Intelectuales – Desde el mirador de la guerra

Debo a Juan Diego Martín Cabezas los hallazgos de este arranque. José María Rodríguez Méndez escribe la crónica de la Reunión de Cante Jondo de la Puebla de Cazalla de 1968 para El Noticiero Universal. Con bastante sorna titula la crónica Flamenco de arte y ensayo. La tónica general es acusar de elitista y minoritario al evento. Señala a un grupúsculo de intelectuales –“Caballero Bonald, Antonio Murciano, Moreno Galván y otros escritores minoritarios también”, dice- como autores del conciliábulo. El impresionante cartel es despachado con sorprendentes adjetivos. A Antonio Mairena lo llama el intelectual, el tecnócrata del cante. Su tanda de cantes le parece lo mismo que leer la Crítica de la razón pura de Kant y dice que ese acto es frío y desangelado. Chocolate no le dice nada y le interesa más un Naranjito de Triana que compara con un seise inmaculado. El cante de Menese le convence por su fuerza aunque le parece “enganchado indeclinablemente a la dictadura de los snobs antiplebeyos”. El baile de Paco Laberinto le parece nada, también. Acusa a dicha celebración flamenca por moderna y frívola, una especie de festival de San Remo. Hubo una pelea en el público y la compara con la rebelión sesentayochista en Cannes. El pueblo se revuelve contra una burguesía intelectualista que intenta adueñarse de sus expresiones más verdaderas. En fin, digamos que Rodríguez Méndez fue un autor de obras teatrales de reivindicación populista, en la órbita del teatro independiente, ningún reaccionario. El efecto paradójico de su crónica en nuestros días pasa por su capacidad para relativizar los dictámenes sobre lo que es y no es flamenco, la necesaria historicidad de los juicios y la competencia e incompetencia estética de los mismos.

Es verdad que el opinable flamenco, lo que otros llaman su masa crítica, flamencólogos y flamencólicos, está en manos de aficionados, no sólo a las artes jondas, lo que les da carácter; sino aficionaos también en las artes del pensar, el escribir, el investigar, el conocer. Y es algo a reivindicar, desde luego. El filósofo italiano Mario Perniola llama a estas figuras lumpen-intelectuales. Quien esto escribe, desde luego, reivindica absolutamente esa forma de conocimiento. Una cierta indigencia, especialización del saber y el modo de vida, autonomía en el nivel poético que se le da a la lengua, elitismo y populismo a la misma vez. En fin, mi interés por cómo expresan el conocimiento del flamenco José Luis Ortiz Nuevo o José Manuel Gamboa tiene esa raigambre, ya lo he dicho otras veces.

“si Hitler hubiera nacido sevillano

habría sido pregonero antes que Führer”

Es verdad, aunque no parezca raro, que se está exigiendo a cierta crítica del flamenco, a sus conocedores, unos conocimientos, valga la redundancia, en artes visuales, teatro, literatura, agricultura y ganadería que, quizás, como escribe Manolo Bohórquez, no se corresponda con su casta. No vamos a abundar ahora en estos defectos propios de la troupe crítica local. El Flamenco Enmascarado ya los satirizó en La caspa (https://elestadomental.com/diario/la-caspa), espejo memorable donde el estilo particular de cada uno acaba satirizando su propia práctica. ¡MMM escribiendo contra sí mismo con estilo gramatical sui generis de MMM! Pero la excesiva contundencia paródica de El Flamenco Enmascarado parecería destinada a pedir, de algún modo, que esta fauna desaparezca. Y no es así, no. El equilibrio ecológico está en juego. El buitre, la hiena y la rata almizclera son tan necesarios para el ecosistema como el águila, el león o el hámster. Es más, el rol castizo que cumplen es necesario y vital para la esfera pública que debe construirse en torno al flamenco. Sólo la dialéctica antagonista puede ofrecernos un espacio en el que la creación, su potencia, tenga una eficacia política, estética, biológica incluso. Lo más preocupante no son, como decíamos, sus fallas en otros campos estéticos sino sus carencias en el propio campo, abierto y restringido a la vez –¡sí, los hermanos Machado también leían a Mallarmé!-, que debe ser el flamenco. Ilustración La Muy

