1893- Madrid, 1955), un personaje excepcional en la cultura española del siglo XX. Aunque escribió algunos artículos literarios, su profesión era la de abogado y secretario de Ayuntamiento. Lo fue de los consistorios de Murcia y de Alicante y, después de la Guerra Civil, trabajó en Madrid como alto funcionario ministerial. Pero fue el gran amigo de Juan Ramón Jiménez, y sobre él escribió un documento excepcional: Juan Ramón de viva voz, libro donde anotó, a modo de diario, la impresión de sus charlas con el poeta de Moguer.

Guerrero Ruiz conoció, a través de Juan Ramón, a todos los escritores del 27 y con ellos colaboró en multitud de empresas literarias. Nombrado “cónsul general de la poesía” por Lorca en la dedicatoria del Romance a la Guardia Civil española, creó en Murcia, entre 1923 y 1928, el suplemento literario de La Verdad y la revista Verso y Prosa, una de las publicaciones más importantes e influyentes de la joven literatura del momento, en la que dieron a conocer sus primeras creaciones todos los poetas de la Generación. Además, los fotografió en distintas ocasiones reuniéndolos en un álbum que “era un verdadero tesoro, que él mostraba con legítimo orgullo”, ha recordado José Luis Cano en alguna ocasión. Y ahora también lo sabemos: Guerrero rodó rudimentarias películas caseras en las que aparecían los jóvenes poetas.

En uno de los textos de Juan Ramón de viva voz, volumen calificado por Ricardo Gullón como “uno de los libros de historia literaria contemporánea más interesantes”, Guerrero Ruiz hace precisamente referencia a la velada en la que proyectó estas imágenes de los poetas del 27 a Juan Ramón y a su esposa, Zenobia: “Al llegar a casa les invitamos a que asistan a una sesión de Pathé-Baby, cuyas películas tienen de actores a mis hijos. Aceptan gustosos y suben con nosotros. El aparato no funciona muy bien, pero a pesar de ello puedo proyectar varias de los pequeños y alguna de los amigos escritores, como Salinas, Guillén, Altolaguirre, Villalón… Contemplar a éste, muy lleno de vida y alegre, parece que impresiona a Juan Ramón, que encuentra que ésta es la mejor de las películas”, anota el 12 de agosto de 1933.

Resultaba lógica dicha predilección y emoción. A pesar de algunas diferencias con los más jóvenes, Juan Ramón Jiménez se sentía muy cerca de Fernando Villalón. Habían sido compañeros de estudios en los jesuitas de El Puerto de Santa María y, aunque poeta tardío, Villalón le había dedicado su último libro, Romances del 800 (Imprenta Sur, Málaga, 1929), antes de su repentina muerte en Madrid el 8 de marzo de 1930. En 1933, cinco años después de su filmación, el retrato fílmico de Guerrero Ruiz ya estaba empapado de nostalgia y de historia.

Otro tanto ocurrió con estas imágenes en la primavera de 1983 cuando, poco antes de morir, Jorge Guillén las contempló, ya en formato VHS, en el salón de su casa. El autor de Cántico quedó vivamente emocionado por las imágenes. A ellas les dedicaría el último de los poemas que escribió, titulado Misterioso. “Pasa el vídeo misterioso / vuelve el pasado en movimiento, / y el instante insignificante / llega enseguida a conmovernos. / ¿Y por qué? Porque significa. / No cruzan su flujo y su tiempo / frente a nuestros ojos atónitos”. Y continúa: “Sin arrastrarnos a lo inmenso / Ese impulso que es esencia. / Contra mareas, contra vientos, / Y jamás contacto con Nada / Nada irreal que siempre sueño, / Y la gran verdad nos oculta: / El vivir del amigo muerto. / ¿Cómo? / Salinas. / Me emociono. / Es él y todo el universo”.

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