Ignacio Sánchez Mejías – El escriba de su propio destino

La mano que gira apretando el mando de la velocidad, cada vez más rápido, cada vez más, hasta que desaparece todo lo que no sea ese ser mágico que atraviesa el viento, que incluso deja atrás la muerte”. Así describía Thomas Edward Lawrence su pasión por las motocicletas. Este militar, arqueólogo y escritor británico pasó a la historia como Lawrence de Arabia. Si cambiáramos el principio de la frase, y sustituyéramos mando por capote, timón o estilográfica, podría suscribirla aquel espíritu hambriento de plenitud que sirvió de inspiración para la mejor elegía en español de todos los tiempos. Ese hombre polifacético, curioso e inconformista, que fue, según Andrés Amorós, “algo así como Chaplin, Picasso o T. E. Lawrence” es Ignacio Sánchez Mejías, que eligió la tauromaquia como medio para saciar sus ansias de aventuras. Igual que Lawrence en su moto, con su muerte dejó atrás la muerte y se convirtió en un héroe inmortal del Sur.

Sánchez Mejías nace en 1891 en una familia acomodada de Sevilla. Su padre, José Sánchez Martínez, diseña el futuro del pequeño: sería médico como él, pero Ignacio no muestra interés alguno y prefiere jugar al toro con sus amigos de la Alameda de Hércules, con Rafael y José, los hijos de Fernando El Gallo. Miente a su progenitor asegurando que está matriculado en Medicina, pero en realidad aprovecha para torear en el campo junto a los hermanos Gómez Ortega. Jugar con el riesgo y coquetear con la parca en cada pase robado al animal afloran en Ignacio la necesidad latente de vivir de otra manera, de llevar hasta el precipicio la existencia. Embarca como polizón y marcha a Estados Unidos, donde es detenido y expulsado a México. Es allí donde inicia su carrera taurina de manera profesional, primero como banderillero, luego como novillero y, finalmente, como matador de toros.

Su decisión de ser torero no puede ser entendida sin la figura totémica de su amigo de juegos, que más tarde se convertiría en su cuñado, José Gómez Ortega Gallito, de quien fue banderillero hasta dar el paso a novillero. Ignacio idolatra a José, el héroe por excelencia de la mitología popular de aquella España que se adentra en el nuevo siglo. La muerte de Gallito conmociona al país y deja para la historia una imagen fotográfica icónica firmada por Campúa: un abatido Ignacio Sánchez Mejías apoya la cabeza sobre su mano mientras contempla a escasos centímetros el cadáver de su amigo José.

Como torero, Sánchez Mejías destaca por su estilo arrogante y temerario, anteponiendo la dominación de la fiereza animal a cualquier voluntad estética. Su tauromaquia se asienta en un valor sólido, sin concesiones ni adornos innecesarios; una especie de terribilità que conduce a la belleza. En el mundo del toro, como en otras facetas de su vida, también es pionero: es el primer torero que pilota su avioneta para llegar a sus compromisos profesionales y el primer espada que escribe como crítico taurino sobre sus propias actuaciones, siendo, por cierto, más severo en el juicio consigo mismo que los periodistas taurinos. Además se adelanta a su época exigiendo enfermerías totalmente equipadas en todas las plazas de toros.

La taurina es una de las facetas de Ignacio, quizá la que sirve de llave para abrir el resto de puertas a través de las que adentrarse en otros ámbitos. Ser torero le otorga el estatus social y las posibilidades económicas para lograrlo. Su personalidad multifacética tenía un anclaje, un lugar que convirtió en centro neurálgico de su actividad taurina, política e intelectual, el Cortijo de Pino Montano en Sevilla. Allí recibe a ganaderos, aristócratas, deportistas, políticos (el presidente de la República almorzó allí), poetas, actrices, jueces, flamencos… El cortijo era su hogar, donde vivía con su mujer Lola y sus dos hijos, Piruja y José Ignacio, también su escaparate social y, sobre todo, su universo más personal. El recinto estaba impregnado de su manera de entender la vida y de exprimirla: por ejemplo, las disputas entre los niños de la familia eran juzgadas por los magistrados y jueces que visitaban el cortijo los fines de semana; se empeñó en que las mujeres de la familia estudiaran una carrera universitaria.

