La dictadura, ¿o democracia?, foodie

Dale a Carpanta un smartphone, añádele la guindilla de la soberbia, cocínalo al fuego rápido de ciertos conocimientos culinarios y tendrás un foodie de primera. Aunque no lo reconozca públicamente, es lo que piensa la mayoría de chefs y cocineros del planeta ante esta oleada de aficionados a la comida y bebida que acumulan miles de seguidores en sus redes sociales. El foodie es un prosumidor en toda regla, capaz de condicionar la producción de aquello que consume, y lo hace con el poder de influencia entre sus followers

El término inglés foodie se comienza a usar en los ochenta del siglo pasado entre los clientes de los restaurantes neoyorkinos si bien se atribuye su creación a Gael Greene, columnista de New York Magazine. Gracias al libro The official foodie handbook (1984) de Ann Barr y Paul Levy se populariza esta nueva palabra, que en realidad era una especie de frontera que separaba dos tipos de aficionados a la comida: los refinados y profesionalizados (gourmets) de los todoterrenos y amateurs (foodies).

El término fue evolucionando hasta designar a los obsesos de la cocina. Un foodie quiere aprender todo lo posible acerca de la comida y la bebida, pero no solo de la alta cocina, sino del universo gastronómico: restaurantes, tascas, industria, i+d, productos, elaboración, personajes, etc… El retrato robot del foodie por sus hábitos sería: asiduo de todas las ferias gastronómicas y foodtrucks; planea sus viajes en función de los lugares donde va a comer y beber; gasta una media del 40% de sus ingresos en comidas fuera de casa; come tanto en restaurantes de alto standing como en puestos callejeros; pregunta por el origen, elaboración e ingredientes de los platos que come; consume medios de comunicación especializados; comparte su opinión en redes sociales, blogs y en Trip Advisor. Por hacer una analogía, sería un trekkie de la gastronomía.

Inofensivos para la industria gastronómica al principio, incluso se convirtieron en un nicho de mercado por explotar: visitas a bodegas, catas de vinos, master class, degustaciones exclusivas, publicaciones, etc. Se les ofrecían “experiencias gastronómicas” a cambio de vaciar sus carteras. Incluso comenzaron a aparecer los primeros programas de televisión dirigidos a este target. Este movimiento foodie provocó en la década de los 90 la aparición del canal televisivo Food Network y numerosas publicaciones en papel y, luego, digitales. Hasta tal punto llega su influencia que los guionistas de Los Simpson convierten a Marge, Bart y Lisa en foodies en el episodio The food wife.  Ilustración: Little

La aparición de las redes sociales y, sobre todo, del smartphone empoderan a los foodies de tal manera que, a pesar de seguir siendo un negocio para la industria, también los convierten en un peligro. Cierto es que el perfil del foodie “se radicaliza” al saberse con fuerza para condicionar el mercado; en la actualidad el término está connotado negativamente y se tiñe de fanatismo. Para la industria se han convertido en una especie de tifosis capaces de lo mejor y lo peor.

Tanta es su capacidad de influencia que muchos restaurantes y chefs están aprendiendo a marchas forzadas técnicas de marketing para ganarse a este colectivo y, con ellos, a sus seguidores digitales. Saben que un comentario en Twitter y Facebook o una foto en Instagram puede incrementar sus reservas, pero también provocar una hemorragia de clientes. Y es que algunos foodies se han transformado en influencers que marcan tendencias no solo en redes sociales, sino a la hora de hacer caja en los establecimientos gastronómicos. No es de extrañar viendo las cifras de seguidores de foodies como Mikel Iturriaga El Comidista (36,2 K en Twitter, 41,3 K en Instagram y un blog en El País), Directo al paladar (320 K en Twitter, 20,1 K en Instagram), Delicious Martha (138 K en Instagram), Marta Simonet (27,4 K en Instagram, 17,2 K en Twitter), Garbancita (31,2 K en Twitter) o Laura Ponts (154 K en Instagram). El número total es importante, pero aún más lo es su capacidad viral. Se estima que una campaña de dos meses con 30 influencers foodies en Instagram, Twitter o Youtube puede tener un alcance máximo de hasta 22,5 millones de personas. Es una herramienta muy potente, por eso las propias empresas del sector, y otras de comunicación online, trabajan para establecer alianzas con estos líderes de opinión.

Una curiosidad. Mientras escribo este texto monitorizo el hashtag #foodie en Twitter desde que me levanté a las 6:30 hasta este momento (12:40 pm). Las estadísticas son apabullantes: un total de 1.500 tuits etiquetados con #foddie han logrado un alcance total de 4,3 millones de usuarios y más de 7,5 millones de impresiones (número total posible de veces que alguien podría haber visto un tuit con esa etiqueta). En Instagram las cifras también son llamativas: en una hora se han subido 200 fotografías con la etiqueta #foodie, que han generado 1.632 likes y 84 comentarios, un alcance de 1.112.713 usuarios y más de 1.138.000 de impresiones (Fuente: Hashtracking).

El crecimiento exponencial de contenidos -no solo online– sobre gastronomía provoca que, además de los foodies, mucha gente se crea experta en la materia. En este caldo de cultivo ha nacido una suerte de derecho universal a la experiencia gastronómica única. Amparándose en este “derecho”, se pretende tener esa experiencia única tanto en un tres Estrellas Michelin como en una tasca de barrio; se exige una creatividad y productos de primera tanto en un local donde el cubierto supera los doscientos euros como en otro donde no llega a los diez. Tan altas expectativas -por asimilación indirecta y mediática- solo se satisfacen con la experiencia gastronómica única, que escasea por lo general. Es entonces cuando el cliente tiene -nunca mejor dicho- la sartén por el mango… o los dedos en su smartphone.

En esas andamos. Para muchos profesionales del sector, estamos en una tiranía foodie, que les obliga a adaptarse a sus gustos y a traicionar su concepto de cocina. Incluso hay quien vaticina la homogeneización de la gastronomía para contentar a esos influencers y el detrimento de la riqueza culinaria, que hará desaparecer establecimientos emblemáticos con historia. En la otra orilla piensan que el fenómeno foodie servirá para hacer pedagogía y elevar el nivel de cultura gastronómica de la sociedad, posibilitando el acceso de todos a materias primas y productos de alta calidad y sostenibles.

El debate está servido… en la mesa y en las redes sociales. Buen provecho.

Comentarios

Dejar un comentario

Tu eMail no será publicado

Debes usar estas HTML etiquetas y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>