La bestia

Es una imagen recurrente. Desde que la leí -pues, en efecto, las imágenes se leen, no sólo se miran- empecé a entender la figura decadente de la gloria, el veneno que se esconde en toda monumentalización de la historia. Walter Benjamin entendía que la alegoría es, en su propia conceptualización, una ruina, el intento de hacer posible una imagen legible y consistente a partir de materiales opuestos, contradictorios, paradójicos, antagonistas. Por eso, eso que llamamos el barroco ha privilegiado la alegoría como sistema de conocimiento, arruinados ya los proyectos positivos de conocimiento y explicación del mundo del humanismo clásico. Y aquí se trata de esto, de la imagen de una ruina como ruina.
“Este despedazado anfiteatro,
Impío honor de los dioses, cuya afrenta
Publica el amarillo jaramago,
Ya reducido a trágico teatro,
¡Oh fábula del tiempo! Representa
Cuánta fue su grandeza y es su estrago.”

Baste este fragmento para evocar el poema A las ruinas de Itálica que el censor, museógrafo y sacerdote Rodrigo Caro dedica a Fabio lamentando el paso del tiempo, la ruina del imperio, nostalgia de una gloria que no fue. La condición de poeta y arqueólogo de Caro le hace brillar con fortuna en este poema, digamos que el profundo conocimiento de la ruina hace brotar con naturalidad cada verso. A imitación de este poema conceptista se intentó crear, ya a finales del siglo XX, incluso una tipografía, una letra que pudiera representar como ninguna otra los brillos de la leyenda, hacer coincidir con extraña perfección lo que se dice, cómo se dice en castellano y cómo aparece inscrito lo que se dice. El tipógrafo era pintor y la ruina de su proyecto podemos decir, con el permiso de Borges, que fue su único acierto. La ruina como mejor puede ser representada es con un fracaso.

Pero no es el poema de Rodrigo Caro el que me deslumbró, aunque de alguna manera, por paráfrasis, sus versos se incluyen en la respuesta que le propinó, al cura de Utrera, el romano Rafael Sánchez Ferlosio:

“(Fabio a Rodrigo Caro) Rodrigo, la hermosura de las ruinas que me cantas no está en el siempre odioso recuerdo de un imperio, sino en el gozo de ver reflorecido, sobre el cadáver de la bestia misma, el amarillo jaramago.”

Ignacio Echevarría lo ha recogido en la edición reciente de sus pecios bajo el título alusivo de Campo de retamas. En realidad, el terrible resplandor de este pecio –un pecio quiere ser eso, resto de una nave naufragada o de lo que iba en ella, pero sin subrayar en el aforismo su posible condición de tesoro, más bien abundando en su condición de ruina– apareció en 1994 como remate de una serie de textos titulados Cuatro paisajes imperiales dentro del libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Es ese gozo, esa alegría ante la visión de la ruina, lo que despeja cualquier atisbo de melancolía, precisamente la mayor aflicción de la alegoría, una forma de conocimiento que se regodea patológicamente en el propio fracaso. El pesimismo melancólico necesita de esa fiesta –“al fin y al cabo, los que se mueren siempre son los otros”, según sentencia de Marcel Duchamp- para recuperar energía y seguir, si se quiere, destripando el mundo. El jaramago florecido, su amarillo que cura la garganta afligida de poetas y cantores, refulge, más aún si cabe, cuando se alimenta de las entrañas de una bestia, cuando brilla solitario entre las piedras de una ruina como las de Itálica famosa. La imagen del jaramago que regala Rodrigo Caro a Fabio, glosada por Ferlosio, sustituye con fortuna al ángel de la historia, el Angelus novus que describiera Walter Benjamin a partir de un dibujo de Paul Klee, una ruina vociferante que sube hacia el cielo, una catástrofe en cadena, ruina sobre ruina, que acabará por cubrir el mundo. Una infusión de erísimo vendría bien a las cuerdas vocales de un ángel tan gritón. Después de la tempestad, perdido irremisiblemente el mundo, la alegría humilde del jaramago.

Así, en plena cultura del cumpleaños, cuando los mendigos de Murillo se desperezan entre ruinas, precisamente las que les imponía la tradición de los bamboccianti romanos, escenas que tanto gustaban a los flamencos comerciantes, en este mismo momento y patio de monipodio, se le ocurre a la portavoz municipal del Partido Popular reivindicar, montar un segundo cumpleaños, hete aquí, aniversario redondo, 19 centenario del fallecimiento del emperador Trajano y ascenso al poder del emperador Adriano, dos emperadores, nada más y nada menos, dos emperadores y sevillanos. Según se cuenta en La leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, el Papa Gregorio I mandó desenterrar el cuerpo del emperador Trajano para bautizarlo cristiano, ¡qué no va reivindicar Mar Sánchez Estrella! Pues este es el paisaje de nuestra ruina, la de nuestra cultura, o, si quieren, ruina de nuestra política cultural. Ni siquiera hay oposición, el mayor debate que se les ocurre es éste, cumpleaños de Murillo o cumpleaños de emperadores romanos y sevillanos, ¡o los dos! Ruina sobre ruina.

