Israel Galván

Aparece al fondo de la calle negando la imagen tópica del bailaor. Enjuto, chándal verde, zapatillas de trekking y una mochila al hombro, de la que saca sus inconfundibles botas blancas y negras. Dos colores, dos realidades, dos Israeles, el ciudadano inadaptado y poco sociable y el bailaor libérrimo y genial. Blanco y negro; de aspecto apacible, interior que bulle. Habita en la frontera entre la cordura y la locura, y guarda un secreto en sus adentros que no puede ser transmitido más que bailando. Quizás por eso se pelee con las palabras y, ya exhausto de tanto buscar sin encontrar en el habla la misma capacidad expresiva que en su cuerpo, haga breves pausas de descanso a las que los adictos a las etiquetas llamarán tartamudez. Hemos respetado en esta entrevista las pausas y frases inacabadas, ese morse de la lucidez con el que este flaco men se defiende la incomunicación. Es Israel Galván.      

Nace en una familia bailaora, y desde pequeño baila, ¿se sentía un niño raro?

Sí, digamos que recuerdo que quería ser un niño como con los que jugaba. Sabía que tenía como un secreto guar-da-do. En la época mía que uno bailara era como un poquito mariquita (sonríe). Entonces quería pertenecer a ese mundo, pero sabía que yo no estaba dentro de esa normalidad. Sí, me sentía como in-cómodo y aunque estuviera en el mundo no era parte de él.

¿En qué era diferente su mundo con respecto al del resto de niños?

El hecho de bailar de chico y que no llevaba una vida normal de un niño… Mis padres me llevaban bailando. Quieras que no, el es-tar bailando, que tu padre te lleve y no puedas jugar porque te dice “Nos tenemos que ir pa bailar”, eso ya cambia totalmente la la la formación de un niño nor-mal.

¿Sufría por esa contradicción entre lo que sentía y lo que tenía que aparentar?

Sí, creo que es un toma y daca. Al final yo sufría porque no sabía por qué, pero no entraba en ese gru-po de niños. Y ahora lo veo y digo bueno, se ha construido como otra dualidad mía, que si no llega a ser por eso el personaje imaginario mío, el que se llama Israel Gal-ván, que baila, no hubiera existido. Es bueno tener ahora como una especie de una vida fuera de la vi-da, tengo dos vidas… también te quita porque hoy en día me cuesta ser una persona normal de la so-ciedad, pero con la edad lo afronto y digo “Bueno, que no se te note que estás un po-quito lo-co” (risas). 

Hay dos figuras esenciales en el Israel Galván bailaor, su padre, José Galván, y Mario Maya. ¿Cómo le han influido? 

Yo pondría también a Manuel Soler, que es quien me dio la confianza cuando decidí hacer una obra porque no quería bailar ya para los críticos ni para el… (permanece en silencio varios segundos ensimismado). Encontrar un estilo, este es el mío, te puede gustar o no, pero encontrar un lenguaje que fuera mí-o; y él fue el único que me decía eso está muy bien, los demás (risas) me decían dónde vas con eso. Fue una persona que vivió muy en la van-guar-dia. Mi padre ha sido el primero… Me encuentro que nazco y entro en una familia de baile. Al final, si sigo bailando, es porque algo me ha hecho bien. Le tengo que a-gradecer eso. Y Mario fue un poco el que me profesionalizó. Estar con mi padre bailando no deja de ser la familia, una cosa más íntima; el hecho de una compañía de una persona que no es de mi fami-lia pues me hizo tener una dis-ciplina. Mario también creó su propio lenguaje, yo viví con Mario esa rebel-día que tenía. Este triángulo son los bailaores de mi vida.

¿Qué le queda por hacer a un bailaor que con treinta dos años ya tenía el Premio Nacional de Danza?

La verdad, los los los premios cuando te llegan, te van llegando, pero al final siempre vuelvo como al punto ce-ro. Siempre tengo la ilusión de empezar de nuevo. Con la edad, con la mente, con la vida que se refleja en tu arte, yo no me considero un bailaor que ha empezado y termina siendo el mis-mo. Yo me veo en los vídeos y fotos, veo cómo me gustan los cambios de ciclo, eso de matar al bailaor que había antes para que renazca uno nuevo. Si no, sería muy aburrido y llegaría el momento en que el público se cansaría de mí.

¿Genera angustia eso de tener que matar al bailaor de antes y crear uno nuevo continuamente?

