La guerra y la negación del ornamento

No me gusta comenzar con un “no”, pero no puedo evitarlo: no soporto a quienes hacen la guerra al ornamento y no soporto a quienes lo niegan como un medio de expresión.

Parecía que la larga ola del postmodernismo había por fin dejado las puertas abiertas a una total libertad creativa. Parecía que, incluso los círculos más cultivados, otrora muy reacios a todo aquello que oliera a decorativo, se estaban comenzando a dejar conquistar de nuevo por aquellos creativos que eran sensibles a esta parte tan creativa, libre, fantasiosa, y a la vez tan enriquecedora, del mundo de las artes.

Sin embargo, todavía es común denostar con gran vehemencia a quienes que se dejan conquistar y embelesar por este atractivo y persuasivo modo de expresión que implica el uso de ornamento. Adjetivos como decorativo u ornamental suelen ser utilizados con connotaciones más que negativas, y no es extraño que vayan acompañados de otros adjetivos como fácil, obvio, o incluso anacrónico, como si el uso del ornamento tuviera que ser algo ya del pasado que no tuviera cabida en nuestra civilización.

Desde un punto de vista histórico, parece comprensible que la animadversión hacia lo ornamental y hacia el propio ornamento naciera con cierta virulencia en el periodo de entreguerras, tras el empacho de los eclecticismos. De hecho, así ha acontecido con la precisión de un reloj en el devenir pendular de los movimientos artísticos durante toda la historia de arte. Y desde un punto de vista social, también es muy comprensible que, tras la sacudida de la segunda gran guerra, se hiciera unánime el ostracismo a todo aquello que era considerado superfluo, de modo que en casi todas las artes y disciplinas artísticas, sobre todo en la arquitectura, se comienza a percibir esa obsesión por lo práctico y lo funcional, ignorando de alguna manera las necesidades del alma.

Después de tantas décadas resulta sorprendente que ese estigma siga sobrevolando como una bruja inquisidora el mundo de lo creativo, y con mayor inquina y animadversión el mundo de las artes, siendo quizás en la arquitectura donde se haya instalado con unas raíces más profundas.

amaroLa confrontación intelectual entre esencial y superfluo, que durante décadas ha definido lo esencial como el bueno de la película y lo superfluo como el malo, hoy en día no tiene ningún sentido. Tan válida me parece hoy la frase de Mies Van der Rohe “Menos es más”, enunciada en 1947, como el “Amén” de la arquitectura racionalista, o como la de Roberto Venturi, que reacciona a la misma en 1966 con su otro famoso “Menos es aburrido” para denunciar la incapacidad de comunicación del movimiento moderno con los individuos. Al final, aunque sean frases muchos más simples, lo que no se puede negar es la evidencia de que más es siempre más y de que menos será siempre menos. Pues, a mi juicio, el debate está en otra parte.

La cuestión está en qué se puede hacer con más y qué se puede hacer con menos. Por lo tanto, lo que está en tela de juicio es la calidad de lo que se hace y no la riqueza formal de lo que se hace. Para mí, una obra de arte “esencial” que es estéril nunca será “más” que el equivalente de otro lenguaje formal; será exactamente lo mismo: nada.

A aquellos que se dejan impresionar por la limpieza formal del movimiento moderno les invito a analizar una de sus joyas más paradigmáticas. El mismo arquitecto que enuncia su famoso Less is More (Menos es más) crea en 1929 el famoso Pabellón Alemán de la Exposición Iberoamericana de Barcelona. Este pequeño edificio, tras su halo de simplicidad, está lleno de cosas superfluas y no por ello deja de ser menos maravilloso. Todo lo contrario, la elección de esos ricos mármoles cortados con gran maestría para crear dibujos en las paredes, la introducción de planos de agua en contraposición con la rotundez mineral de los planos de piedra, la elección de una sección cruciforme para los pilares de acero…. Todo esto tiene una lectura hiperformal, cuyo fin es también ornamental, aunque esté realizado con gran sutileza. Decir que esta arquitectura renuncia a lo ornamental es de ciegos. Incluso la famosa silla Barcelona que crea para  este edificio, hoy un hito del mobiliario, es un guiño al Klismos griego que bebe de un ideario quasi neoclásico.

Mies usa lo decorativo y lo ornamental porque sabe que es un medio vital para atrapar los sentidos. Lo superfluo es muy humano. Desde las pinturas prehistóricas, como primer medio de expresión formal, hasta el maquillaje, los abalorios, la moda, el ser humano precisa y siente esa necesidad de adornarse a sí mismo y de adornar su entorno.

Si ni el propio Mies renuncia a estas licencias decorativas, no lo hagan ustedes, no piensen que son más modernos por hacerlo, pues estas modernidades tienen ya casi cien años de historia, y todo lo que tiene más de cien años de historia se puede considerar una antigüedad. Les invito a que tengan ojo avizor y crítico, y juzguen por sí mismos qué puede haber de bueno en algo muy desnudo y qué puede haber de bueno en algo muy vestido, sin prejuicios. Pues en nombre de uno y otro ídolo se han logrado hacer maravillas… y grandes monstruos también.

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