La modosita

La chica que tengo encima me atrae desde hace un año precisamente por lo modosita. No imaginaba este tipo de prenda debajo de los pantalones de pinzas. A veces fantaseaba con la posibilidad mientras le miraba el culo pero no esperaba que fuese verdad. Son bragas de niñata, muy apretadas. Jamás levanta la voz. Tampoco la está levantando ahora, pero su tono ha cambiado ligeramente y ha adquirido un tinte risueño y amenazante. Todo este tiempo hablando bajito con las bragas clavadas en la carne. Mientras se colocaba le he preguntado si tiene más ropa interior de este tipo, si es casualidad. No ha contestado. Me está vacilando.

La tengo encima pero no del cuerpo sino de la cara y restriega el encaje blanco contra mi nariz. Nunca había sacado la lengua durante tantos minutos seguidos, me duele un poco y la he tenido que guardar. Desde aquí veo su espalda arqueada y el pelo castaño chorreando. Está claro que pronto me va a exigir más saliva. Quiere que le llegue hasta el coño a través del tejido. Eso sí lo ha explicado.

Parece que me estoy quejando. No es eso, es la sorpresa, la novedad. El roce de su mano sobre cualquier esquina de mi ropa puesta es la máxima expresión de la generosidad. Le gusto, le gusta estar ahí.

-¿Te gusta estar ahí?

Es su voz, infantil y maléfica. No puedo responder porque ha dejado caer todo su peso y me está asfixiando. Menea un poco las caderas para cubrir cualquier resquicio de luz.

-¿A que soy muy guapa?

Qué hija de puta. Ojalá no se vuelva a levantar nunca.

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