A mí me genera angustia no encontrar al bailaor nuevo; el matar no me preocupa en ab-soluto. Yo me mato bien matao. Lo que sí me genera angustia es ver qué bailaor sale ahora, pero es una angustia bonita. Al final no soy el típico bailaor que dice esta es mi escuela, yo soy yo, yo me profano a mí mismo, digamos que no tengo es-cuela. Siempre se me quedan síntomas de todas las épocas que he pesado, a lo mejor se queda un gesto de aquí (gesticula con su mano derecha). Yo creo que sigo bailando y me va bien por esta regeneración que hago; ven bailar a Israel Galván pero a ver qué bailaor se encuentran… A a a mí me gus-ta tener varias vidas.

Gestionar varias vidas exige madurez mental ¿no? 

No sé si maduro o in-ma-duro. En esto yo creo que va bien el des-equilibrio… El equilibrio a mí me da un poquito de miedo porque mata, mata al arte. Esa lo-cura… Cuando hago algo nuevo, que no se sabe qué es, ni nosotros mismos sabemos qué es, siempre hay un temblor, una chispa, pero luego como que nacen cosas y… Al principio siempre hay una pequeña crisis de a ver si esto va p´atrás o p´alante, pero el tiempo me ha dado la razón. No me ha ido mal ser valiente. Siempre es “¿Lo hago?, hazlo”. Como que el Is-rael Galván de esta segunda vida desequilibra muy bien. En la persona de la calle me gusta ser nor-mal, y dejo el bai-laor fuera, porque vivir la vida normal te enriquece mucho para luego irte al mundo irreal de hacer lo que te… Hay como un-a constante búsqueda en contacto con la realidad y, en cierto modo, me gusta decir que no so-y pro-fesional total. Creo que mata un poco ser tan profesional.

¿Eso que describe es el escurridizo duende flamenco?

Cada uno te lo puede explicar de u-na manera, pero duende me suena a mí a una palabra mágica. Por ejemplo, yo lo cojo desde las energías de las per-sonas, necesito para bailar… eh… emociones nuevas porque si no no brilla. Para mí es muy importante la manera de estar (remarca el verbo con el tono de su voz y con su gesto) en el escenario, ya puede ser con un baile mínimo, pero según cómo haga eso, ahí… ese… Yo, pa dejarlo más simplificado, llamaría duende la forma de estar en el es-cenario.

¿Y qué sería de su carrera si hubiera hecho caso de los consejos? 

(Sonríe) Pues no sería la misma, ¿no? Yo estoy aquí por escuchar consejos, pero también por no… A lo mejor no hubiera seguido bailando porque no soy una persona de bailar para ganar di-nero… es porque me muero, gano dinero porque gano dinero, es secundario, pero yo yo lo que necesito es filtrar un poco esa inquietud artística que tengo, y mi mi herramienta es el baile.

Habla de filtrar su inquietud artística, ¿cómo lo hace?

Se me vienen y quiero hacer todas las películas que veo, los libros que le-o… No sé por qué, pero el arte en general que veía lo quería meter bai-lando, pero no, digamos, por fuera, sino en mí; no en una escenografía, en una música, sino que todo lo que veía como que se me metía dentro y a ver luego cómo sa-le. El choque visual o musical impacta en el cuerpo, y a ver cómo eso se desarrolla y cómo transforma la mente y el cuer-po.

Eso es complicado de aplicar en el flamenco, ¿no? 

Tú sabes que en el fla-menco puedes salirte de las normas. Yo, cuando gané todos los concursos fla—mencos, me dijeron “¿Ahora qué haces?”. Ahí es cuando no tenía ganas de bailar, bailar toda mi vida en un concurso, ya está, bailé para el ju-rado, me die-ron el pre-mio y a partir de ahí tuve la casualidad de encontrarme con Pedro G. Romero (sigue siendo hoy el director artístico de sus obras). Yo tenía como una cosa innata que veía películas y leía libros que no sabía que eran de autores muy así, tenía vistas las películas de Kubrick, con la música me quedaba como hipnótico, leía pero no sabía que eran de autores importantes… y con Pedro fue la casualidad. Me cogió la época en que me puse un poco más gordo porque na más que estábamos de tapas por Sevilla, y yo sentí que hice un curso de arte en general. De ahí digamos nació un poco mi mi mi verdadera vocación que es el baile, pero que es el arte en general.

Tras apostar por ese camino, ¿tuvo que escuchar muchas críticas?