Esa visión tan avanzada y el deseo de nuevas experiencias quizá hicieron que pensara que Lola, su mujer, no era la compañera adecuada para acompañarle. No se separan, pero Ignacio comienza en 1925 una relación amorosa con la bailarina La Argentinita, íntima amiga de Federico García Lorca, además de otros romances, como el que mantuvo con la hispanista francesa Marcelle Auclair. 

Del mismo modo que el matrimonio convencional le asfixia, el mundo del toro se le queda muy pequeño, así que decide recorrer otros caminos y abrirse a nuevos horizontes intelectuales. Una vez más se convierte en pionero: es el primer torero que ofrece una conferencia sobre la muerte y el toreo en la universidad estadounidense de Columbia. Es presentado por Lorca, con quien mantiene una estrecha amistad, al igual que con Rafael Alberti. El escritor José María de Cossío le presenta a varios literatos y poetas, con los que Ignacio empatiza desde el principio. En 1927 el Ateneo de Sevilla organiza un homenaje a Luis de Góngora con motivo del tercer centenario de su muerte y Sánchez Mejías interviene como mecenas del evento. No está claro si es quien paga el viaje y la estancia de los poetas invitados o quien organiza en Pino Montano monumentales fiestas durante los días que dura el homenaje; lo que sí está claro es que participa activamente y está implicado en el nacimiento de la Generación del 27.

Ignacio se siente atraído por el ambiente literario e intelectual, que le permite explorar nuevas vías para saciar esa permanente ansia de plenitud. Su personalidad es renacentista, pero abrasada por el  fuego inextinguible de la búsqueda y la experimentación. En marzo de 1928 estrena en el Teatro Calderón de Madrid Sinrazón, obra teatral que introduce por vez primera en España las teorías del psicoanálisis de Freud. Fue muy bien acogida por el público y la crítica. Escribe una segunda obra teatral, Zaya, una comedia en tres actos, estrenada en Santander también en 1928. Se le conocen dos obras teatrales más sin estrenar y una novela, La amargura del triunfo. Su paso por la literatura y el teatro es importante, no por la calidad literaria y estilística de las obras, sino por la novedad de los temas que aborda. Está interesado por las aportaciones de las vanguardias y le apasionaba el cine, incluso participa como asesor en El embrujo de Sevilla, película de temática taurina, y aparece en el filme La malcasada.

Se propone trasladar su interés voraz por las nuevas corrientes intelectuales y artísticas a Sevilla para convertirla en una capital de referencia. Promueve nuevos proyectos, entre ellos el primer aeropuerto de zepelines, para cuya construcción dona unos terrenos propios. Acepta la presidencia del Betis, al que da mayor peso social en la ciudad y sitúa entre los grandes clubes del fútbol español. Apasionado del deporte, Ignacio prueba con el boxeo y el automovilismo, además de pilotar avionetas. Este carácter ecléctico e integrador le lleva, por ejemplo, a practicar el acoso y derribo al ganado bravo sobre el pescante de un automóvil en lugar de hacerlo montado a caballo.

A pesar de toda esta actividad, Sánchez Mejías echa en falta algo en su vida: necesita el coqueteo vivificante con la muerte y la gloria del vencedor. En 1934, siete años después de retirarse, decide volver a torear. El 11 de agosto de ese mismo año sustituye a Domingo Ortega en la plaza de toros de Manzanares. El toro Granadino le cornea en el muslo derecho. Es una cornada grave, pero Ignacio se niega a ser operado en la enfermería de la plaza y pide que le trasladen a Madrid. Ya en la capital, aparece la gangrena y muere dos días después, el 13 de agosto de 1934. 

La muerte abre de par en par las puertas de la inmortalidad para Ignacio Sánchez Mejías. Muere para vivir siempre gracias a la mejor elegía que se ha escrito en lengua española. Su íntimo amigo Federico García Lorca convierte al torero en un mito imperecedero con su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, una de las cumbres poéticas del granadino. Lorca canta al ser humano y lo convierte, según Andrés Amorós, “en símbolo de lo mejor del andaluz”.

David Lean llevó a la pantalla la apasionante historia de T. E. Lawrence. En su película Lawrence de Arabia, el príncipe Alí dice: “Para ciertos hombres, nada está escrito si ellos no lo escriben”. La frase parece resumir la existencia de Sánchez Mejías, que fue un deslumbrante intento por escribir su propia historia. Lorca puso el genial e inmortal punto final a ese extraordinario texto llamado Ignacio Sánchez Mejías.

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