José Enrique Ayarra

Su voz retumba en la bóveda de medio cañón de la Iglesia de los Venerables. Rebota en los arcos laterales que la sostienen. Los santos integrantes de los frescos de Valdés Leal pegan un respingo. Los años han pasado en balde para este aragonés en cuanto a las formas se refiere. “Mi apellido en vasco es la madera del boj: una madera tosca y dura como una roca”, me dice. Así es cuando habla. Cuando su forma de expresión la protagonizan sus dedos todo cambia. Elegancia, suntuosidad, sensibilidad, ternura. Es José Enrique Ayarra, virtuoso organista de la catedral de Sevilla y de la Fundación Focus Abengoa. Charlamos con él a los pies del órgano del Hospital de los Venerables.

¿Fue un niño prodigio? 

(Suspira profundamente). Eso decía la prensa. Cuando di un primer concierto en Jaca en un homenaje a Pío XII tenía cinco años, toqué la Marcha turca de Mozart porque también él se inició en el concertismo a esa misma edad. ¿Eso es ser un prodigio? No. Soy hijo de mi época y como tal me encarrilaron por ahí, y por ahí me fui. Estalló la guerra y mi padre se fue al frente dejando a mi madre sola en casa. Ella tocaba el piano francamente bien y mataba sus horas y sus días tocándolo. Hoy los médicos me aseguran que me familiaricé con el piano desde el vientre de mi madre.

¿Nunca quiso ser jugador de fútbol como todos los niños?

¡Claro que sí! Central del Athletic. A los ocho años dije que no quería más piano. Yo iba a un colegio de frailes franceses y cuando salíamos por la tarde mis compañeros se iban corriendo a jugar al fútbol. Me encantaba el fútbol, pero sin embargo yo tenía que ir a casa, estudiar piano para luego marcharme a casa de mi profesor de piano, y así todos los días.

¿Qué pasó entonces?

Pues que me gané un bofetón. El único que me dio mi padre en mi vida. Mi reacción no pudo ser otra. Seguí tocando el piano y siempre le agradecí al cabo de los años aquella reacción. Fue el bofetón que cambió mi vida.

Ahora mismo si viéramos un niño como usted a los cinco años lo tacharíamos de raro, ¿no cree?

Sería muy raro. Pero no se puede juzgar con criterios de hoy lo que pasaba en España hace setenta años. Era otro mundo.

¿Cuándo tomó la decisión de ser cura?

A los diez años. También reconozco que es otra cosa rara. Le hice chantaje al que luego sería cardenal de Sevilla, Bueno Monreal, que entonces era obispo de Jaca. Tras la coronación de la Virgen de Pamplona lo decidí y se lo dije. Me dijo que no podía por edad. Le dije que no si no me dejaba me metía a fraile. Acababa de finalizar la guerra y no había curas, así que aceptó mi proposición.

Qué madurez con solo diez años. 

No es madurez, es terquedad. Eran obsesiones.

¿Esa terquedad ha provocado en usted arrepentimiento en algunas cuestiones?

Yo me arrepiento de muchas cosas. Por ejemplo, de ser así. A veces he hecho daño porque he hecho sufrir. Sin embargo, también es una virtud porque me ha hecho ser muy perseverante.

¿Es difícil de compaginar el sacerdocio y la música?

Es muy difícil porque tampoco es normal. Ser cura y tocar el piano no tiene apenas sentido. Entonces, Bueno Monreal, que se marchó a Vitoria, cuyo seminario tenía grandes profesores de música del conservatorio, me dijo que me fuese con él. Allí tuve los mejores maestros de piano, órgano, composición, etc. Y una vez terminé los estudios en el seminario, que lo hice antes de tiempo, me marché a Salamanca a estudiar Teología.

¿Cuándo llega a Sevilla?

Pues con solo veintitrés años, recién ordenado sacerdote. Aquí se jubilaba mi predecesor, Norberto Almandoz. Sin embargo, antes de aquello estuve poco menos de un año de cura en Ubrique. Bueno Monreal me pidió que me preparase la cátedra allí.

Entraba en una catedral cuya historia musical es apabullante.

De maestros y de organistas. Cuando empecé a descubrir todo aquello, pensé que Sevilla me pedía más. Entonces, decidí irme cuatro años a París por mi cuenta. También es cierto que tuve la suerte de que mi obispo me apoyó. Hay otros que se han quedado por el camino, cuyos obispos negaron su salida para ampliar la formación. Hoy por lo visto no es muy pastoral hacerlo. Sin embargo, Bueno Monreal me empujó a irme, incluso me dijo que si me hacía falta dinero me daba una beca del Arzobispado. Allí saqué el Diploma Internacional de Órgano con los mejores organistas del mundo.