Luego, ya vienen los consejos de tu familia, de los amigos o del en-torno, pero había una cosa dentro de mí, la sigue habiendo, porque todavía pasan los años y me critican igual. Siguen las mismas dudas, y estos es un de-sastre, y en los teatros la mitad dice que sí y la otra mitad que no… Es un eterno debate, pero todo el mundo se espera que  voy a hacer esto y es otra cosa, y digo “Pues lo siento, no voy a ser siempre el mismo para ti”.

¿El baile le ha salvado de la incomunicación?

Total. Yo yo yo si no fuera por el baile, pues no sería… De momento soy antiso-cial, bueno no antisocial, no soy muy so-ciable, voy por la calle y tengo siempre ultrasensibilidad. La única co-munión que tengo yo verdadera con las per-sonas es el baile. Veo que en el teatro o en cualquier espacio que baile yo y haya público es como esto es una cosa religiosa, como una comunión de personas que se reúnen para verme bailar, y yo cojo y ellos me dan. Salgo de ahí y no tengo la facilidad esa de de de… bueno tampoco hablo muy fluido, claro… En la vida, el baile, cuando me encontraba mal, me ha dicho vente p´acá que yo te cuido. Tengo como un ángel de la guarda que es el otro yo, y que es un gigante, pero me viene muy bien desconectar de ese. Sí que me doy cuenta cuando es el mundo real, y hay hay una gran diferencia con ese otro mundo, es como un videojuego.

¿Se considera un genio del baile?

No puedo decirlo, no. Pero muchas veces cuando ensayo mucho, y piensas mucho, y de vez en cuando empiezas a hacer cosas que te gus-tan… en esos momentos dices qué suerte tengo, las cosas que es-toy haciendo. No es genial, pero es como un poquito droga, trabajo tanto porque sé que cuando voy a bailar me va a… lle-var eso a otro sitio. Sí, me considero con suerte de cuando bailo viajar con la men-te y hacer cosas que que que en la vida real no pue-do… y es verdad que me desconecto de la la la realidad. No sé lo que pasa, pero me enchufo y en escena y donde bailo sí que veo como universos nuevos, y eso para mí es genial, eso, pero no sé para los de-más (risas).

¿Qué tipo de espectador es Israel Galván?

Yo valoro a to-da la gente que se pone en el escenario y siempre le busco el punto bueno, pero la verdad que son pocos los que me sacan de… Y cuando me gusta mucho, jaleo mucho, aunque no sean fla-mencos empiezo en el público a gritar y decir olé. Me da rabia encontrar también (tono travieso) a gente que yo diga por qué esto no se me ha ocurrido a… mí, y en el fondo lo admiro. Un poco de miedo de decir joder… Yo leí una frase de no sé quién de lo de robar, y es verdad que me encanta robar, porque luego en tu cuerpo se transforma; yo creo que robas no para copiar sino robas porque ne-cesitas. Estás pendiente de todo para cogerlo. El baile y tu hambre es un bicho que no para, y necesita co-mida y que estés bien, cuerdo, loco… Necesita mucho porque luego se lo das y luego él te te te lo da, es un poco esquizofrénico, pero bueno… el arte es un poquito… hay algo de duen-de, ese es el duende, todas esas cosas que se mezclan… creo.

Trabajó con Enrique Morente, ¿se siente identificado con su trayectoria?

En-rique… la trayectoria en cada disco sí que era una constante bús-queda, y con la edad y el tiempo u-saba su voz, no era el cantaor que se lamentaba por no cantar como cuando joven sino que se… a-moldaba. Todas las cosas que le criticaban a Enrique eso lo transformaba… en algo. Es un superviviente total; en el cante y en la época que vivió, totalmente es un ejemplo.

¿Y por qué siempre se ataca a quien se arriesga y no a quien se limita a repetir?

Les a-susta un poco que les cambien las normas. Bueno, deben de en-tender que los clá-sicos, Carmen Amaya, Paco de Lucía, Fa-rruco… que ellos rompieron con lo que había. Esto es una cosa ya que por hechos tiene que tener una lógica de de decir “Oye ,esto va en evo-lución”. El debate de siempre flamenco y no fla-menco, se critica a los que estamos haciendo cosas nuevas porque no es fla-menco, pero es la época que nos ha to-cado vivir… para qué repetir lo que ya han hecho y no les va salir igual, es imposible, es la raíz, pero para que sea verdadera se tiene que transformar en otra co-sa. Lo critican como una pérdida de la iden… identidad, pero es que no nos queda o-tra que demostrar la verdad de nuestra época.

