Juan Miguel Sánchez

La fama juega a la ruleta rusa con el azar. Pasar a la posteridad como un artista sobresaliente depende de algo tan fortuito como la geografía. Donde naces, pero sobre todo, donde desarrollas tu carrera artística, graban o borran tu nombre en la historia del arte. “El destino es caprichoso”, alegan algunos para salvar a la sociedad en la que están insertos del delito de lesa sensibilidad artística. “El tiempo pone a cada uno en su sitio”, es otro lugar común utilizado para tapar las vergüenzas colectivas de las injusticias cometidas con uno de los nuestros. El destino y el tiempo, esos dos tahures malcriados, siguen jugando en contra de este artista que decidió trabajar en el mismo lugar donde nació y murió, en el sur. Es Juan Miguel Sánchez, el escapista del tópico.  

El 17 de agosto de 1899 nace en El Puerto de Santa María, mostrándose como un artista precoz: con solo ocho años es matriculado por sus padres en la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia de su localidad natal. Él mismo lo atestigua: “La vocación por la pintura se despierta en mí desde muy pequeño. Una caja de colores fue siempre mi juguete favorito”. Además del dibujo y la pintura, Juan Miguel también estudia música, destacando como alumno aventajado con las mejores notas de su promoción y algunos premios.

Con esta formación se traslada a Sevilla en 1918 para estudiar por libre en la Escuela de Artes y Oficios, donde tiene como maestros a Virgilio Mattoni, Gonzalo Bilbao y Manuel González Santos. Más tarde, se propone formarse en la sección de Bellas Artes del Ateneo sevillano, y lo consigue gracias a un brillante ejercicio de ingreso. Durante su etapa de clases nocturnas en el Ateneo conoce a Gustavo Bacarisas, un pintor ya consagrado que influirá de manera determinante en el joven artista portuense.

La década de los veinte del siglo pasado es la edad de oro del cartelismo en una ciudad volcada en la Exposición Iberoamericana y esperanzada en recibir a miles de visitantes foráneos. Juan Miguel trabaja durante un tiempo en un taller de cerámica de Triana, pero pronto se interesa por el mundo del cartel, en el que introduce novedades técnicas y supera las estereotipadas imágenes costumbristas mil veces repetidas hasta entonces. En esta época se dedica con enorme entusiasmo a la creación de carteles, destacando el de las Fiestas de Primavera de Sevilla de 1925, donde asombra con un estilo propio, con una sensual mujer vestida de flamenca y con mantilla negra en una posición que evoca a las Inmacualdas de Murillo, mientras la ciudad, nocturna y estrellada, sirve de fondo. Este cartel obtuvo numerosos galardones, entre ellos el primer premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1926. Sánchez participó en esta exposición por primera vez con dos obras, el cartel premiado y otra titulada Aurora sevillana, galardonada con una medalla de tercera clase en Arte Decorativo y adquirido por el Estado.

Posteriormente volvió a participar en esta Exposición Nacional en 1932, 1934 y 1936 en la sección de Pintura con distintas obras pictóricas. En 1938 pintó unos murales destinados a la capilla de la barriada cordobesa de la Electromecánica y un año después organizó su primera gran exposición individual en San Sebastián.

El pintor de El Puerto se adentra en la década de los cuarenta con numerosos encargos. Así, en 1941 pinta los murales del vestíbulo de la antigua estación de autobuses de Sevilla, en los que plasma escenas costumbristas dotadas de una singular modernidad. En 1942 expone en la Sala Gaspar de Barcelona treinta y cuatro cuadros y en el 43 participa con una obra en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En este mismo año obtiene por oposición la Cátedra de Procedimientos y Técnicas de la Pintura de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, siendo nombrado dos años más tarde académico numerario de la Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla, para cuyo ingreso preparó un discurso sobre la pintura al fresco.

Continúa concurriendo a las Exposiciones Nacionales con obras que obtienen galardones menores hasta que logra en la de 1948 la medalla de primera clase con La lección de los seises. Desarrolla sus facetas de muralista y pintor sin abandonar la de cartelista, consiguiendo varios premios en los concursos de carteles de las fiestas de primavera de Sevilla (1925, 1929, 1931, 1942 y 1944) y en el de la Semana Santa de 1948. Sánchez se muestra como un artista completo y con capacidad creativa para otros géneros como la cerámica, el dibujo, la acuarela, el diseño y la decoración.

Es en el campo del diseño y la decoración donde el artista portuense quizás muestre de manera más clara sus influencias modernistas pasadas por el tamiz oriental y costumbrista; un estilo propio, sin igual en el sur de España, que tuvo el valor de llevar a un terreno tan conservador y reiterativo como el de los pasos de la Semana Santa de Sevilla: la originalidad y el atrevimiento del diseño de los bordados del paso de palio de la Hermandad de Los Negritos aún siguen asombrando a los espectadores. Lamentablemente todos los locales comerciales decorados por Juan Miguel Sánchez se han destruido o desfigurado, siendo el último de ellos el famosos café Laredo de Sevilla.

En 1970 Juan Miguel Sánchez se jubila y su salud comienza a deteriorarse hasta su muerte en Sevilla en 1973.

La temática de su obra le empujaba a convertirse en un artista tópico y absolutamente prescindible. Sin embargo, su apuesta por la ruptura del tópico desde dentro y su influencia modernista convierten a Juan Miguel Sánchez es una excepción y un hito en la vanguardia artística andaluza de aquella época. Su pintura, de raíz realista, integra rasgos técnicos de modernidad y ciertas connotaciones impresionistas en el tratamiento de la luz y las formas provenientes de su etapa de aprendizaje al lado de Bacarisas.   

Entre su amplia obra, destacan los carteles de las Fiestas de Primavera, Semana Santa y Feria de 1925 y el de 1944, expuesto en el Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla. Como muralista, además de la decoración de la capilla de la barriada cordobesa y los frescos del vestíbulo de la Estación de Autobuses de Sevilla, sobresale su trabajo en el coro de la Iglesia de San Luis de los Franceses (Sevilla), la decoración del vestíbulo del Edificio Portugal (C/ Marqués de Paradas, Sevilla) y un fresco donado a la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. En su faceta de pintor destacan, además del premiado Lección de los seises, los óleos La Novia (Museo de Bellas Artes de Huelva) y el retrato de su esposa en el Bellas Artes sevillano.

El tiempo suele ser lento en hacer justicia y el destino terco en sambenitar. Solo las almas libres y creadoras se atraven a escapar del cautiverio de tan férreos carceleros, y Juan Miguel Sánchez, por lo menos, lo intentó. Ahora nos toca a nosotros decidir si lo logró.

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