Dicen de los sevillanos que reciben con los brazos abiertos pero con el corazón cerrado. 

Yo no me quejo. Estoy enamorado de la catedral. Hay cosas con las que sintonizo y otras con las que no. Me pasa con el flamenco. Lo respeto como disciplina artística y musical, pero es un idioma que no me va. Pero vamos, que me pasa lo mismo que con la jota. Sin embargo, el sortxico vasco me encanta. En Sevilla hay cosas que no encajo. Por ejemplo, las bullas. La Semana Santa la conocí el primer año que estuve aquí y solo voy a los oficios. La Feria ni siquiera la conozco. Estoy haciendo una confesión, esto ya no es una entrevista.

¿Ha rezado tocando?

Siempre. Para mí, la mejor manera de hablar con Dios es ésta. Yo me siento realizado como músico cuando estoy tocando en un pontifical. Mucho más que dar clase y conciertos. De hecho, yo no quise ser catedrático de órgano en el conservatorio.

¿Alguna vez se ha sentido solo? 

Me quedé solo cuando murió mi madre. Mi madre quiso ser enterrada en Jaca. Cuando volví de Jaca tras enterrarla, mi hermana me llevó a casa y abrí la puerta. Estaba todo oscuro. Nunca lo había visto. Mire usted, yo he cruzado el Atlántico dieciocho veces, en Japón he dado más de cincuenta conciertos, en Filipinas, en China, etc. Cuando volvía de los viajes siempre estaba mi madre esperándome con la luz encendida. Aquella era la primera vez que llegaba y estaba todo oscuro. Entonces volví a cerrar la puerta y me marché a la catedral. Necesitaba desahogarme y pasé toda la noche tocando el órgano. Empecé a vomitar música hasta las siete de la mañana. En aquel momento me di cuenta de que el órgano lloraba conmigo. Más tarde volví a hacerlo con la muerte de mi hermano.

¿Cómo definiría el momento en que se encuentra la Iglesia católica? 

Creo en una iglesia santa, católica y apostólica. He recorrido mucho mundo y siempre he tenido como hilo conductor la iglesia. De hecho, tengo permiso del Vaticano para celebrar misa en habitaciones de hotel. Mientras en unos sitios como en España parece que la sociedad se descristianiza, en otros lugares resurge. Lo he visto en Méjico, en India o en África. Bajo cuerda, la iglesia en gente muy humilde continúa. Alejandría, por ejemplo, nos ha dado grandes santos padres y, sin embargo, recientemente no pude encontrar ninguna iglesia.

¿Y en España?

No creo que esté muerta en nuestro país. Lo que pasa es que se descristianiza la sociedad y eso también afecta a los cristianos. A mí no me asusta. Es posible que un día en Sevilla la Semana Santa solo sea una manifestación cultural. Las hermandades nacieron para manifestarse contra el protestantismo que negaba la vinculación con Roma. Entonces, las cofradías manifestaban su fe e iban a la catedral (es la cátedra del obispo y, por consiguiente, el vínculo de unión con Roma). Yo he pasado alguna Navidad en París y es maravilloso. Estando allí hicieron una encuesta a los parisinos preguntando la razón por la que su ciudad se adornaba y solo el 6% sabía que era por el nacimiento del hijo de Dios.

¿Qué música escucha en casa?

En esta última temporada no tengo ganas de escuchar música sino de hacerla, pero siempre clásica. Detesto las nuevas composiciones de música sacra.

¿Cuál es el sitio más extraño donde ha tocado?

Fue en Aquincum, la ciudad romana de Budapest. Durante el imperio romano había allí una legión que contaba con una banda de música, entre los que había un organista. El órgano, del año 328 d. C., aún se conserva y tuve el privilegio de tocarlo. Es un pequeño instrumento de cincuenta centímetros con apenas veintiséis tubos y sin teclado.

¿Cuál es su compositor fetiche? 

Siempre Bach. Primero, por virtuoso; en segundo lugar, porque no se le entiende sin órgano y, en tercer lugar, porque fue un gran cristiano luterano y se nota en los corales. Pero no solo yo. Doña Sofía, cuando preparábamos la boda de su hija, me dijo “don Enrique, ya sabe lo que a mí me gusta”. Ella viene en visitas privadas muchas veces a Sevilla y quedamos para oír música y hacerla.

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