Hacienda y contabilidad de la emoción

Para cualquier estudioso de la modernidad, de eso que se entendía como arte de vanguardia, debe resultarle, al menos curioso, que Sevilla aparezca, una y otra vez, como el espacio elegido por los modernos para hablar de lo sagrado. Tiene su lógica, claro. A cualquier turista debía sorprenderle la vigencia de fiestas como la Semana Santa. Al dadaísta Francis Picabia, francés, español y cubano, emparentado con el entonces alcalde de Sevilla, Manuel Héctor Abreu, le cogieron las procesiones en su primer viaje de novios y epató en el Armory Show neoyorkino de 1913 -el mismo del escándalo con Desnudo bajando la escalera de Duchamp- con su orfismo abstracto La procesión, Sevilla.

Francis Picabia

No es una cuestión menor. Sorprende lo poco que seguimos sabiendo sobre nuestra propia modernidad. Cuando se habla de las enormes debilidades del arte español en el escenario internacional pienso que la razón no está sólo en la futilidad de nuestro mercado; la ignorancia sobre cual fue nuestra versión de la modernidad, como se accedió a lo moderno en esta parte del mundo, es una tara fundamental. No existe ninguna institución ni programa universitario siquiera que atienda a esto. El CAAC, convertido en un suplemento cultural de actualidad, aduce que no tiene presupuesto. El Museo Picasso de Málaga, al que parece tocarle el tema, está pensado para turistas y se hacen exposiciones de alemanes y rusos. ¿A quién le interesan cómo los contemporáneos andaluces de Picasso vivieron la revolución cubista? Parece que ahora hay ocurrencias: unir las marcas Picasso y Lorca. En fin, ya hace tiempo que consiguieron que fuéramos turistas de nosotros mismos.

Pero, ¿qué hace un grupo de heavy metal –“doom” llaman a sus “riffs” de guitarra- vestidos de nazareno? Orthodox, nombre del combo, son excepcionales, sí. Y no deberían ser una rara avis si en esta ciudad de Sevilla, tan ombliguísta, supiéramos más, no de estas excepciones, digamos, oscuras, si no de figuras como Manuel Font de Anta, por ejemplo. Resulta increíble lo poco que sabemos del compositor de Amarguras: sus colaboraciones con Gershwin explican que en Soleá dame la mano escuchemos un blues; la invención de la copla y sus éxitos cabareteros en la onda Kurt Weill o sus conocimientos de la música latinoamericana, que ya entonces sorprendieron al propio Silvestre Revueltas. Y estamos hablando del canon.

Tampoco Andrés Martínez de León o Antonio Núñez de Herrera han salido bien parados. Del primero, un pionero magistral de la historieta, o sea del comic, sigue sin ser reconocida su labor en el “agit-prop” comunista durante la guerra civil de 1936. Al segundo, se le sigue tratando como un heterodoxo –la editorial Almuzara acaba de sacar, por fin, una aproximación a su obra completa-, marginal y desconocido, un raro, cuando Teoría y realidad de la Semana Santa debiera ser libro de cabecera si queremos entender algo de lo que significan en Sevilla términos como “cultura”, “sagrado” o “popular”.

Un amigo repite siempre que el “silencio” de la derecha de esta ciudad es con conocimiento de causa. Georges Bataille, quizás quién más claramente colocó a Sevilla en el centro del debate moderno sobre lo sagrado, hizo imprimir una edición sevillana de su Historia del ojo -una magistral novela pornográfica que sitúa el Hospital de la Caridad como el centro del mundo- datada en 1940 e hizo correr el rumor de que los militares fascistas de la ciudad se pasaban de mano en mano la novelita…

Es la izquierda la que suele nadar siempre en la ignorancia. Los de Podemos, por ejemplo, caen en todas las trampas “capillitas” que les ponen. Desde la Sacrosanta Transición se decidió institucionalizar la relación con la religiosidad popular y congelarla a base de museos, medallas de oro y patrimonio inmaterial. Pero ahí están los sucesos de la madrugá del 2000, ese terremoto del exceso batailleano que demuestra que el monstruo sagrado sigue suelto, que de nada sirve la doble militancia -Bajo el capuchón la C.N.T. y en los estandartes el S.P.Q.R.-, que no hay más cera que la que arde.

El filósofo italiano Giorgio Agamben –interpretó al apóstol Felipe en La pasión según San Mateo de Pasolini- ha sido quién mejor ha analizado lo sagrado batallieano. Es recomendable una atenta lectura de Homo Sacer. Lo sagrado sería duplicado por su reverso. Adorar y vejar una imagen serían dos caras de la misma moneda. Santo y maldito. Tan sagradas la cara como la cruz. Superar esa dualidad, saber salir de ese campo es imprescindible, recomienda Agamben.

Ese es el interés que, al fin y al cabo, tiene entender las experiencias futuristas, dadaístas, ultraístas y, a la vez, “capillitas”, de lo sagrado sevillano. Y no son pocas las herramientas que esta experiencia nos proporciona. Sirve, por ejemplo, para poder entender cómo una construcción de género fuertemente reprimida, la homosexual, es capaz de crear, en el mismo contexto de su represión, todo un imaginario simbólico hegemónico, el propio del ritual semana santero. Sirve, también, para saber discernir entre el credo islámico, incluso su aniconismo, y la propaganda iconoclasta del Estado Islámico que, en realidad. sólo esconde idolatría por la imágenes de destrucción.  Sirve, además, suma de retórica y terror,  para desenmascarar esa versión naturalizada que los medios de comunicación nos ofrecen de los emigrantes que mueren ahogados en el Mediterráneo o en el Estrecho de Gibraltar, cuando, en realidad, se trata de un crimen, casi diario, del que nos hacen cómplice nuestros estados lavándose las manos. Dejémoslo en estos ejemplos.

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