¿Y cuál es esa verdad?

La época que viene creo yo que es más mental, no es tan rítmica, no es tan ar-mónica, es como más… eh… eh… digamos, a lo mejor el futuro del flamenco son gente que no son fla-mencos, son los que verdaderamente entienden el fla-menco como ra-íz, y saben que no pueden copiarlo, entonces lo transforman en otra cosa.

¿Qué cree que cambiará en el baile después de Israel Galván?

Creo que antes de mí siempre ha habido e-voluciones. Hemos hablado de Amaya, Farruco, Mario, y yo creo que lo que aporto un poco es la libertad de mo-vimiento y la libertad de idea. Por-que seas flamenco no tienes que hacer una cosa típica fla-menca, sino que tú eres flamenco ya de por sí, no te tienes que disfrazar de flamenco, no tienes que hacer un gesto más flamenco porque eso sería exagerar lo que ya tienes. Yo soy flamenco ya, tengo el gesto flamenco, pues la idea es que se puede pedir un ta-xi, y con ese gesto (levanta su mano derecha como para parar un taxi) ya es flamenco. Aporto que no hay esta postura es flamenca y esta no, no, son todas, lo que pasa es que la energía, cómo lo hagas, la manera estar en el es-cenario, es lo que es… Esta música no es flamenco, da igual, puedes poner una música de Ligeti, de momento no es una fusión, pero hay un encuentro al final de ra-íces, te das cuenta de que venimos del mismo origen. Ahí aporto el baile en libertad, y no hay que forzar el to-no fla-menco, ya está ahí.

¿Sus pasiones además del baile?

La fa-milia… Yo soy sen-cillo, vamos… Yo que sé, leer, el Be-tis… Al final la pasión mía es vivir la vi-da, la misma vida en sí es una pa-sión, ya puede ser un día solo, lo veo todo como a ver qué va a pasar… El estar en la vida así para mí es la pasión.

¿Y sus miedos?

Vienen un poco del cambio de la vi-da, cómo los años pasan y el miedo es intentar lle-varlo bien. No hay miedo, sí como una alerta. Yo no no soy persona que ten-ga miedo, pero en alerta sí. Estoy en alerta tanto en el baile como en la vida. En el baile, la alerta de oye que vas cumpliendo años, que no se qué va a pasar… Los niños se hacen gran-des y los ciclos de la vi-da son mis miedos, pero hay que vivirlos.

¿En qué cree?

Creo en… el universo, un poco. No me quiero poner místico, pero cuando te pasan cosas buenas o malas, al final hay algo, una fuerza que se conjunta… Por decirte algo, en el universo, y ahí nos metemos to-dos.

¿Qué cosas le indignan a esta alturas de la vida?

Está uno acostumbrado a que haya cosas malas, lo veo con nor-malidad. No no me in-digno. Es verdad que las personas, cuando nos hacemos daño los unos a los otros… Los políticos, las guerras, los gobiernos y los bancos, esos los doy por perdido, eso no está en mis ma-nos. Pero me indigno cuando las personas nos hacemos daño… y las cosas chiquititas de las casas, las cosas feas de asesinatos y de cosas caseras son las que me dejan… me in-dignan.

Tía Anica la Piriñaca decía que la boca le sabía sangra al cantar por siguiriyas, ¿ha sentido algo parecido?

Cuando bailo, digamos como que pierdes un poquito de vida bai-lando. Cada vez que bailas, creo que ganas también, porque el baile te puede dar vida, se-guro… cuando bailo, he aprendido el bai-le te re-genera: estás resfriado y las defensas te suben y se te quita; estás cansado y podías estar bailando… Veo que el baile es una medicina. En el tema de romperse, de la sangre, yo creo que te tienes que dejar un poquito de alma, un poquito de tu vida, te tienes que entregar, tienes que hacer un pacto… No puedes ser tan pro-fesional, y eso te lleva romperte coas, pequeños músculos, li-gamentos, a hacerte distensiones… y hay que romperse para bailar. Considero que el flamenco es, en cuanto al baile, muy rítmico, somos percu-sionistas, bailamos con los brazos, con los pies, pero también hay una cosa emocional muy fuerte… por eso el flamenco está ahí en el mundo. Cuando dicen baila muy bien, pero es muy frío, hay que romperse un poco para transmitir. Yo me dejo un poquito de vida… siendo yo… eso… (deja suspendido en el aire el adjetivo demostrativo y se levanta de la silla).

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