La película gay que burló al franquismo

Con Franco vivo y la censura activa, el musical Diferente sorteó en 1961 las prohibiciones y abordó la homosexualidad con una claridad nunca vista gracias a una historia presentada bajo el paraguas de la moral y a un productor pícaro y avispado. “Es el filme artístico más bonito que he visto”, valoró el censor eclesiástico.

En el interior de un edificio en construcción, un joven descubre a un obrero que trabaja con una taladradora. Trata de evitar fijarse en él, pero es irremediable. Observa con detenimiento su esfuerzo. Clava sus ojos en el torso y los brazos desnudos. Lo mira con deseo. Después, la máquina penetra en el suelo… La escena, una de las más insólitas del cine español, pertenece al musical Diferente (1961). Sin duda, la película gay del franquismo. “El filme no tiene equivalencia en la explicitud de sus imágenes ni en el cine español ni en el internacional que se hacía entonces”, expone Alejandro Melero en el estudio Violetas de España. Gays y lesbianas en el cine de Franco (Notorius).

Esta singular cinta es una iniciativa personal del bailarín y coreógrafo argentino Alfredo Alaria (1930-1999), quien protagonizó, tras recalar en España muy posiblemente a finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta, diversos espectáculos musicales (Ballet Americano, De Las Vegas a Barcelona y Tres novias para Roberto, entre otros). Ese sobresaliente papel en la concepción de la película lo confirma el último de los títulos de crédito: “Un film de Alfredo Alaria”. Detrás de las cámaras se sitúa Luis María Delgado y entre los actores destacan algunos de los más populares de entonces: Julia Gutiérrez Caba, Gracita Morales y Agustín González.

Es sorprendente que la película no sólo tuviera la aprobación de la censura, sino también su aplauso: “Como ballet es realmente espléndido (…) Magnífica fotografía en color así como la realización en su conjunto y elementos puestos en juego. ¡En cuanto a lo “diferente”, eso es otro asunto!”. Como remate, el Padre Benito, censor eclesiástico, le dio la enhorabuena al equipo del filme “porque era la película artística más bonita que había visto”, según ha contado, en alguna ocasión, Luis María Delgado, realizador de la cinta exhibida públicamente por primera vez en el cine Fémina de Tarragona.

Este inesperado hecho se explicaría, en opinión de algunos, porque “los censores no leyeron o fingieron no leer las claves homosexuales”. Otros consideran que “la censura se encontró desconcertada y muda, sin saber qué hacer”. Sobre el asunto, en la serie documental de TVE Imágenes prohibidas, el subdirector general de Cinematografía y Teatro entre 1962 y 1967, Florentino Soria, insiste en que “la censura no se enteró de nada” a pesar de que “había planos increíbles”, destacando la primera escena de la librería del dormitorio del protagonista repleta de libros de “reconocidos escritores homosexuales”: Wilde, Lorca, Andersen…

El consentimiento de la censura acaso se justifica por una conquista estética: las cuestiones moralmente dudosas están presentadas en Diferente bajo una perspectiva aleccionadora y ejemplarizante. Tanto que la sinopsis entregada a los censores se ajusta a los principios del nacionalcatolicismo. Alfredo es descrito como un “hijo malcriado de una familia honorable” que lleva una vida “no del todo de acuerdo con una moral estricta”. Al final, además, “en su soledad, invoca el perdón de Dios”. Al parecer, el censor, forzado a distinguir la sutil frontera entre la necesidad narrativa de carácter moral y el dudoso deleite descriptivo, dio finalmente su aprobación.

Otro tanto ocurrió con la crítica cinematográfica, que minimizó, en líneas generales, la importancia del argumento por tratarse de un musical. El crítico de ABC encargado de reseñar el estreno señaló que “la historia es lo de menos: el pretexto para articular el espectáculo que Aria brinda, ya que cada número, cada ballet, constituye uno e impresionante por sí mismo. No obstante, esa historia ha huido de los caminos trillados para las películas del género: echar mano de la sensiblería, desparramándola, para terminar con el triunfo de la figura central en la acostumbrada apoteosis. En eso, como en muchas cosas, Diferente es diferente”. Sólo el crítico del diario Ya lo advirtió: “Es una película sobre la desviación amorosa contra natura”, sentenció.