Por ejemplo, Manolo Bohórquez es incapaz de distinguir un baile flamenco si este no viene acompañado de la música que le corresponda. No sabe, por tanto, que el baile tomó autonomía del cante hace ya algunas décadas –si es que no fue así casi siempre-, marcando además su evolución más moderna. Las seguiriyas, las alegrías o las peteneras que hoy interpretan cantaores y tocaores se lo deben todo al baile. Así, con esa capacidad propia, suenen ruidismos o piezas del clásico J. S. Bach, el baile puede ser flamenco por mor del vocabulario coreográfico propio que desarrolla. Eso fue así desde los tiempos de La Argentina y Vicente Escudero, no es nada nuevo, no, aunque este desarrollo artístico no venga oficialmente recogido en ninguna partida de bautismo. Y a MMM le ocurre otro tanto. Martín Martín, y Martín, se dedica a contar ayéos, silencios e inflexiones para ver si los estilos hay que ponerlos en Utrera, Alcalá o Mairena de los Alcores. Ni Antonio Mairena, ¡bendito sea!, pensó nunca que los estilos que exponía con taxonomía poética pudieran constituirse en otra cosa que en un ejemplo de la variedad estilística y riqueza musical del cante y no en el manual policial con que controlar sus cepas. “Veo a gente contando los ayes con los dedos y eso me da pena”, escribió Mairena a Ricardo Molina. MMM, famoso por confundir la caña y las cañas en la obra discográfica completa de Mairena, debería escuchar la música y no fijarse tanto en lo que se escribe en la portada de los discos, siempre polvorientas, ¡mejoraría su olfato!

Y, ¡qué decir de nuestro pregonero! Como escribió recientemente Juan del Campo, “si Hitler hubiera nacido sevillano habría sido pregonero antes que Führer”.  García Reyes, Alberto, va de especialista en guitarra. Sus gazapos son famosos. Atildado, como guía turístico sevillanísimo, presume de su saber, en plan concurso del Un, dos, tres, y sigue repitiendo estilos y manierismos como si se tratase de adivinanzas. “Mira, eso son unas alegrías”, sopla al oído del escritor de turno a quién acompaña en el tablao o en la Fundación Cristina Heeren, mientras la muchacha bailora se esfuerza con su tanguillo. ¡Bueno, eztamo en Caí, berdá!  Después, una soleá va en tono de taranto y se confunde… Y esa cara de duda que se le queda cuando la seguiriya arranca y no sabe si son tanguillos, bulerías y, ya viene, ¡ah!, reconoce un signo, seguiriyas, por fin, y lo apunta y se le alegra la cara como si estuviese escribiendo la crónica de un pleno del PP.

Ya digo, no se trata de que su proverbial espíritu crítico sea más o menos ácido o maleducado, no. Por supuesto, su incidencia es mínima en quien no entiende ya el flamenco de manera reduccionista. Es la confusión que causan en su propia afición, los tics que les hacen repetir a sus lectores y, también, hay que decirlo, la virulencia que introducen en las polémicas del género. A mí, particularmente, me parece muy bien que el público se empodere y proteste. Que vuelva el famoso “¡este cuadro lo pinta mi niña!” ante cualquier obra de arte moderno, incluso ante el trazo magistral  de un Miró. Sin embargo, cuando se trata de forma condescendiente a la gente, se la engaña con limitaciones propias y anima desde la tribuna pública al burraqueo, pues bien, ese paternalismo de señoritos sólo acaba embruteciendo. La gente acaba por ir a los teatros a protestar, de entrada, sin saber siquiera “qué película echan”, cosa muy diferente a la lógica indignación o al derecho al pataleo.

Pero, además, su función desvirtúa algunas de las preguntas que tendríamos que hacerle a los gestores públicos del flamenco. La vieja y cansina polémica de lo viejo y lo nuevo, tradición y vanguardia, reaccionarios y transgresores, sirve para ocultar los verdaderos retos del presente. Por ejemplo, podemos preguntarnos por qué la Bienal se tiene que entregar a las industrias culturales, la rentabilidad turística o el ocasional y dominguero sevillano y no trabaja en construir un público, autónomo, propio y ancho, para el flamenco. Ser el mejor festival flamenco de Sevilla y del mundo no es difícil, la verdad. No desde aquí, no. El ombliguismo ayuda. El orientalismo ayuda. El capitalismo ayuda.

El reto, sin embargo, es que la cita sevillana se convierta en un evento imprescindible, un escaparate potente de la determinada forma de ver el mundo que es el flamenco y compita como plataforma con los festivales de cine o las bienales de arte que se extienden por un ancho panorama internacional. Ni como patrimonio cultural en peligro ni como variedad etnográfica local de las “músicas del mundo”, el flamenco tiene una potencia propia a la hora de construir una esthesis, una forma de ver el tiempo, el espacio, la vida de la gente. La Bienal tiene que tomar partido, apostar cada dos años por dar versiones concretas y coherentes de la complejidad y variedad de sus manifestaciones; tomar un partido estético y apostar por un discurso específico, que nada tiene que ver con un binarismo casposo, entre ultramontanos y futuristas. Ahí estaban Rocío Molina y La Chana demostrándolo, cada una en su silla. Y olvidarse de ser feria de zapatos, catálogo de productos típicos o un simple balance económico de la ocupación hotelera. Precisamente porque todo eso ya lo es, lo tiene, lo produce, puede dedicarse ya a trabajar otras esferas.

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