Y es que las ruinas siempre son romanas, hasta Medina Azahara no había ruinas árabes, así, como quien dice. De hecho, esa predilección de muchos sevillanos por una ciudad que quieren más romana que árabe, esconde, en realidad, una fascinación melancólica por la ruina. ¿Qué función tienen los armaos si no la de romanizar la Macarena, restarle su etimología africana, demostrar que cada piedra de su muralla es itálica y no morisma? Se les escucha suspirar, menos mal que aquí derribaron la mezquita, no como en Córdoba, y no parecen dudar de que la fama de nuestra Kutubía se debe al remate de Hernán Ruiz y no a sus arquitectos musulmanes, Ahmad Ibn Basa y Ali de Gómara. Pero somos bárbaros, no romanos.

Tarea similar a la de Gregorio I debió ser la emprendida por pintores y semióticos –la ciencia heráldica tiene en la ilustración y la semiótica sus mejores descendientes- para desenterrar la acéfala Giralda y cristianizarla bajo la advocación de las Santas Justa y Rufina, patronas de la ciudad. Entonces, ¡qué audacia la de Francisco de Goya!, cuando recibiendo el encargo de Ceán Bermúdez para “modernizar” la iconografía de las Santas en la Catedral de Sevilla, se decidió por colocar a los pies de las dos cristianas la cabeza, destrozada a martillazos, de la misma diosa Salambona. Lo sabemos, nuestras patronas fueron martirizadas por atacar imágenes santas. Goya atiende al precedente de Murillo, un modelo al que atendió especialmente en sus años populistas, cuando los tapices para la corte del rey Borbón, llenos de escenas cotidianas, llenos de gente y de alegría. Y donde Murillo coloca barros cocidos, Goya pone una cabeza rota y hueca. Próxima a esta pintura de Goya es su dibujo No sabe lo que hace. La ruina del suelo, la estatua quebrada, es la misma que aparece caída a los pies de las Santas. Pero, a menudo, se ha leído este dibujo en relación con los ataques a efigies constitucionalistas perpetradas por los seguidores de Fernando VII, los del ¡Vivan las cadenas! Obviamente, la ebriedad del iconoclasta ha sido vista como embriaguez, una disculpa. El bárbaro, sin embargo, mantiene el dedo señalando, apuntando a la estatua que suponemos descabezada, así que son conscientes sus intenciones y la alegría -¡qué les voy a contar a ustedes!, prueben un día a romper platos y vasos meramente, ¡es liberador!-, una alegría consciente.

El artista chino -y antichino, ¡faltaría más!- Ai Weiwei expuso hace unos años en el CAAC de Sevilla. El artista se hizo famoso por las fotografías y vídeos en que se le ve rompiendo jarrones, chinos, por supuesto, de pretendido valor histórico, dinástico, más antiguos que los duros antiguos de Cádiz que tanto dieron que hablar. Una señora, parte de una excursión del Imserso, de esas que cada segunda semana del mes entrante visitan las salas de exposiciones de la Cartuja -se han fijado ustedes que en el CAAC siempre hay la misma exposición: cambian los cuadros de sitio, le cambian el título a las muestras, un título siempre político, unas veces decolonial, otras crítico con las celebraciones del 92, pero siempre las mismas obras, todo un mérito que justifican con la ruina presupuestaria-; pues bien, la señora tropezó accidentalmente con uno de esos jarrones, esta vez uno que estaba enterito, y acabó rompiéndolo, en un acto lleno de lógica claro, como acabando correctamente el sentido de la exposición. El escándalo no fue más allá de la póliza de seguros, pero alguien, en alguna red social, se le ocurrió acusar de tan noble gesto al Archivo F. X., la modesta institución dedicada al estudio de la iconoclastia, institución en la que trabajo y que administro. No era un buen chiste, no, pero qué se la va a hacer, tampoco la de Weiwei era una buena exposición.

Al mismo genio, de twitter o facebook, se le ha ocurrido ahora comparar el amarillo jaramago de Rodrigo Caro con la melena repeinada de Trump. En medio de la ruina del mundo, ese brillo pornográfico, supongo que esa es la intención de su soflama de 140 caracteres. El sol en el culo. Pues no, no lo salva ni que estemos en medio del carnaval, no me sirve ni para tipo de chirigota callejera. Malvas, y no jaramagos, eso debería crecer en la tripa de la bestia.

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