Como demuestra Alejandro Melero en Violetas de España, el largometraje también burló la censura gracias a las gestiones de un productor avispado y a una burocracia interminable enfrentada a unos plazos ajustados. Así, por ejemplo, la productora pidió el 19 de diciembre de 1961 a la Junta de Clasificación y Censura la aprobación urgente del filme “por tener previsto su estreno de inmediato”. En un hecho insólito, cuatro días después, recibieron el visto bueno, con la calificación para mayores de 16 años, sin cortes y con la palabra “Urgente” escrita a mano y en mayúsculas. La publicidad en prensa lo anunciaba como “No apto” y advertía de que, “debido a las características especiales de este film, se proyectará improrrogablemente 10 únicos días”.

Pero no acabaron aquí las irregularidades. Cuando la película se iba a proyectar en Sevilla y Córdoba, el secretario de la distribuidora Universal Films elaboró una carta para las salas de las dos ciudades andaluzas en las que se excusaba por “extraviar” la hoja de Censura, requisito indispensable para su exhibición. Poco importa: Diferente se pudo ver en esos cines. También se exhibió en 1972 en la Filmoteca Nacional y, tras distintas reposiciones, ya en la Transición se pudo ver dentro de un programa doble con la cinta de Eloy de la Iglesia El diputado (1978), también de temática homosexual. Según datos oficiales, 52.825 espectadores vieron el filme de Alfredo Alaria.

Paradójicamente, la película tuvo más problemas durante el rodaje, llegando a estar amenazada de suspensión hasta en dos ocasiones. El documento definitivo que autorizaba la filmación fue expedido el 12 de diciembre de 1961, ya con el trabajo realizado y a dos semanas de su estreno. Hasta esa fecha, el productor Jesús Saiz aportó a la Dirección General de Cinematografía y Teatro argumentos de todo tipo. En mayo, por ejemplo, solicitó que le dejasen grabar ocho secuencias porque los bailarines tenían que incorporarse en julio a sus teatros. En otra carta posterior, sin contar con aprobación alguna, informa del cambio del director –Luis María Delgado reemplazó al previsto inicialmente, Jorge Griñán Gutiérrez-, sin pedir la preceptiva aprobación.

Las dotes de convicción del productor alcanzan la cima en otra misiva, fechada el 5 de julio de 1961. La revista Primer Plano informa en sus páginas del proceso de grabación, que no cuenta entonces con el visto bueno de la autoridad. Sin embargo, los problemas no llegan desde la Dirección General de Cinematografía, sino desde el Sindicato de Espectáculo. Este colectivo no aprueba que un bailarín como Alfredo Alaria se autoproclamase director de la película. Para justificar este hecho, Saiz cita ejemplos de musicales en las que un coreógrafo se encargaba de los números de baile, como Gene Kelly y Michael Powell.

En las fotografías de aquellos años, Alaria es un tipo con hechuras de alfil. Gracias a la autobiografía de Miguel de Molina, Botín de guerra, sabemos también que al comienzo de su carrera formó parte del cuerpo de baile de su compañía. El cantante anota un curioso incidente ocurrido en Montevideo en 1947: “Los muchachos del cuerpo de baile, con Alaria a la cabeza, se fueron a una discreta playa el día antes del estreno y no sé qué mostraron o qué cosas hicieron, pero el caso es que los detuvo la policía y me costó las mil y una sacarlos de la comisaría y evitar el escándalo. Yo me preguntaba: ¿por qué la vida de los otros artistas es tan sencilla y la mía tan complicada? ¡Menos mal que ese día yo no fui a la playa!”.

Pero el rastro se pierde ya a comienzos de la década de los setenta tras liderar nuevos espectáculos musicales, ya de carga más sensual como Venus de fuego. En 1974 Alaria ingresa, “muy desmejorado físicamente”, en la prisión de Carabanchel por “carecer de la oportuna documentación de residencia”, recoge el periódico Informaciones. Tres años después se lo encuentra “perdido, acabado y roto por el Barrio Chino” de Barcelona Francisco Umbral, quien da cuenta de su deterioro: “Presumía de haber inventado West Side Story. ‘Hollywood me lo robó, Hollywood me lo robó’, me decía Alfredo Alaria, mirándose en el espejo de su megalomanía”, anota el autor de Mortal y rosa. Ya en Buenos Aires, donde falleció, él se definió así: “Soy un hombre tímido al que la suerte quiso que le pasaran muchas cosas”.

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