Todo tiene un fin

Podrían protagonizar un relato de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, llevan el brillo de la decadencia sobre sus esqueletos de chapa abollada. Fueron deseados, simbolizaban el ascenso social. Sus faros, ya ciegos o vaciados por la desidia, han visto pasar ante ellos el engreimiento y la envidia.

Conocen la gloria pasajera del mundo. Saben que toda la fama se desvanece en un abrir y cerrar de ojos. Son la evidencia de que todo tiene su fin. Por eso los humanos los esconden, como a leprosos de óxido, en desguaces apartados para hacerlos desaparecer prensados.

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