La inestabilidad es la droga

Lejos quedan los tiempos en los que Roxy Music cantaban aquello de Love is the drug. Sin darnos cuenta, nos han ido acostumbrando a que hay que vivir en un continuo sinvivir. El miedo es rentable, política y socialmente. De repente, sin buscarlo, aunque intentándolo desde hace más de un siglo, han logrado lo que Marx llamaba el opio del pueblo, que al final ha sido el estado permanente de inestabilidad que el propio sistema ha creado para perpetuarse; jamás la gente ha aguantado tanto por tan poco. En plenos inicios de la industrialización fueron los sindicatos los encargados de conducir la rabia del proletariado, luego vino la caída de los imperios, el comunismo, el nacionalsocialismo, las democracias liberales, la socialdemocracia y ahora, de nuevo, el miedo como arma de estabilidad.

Todo esto viene a cuento por el cariz que está tomando la cosa por otros lares, o aquí mismo. Que se hayan vuelto a repetir consignas racistas y homófobas es, al menos, preocupante, pero me preocupa aún más que sean las clases menos favorecidas las que las aireen y las hagan suyas, y todo ello por el miedo a perder lo que casi no tienen. Se está perdiendo las ganas de luchar o simplemente de conservar la dignidad, se ha perdido el ansia de cambiar las cosas; todos buscamos lo mismo, la estabilidad, aunque sea a un precio mísero. Pero no se preocupen, esta nueva droga funciona sin fisuras, el miedo no conoce fronteras, ni edades ni clases sociales… lo abarca todo.

Ya sé que lo suyo es hacer un artículo esperanzador para abrir el año, pero no está el horno para bollos. La cultura ha sido de facto borrada del mapa convirtiéndose en una degeneración elitista y, como tal, erradicable. No deja de ser curioso que la única o principal arma de defensa del sector  es su rentabilidad… así nos va la cosa.  Parece mentira que en los años 60 o 70 del pasado siglo se pudiesen ver en cartelera películas que hoy son consideradas hiperminoritarias. Hoy este tipo de filmes ni llegan, se les condena a las redes o a los guetos festivaleros; al fin y al cabo es un vicio de una minoría, que se busquen la vida como puedan.

De la literatura, casi mejor no hablar. El nivel ha bajado, quedando solo el mundo de los best sellers y poco más. La única esperanza que me queda es saber que el núcleo duro de los compradores es femenino, los hombres hace mucho que abandonaron las letras, la música o el cine como ocio o de forma de autodesarrollo del intelecto. Pero atención, si bien es cierto que el futuro es mujer, no lo es menos que toda esta ola de conservadurismo que vivimos  tiene entre sus objetivos la vuelta de la mujer a la familia en su concepto más tradicional. Al sistema le faltan puestos de trabajo y necesita para un futuro inmediato a la mujer en sus labores reproductivas.

Ríanse si quieren, pero, paranoias aparte, todo esto pertenece a un mismo pack: seguridad frente al miedo de la inestabilidad. La corrupción importa bien poco, son gajes del oficio y económicamente irrelevante; sí me importa esta sensación de acoso continuado que se vive en la actualidad y que en realidad somos nosotros mismos los encargados de distribuir en sabias dosis. La crisis económica es ya sistémica y ha servido para demostrar que el personal aguanta lo que haga falta. El ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono nos ha convertido a todos en talibanes de un lado o del otro y en solo unos años nos ha cambiado la percepción del mundo.

A Sevilla, por aquello que vivimos en la periferia de la periferia, aunque nos creamos el ombligo del mundo, todos estos efectos colaterales, salvo el de las tasas del paro, aún no han llegado, pero lo harán; ya de por sí somos la reserva espiritual del mundo occidental. Las perspectivas de 2017 no son especialmente halagüeñas, pero nos queda siempre la esperanza en que las predicciones nunca se cumplen en su totalidad. Esperemos que así sea, de momento se han tragado ustedes este pestiño. Gracias y perdónenme, hay que desahogarse de vez en cuando, más aún cuando se acercan unos meses muy tontos para esta ciudad.

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