Hasta cualquier momento

Cuando la madrugada se cierne sobre los sueños, seres de otra condición más humana emergen desde el rincón de sus miedos y soledades con la firme idea de vivir con intensidad. En Tacuarí 1842, los dedos automatizados confesaban a las teclas las últimas desgracias acontecidas en Buenos Aires. El tres de diciembre daba paso al cuatro, las luces de aquella redacción recibían la orden de parar. Los teléfonos, en su último acto de servicio, interconectaban con los viajeros de la noche que pondrían fin a la rutina de unos en sacrificio de la propia. Más allá de la medianoche, las hileras de taxis esperaban a los prófugos de la monotonía que sólo buscaban olvidar las palabras a cambio de consumirse entre sábanas.

Apenas corría el viento, la temperatura era la propia del espeso verano porteño y las avenidas descansaban de histeria urbana. Allí con el rostro imperturbable, con la paciencia del que siente cada segundo, esperaba el taxista que tuvo la suerte o el infortunio de cruzarse con La Maga del barrio de la Boca. Con los pulmones hinchados de nostalgia y de lucha, aquel taxista recibió a aquel redactor cuyo rostro hastiado y estresado quizás nunca alcanzó a comprender las palabras que éste iba a regalarle.

De Tacuarí 1842 a Chile 969, la dirección del final del día del periodista, había un escaso tramo. Arrancó el motor y giró por la paralela al hospital de los niños para después entrar en la inmensa, vacía y dormida Avenida 9 de Julio. Fue entonces cuando aquel conductor alimentó de vigor al vacilante guía de las palabras, quien iba sumergido en las profundidades del letargo de una jornada laboral insulsa.

Amílcar no era más que un mortal de La Boca, lleno de paradojas emocionales. En los cinco minutos de viaje a Chile 969, una mujer de esas que invaden mentes en el espacio y en el tiempo se hizo protagonista. “¿Sabés algo? Hay que disfrutar de la vida a cada momento, no temer a querer algo de verdad, aunque eso te cueste parte de ti”, susurró, prácticamente, Amílcar a su pasajero. En ese alegato a la vida sin respiro, se escondía una inquietante melancolía.

La mujer, de la que no quiso dar nombre para hacer fuerte la imaginación, era de esas cuya naturaleza indómita empuja a negar el orden de las cosas. Aparecía y desaparecía por su pieza en La Boca de forma etérea, igual que las sombras, y le regalaba al azar los más bellos versos de mujer de magia tremebundamente callejera. Para Amílcar, con ella de por medio, jamás había una noche igual a la otra. Quizás al parar el taxímetro por última vez esa madrugada del cuatro se la vio en el alféizar de su departamento rebosante de pasión o quizás la vio doblando la esquina camino del bar, presa de sus vicios más incontrolables, huyendo de la monotonía. Y aquel hombre ávido de emociones y angustiado al mismo tiempo, reconocía que no podía dejar la vida sin aquella Maga de las contradicciones.

“No sé si la veré al llegar, lo mismo se agarró unos mangos del cajón y se fue a la calle a meterse algo de merca o a beber fernet. No hay forma de frenarle esos impulsos. Pero vos no sabés lo que esta mujer es, tiene algo especial. Estoy dispuesto a todo por ella, debe de ser por eso de su salvaje libertad”, dijo con fe casi adolescente, ingenua, el taxista que parecía propenso a las llamas. En aquel hombre había una admirable fe hacia lo natural, aceptaba y quería a La Maga libre. En su concepto de amor, no se concebía la manía de acomodar y enfriar sentimientos. En su mente entusiasta no había lugar para querencias cargadas de banalidad, prohibicionismos, estándares y arquetipos.

“Me tiene loco, a veces, me mata. Es duro no saber cuándo volverá. Pero es la forma de magia con la que quiero convivir”, sentenció sin pestañear aquel hombre que presumía de ganarse los pesos para disfrutarlos con su Maga.

Fin del trayecto. Amílcar paró el taxímetro. “Ante todo sé libre amigo, no dejes que sepulten tus deseos. Cree firmemente en el amor que elijas, en el camino que escojas y en los pasos que des. Quizás te suene a discurso de viejo, pero vos vas a saber”, aconsejó con su serena amabilidad. El adiós entre los dos amigos fortuitos del momento tuvo el mismo espíritu inquietante que el de aquella dama huidiza. Y, costumbres de la vida, negándose a cerrar las historias y acostumbrado a la improvisación más absoluta, tan sólo se le ocurrió despedirse con las mismas palabras con las que La Maga le dice adiós cada vez que se escapa a volar en sus múltiples modos.

“Hasta cualquier momento”.

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