Industrias adictivas

Suena el despertador a las siete. Pulsas la pantalla de tu iPhone para posponer unos minutos el ring ring que hace despertar antes a la persona con la que compartes cama. Tras ocho minutos vuelve a sonar pero tienes la habilidad de pararlo antes de que aumente el volumen y sin sacar el brazo del microclima cuasi húmedo de debajo del edredón. Ducha y a trabajar. Se te pasa la mañana volando. Comes. Vuelves al trabajo. En un par de cafés está la jornada vespertina liquidada y te piras sin decir ni adiós. Llegas a casa. Hola, hola. Dos ea ea al niño y se queda dormido. Justo lo que andabas buscando. Antes de apoltronarte en el sofá y sin necesidad de mirar el mando, porque has memorizado la secuencia de botones que tienes que pulsar para que tu maravillosa caja tonta de decenas de pulgadas, salta el tercer capítulo de la segunda temporada de tu serie.

Soy seriéfilo (aún no está registrado por la RAE pero de seguir así, poco quedará), desde hace muy poco. El tiempo justo para haber experimentado algunos comportamientos en mí mismo que no conocía. Y es que tengo la sospecha de que estamos inmersos en una vorágine subversiva cuyo pilar fundamental son las plataformas digitales de televisión.

Hace apenas unos años las grandes series de televisión generaban la necesidad de esperar al día y hora concretos, pero poco a poco el ‘a la carta’ ha acabado con nuestra noble capacidad de la paciencia. También es aplicable a los largometrajes. No es que sea ni me considere un herético pero nos encontramos en un momento tecno-digi-televisivo (o algo así) que ha quebrantado todas las barreras espacio temporales.

No sé si de manera meramente casual o por una intencionalidad largoplacista de la industria, nos estamos convirtiendo en devoraseries sin control. ¿Y qué tiene de malo? No voy a entrar a valorar la adicción de la que hablan algunos académicos ni del sedentarismo del que tachan a lo que llaman seriefilia. Pero a veces tengo la impresión de que nos aturrullan las cabezas de series cuyas mentes no son capaces de digerir antes de que pasemos a la siguiente que te aconseja la plataforma. Y así parece que vamos a echar el año. Cargándonos temporada tras temporada durante  madrugadas interminables. La industria no para de producir cagajones para las moscas, pero como dicen, un millón de moscas no pueden estar equivocadas.

Sin embargo hay algo curioso en todo esto y sobre lo que escuché a un director de marketing de un importante grupo multimedia hablar hace unas semanas. Hace apenas dos o tres años en España la piratería era deporte nacional. Mentía aquél que negaba descargarse películas para grabarlas en DVD y más tarde para pincharlas en la tele con el pendrive. Los tiempos cambian rápido y ahora es casi de troglodita el que no contrata un paquete mensual de televisión digital. Conclusión: la industria no sólo ha dado la vuelta a tortilla, sino que ha logrado generar una industria alrededor que ha salvado a directores, actores y demás trabajadores del mundillo de las salas de cine languidecientes. Y con la música ha pasado exactamente lo mismo y ahora todos disfrutamos de “todas tus canciones por solo 9,99 euros al mes.”

No corren buenos tiempos para el top manta. Ahora toca pagar, menos, pero de manera constante. Suma de minorías que llegan a ser mayorías, si hablásemos de personas y no de cuotas. Cuando pasas por el aro y ni siquiera eres consciente de que lo haces, es que lo han hecho bien. Siempre he creído que el buen periodismo siempre será un buen negocio. Quizá las empresas periodísticas deberíamos… bueno, ahí lo dejo que empieza la cuenta atrás de mi serie de cabecera desde hace unas horas y Pablito aún duerme.

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