Guadalupe Tempestini

Como la letra de un tango, marchó de su Argentina natal en un barco que la llevaría a una ciudad desconocida, Sevilla, huyendo de la feroz dictadura. Por amor se enamoró del teatro y los títeres, y se convirtió en agitadora cultural de la ciudad, que le debe, entre otras cosas, el Festival Internacional del Títere y un referente mundial del teatro para niños, el Teatro Alameda. Más de treinta años al frente del Festival y un cuarto de siglo dirigiendo la sala teatral le permiten confiar en el futuro cultural de una Sevilla “pujante y creativa, nada tópica”. Nos recibe en su casa del Aljarafe con su perra, ya vieja y ciega, y una cohorte de confidentes de cartón y madera. Rodeada de sus marionetas, responde con suave acento argentino, que es una caricia transoceánica.  

¿De dónde le viene su pasión por el teatro?

En realidad yo soy antropóloga. Cuando terminé la carrera, gané una plaza en la Facultad, pero llegó la dictadura en Argentina y fue una de las facultades más castigadas. Hubo muchísimos desaparecidos. Las que estábamos allí renunciamos porque era una cuestión de vida o muerte. Luego, establecí una relación afectiva y a él le debo haber adoptado esta pasión por el teatro y las marionetas. Era marionetista y yo me fui formando a través de él. Ahí empezó mi aventura y poco a poco me fui enamorando.

Amor y dictadura, parece un relato de Benedetti.

Establecimos la pareja y creamos la primera escuela terciaria de teatro de títeres en Rosario. Ahí se creó la profesión de profesor de títeres. Al final de la dictadura, yo quería resistir, había gente de nuestro entorno que era raptada o presa. A Alcides le aplican una ley por la que no puede trabajar en cultura ni educación durante cinco años, que también se aplicó a quienes teníamos una actitud de “lucha pasiva” por los derechos humanos. Por eso decidimos irnos.

¿Qué opina de iniciativas de justicia internacional como las de Garzón?

Fantástico, es la única manera de ir luchando contra las injusticias. Argentina ha logrado por suerte meterlos a todos presos en su momento con la Ley de Punto Final. En España cómo es posible que nos neguemos a tomar una decisión así, que me parece, a mí que soy atea, de caridad cristiana. Después de tantos años, que puedan encontrar a sus familiares y enterrarlos, y no les damos ni siquiera los recursos. Es muy triste.

¿Cómo llega a Sevilla?

La historia es muy divertida. Como Argentina es muy grande, allí los titiriteros se dividían geográficamente el país para trabajar. Alcides se vino antes, yo me vine luego con dos nenes de tres y cinco años en barco. Vinimos con un permiso de trabajo. Tuvimos la suerte de que nos tendieran una mano al llegar: Alberto Cebreiro y Luis Ghiringhelli nos ayudaron. Alcides se juntó con Alberto, que trabajaba en Valencia, y Luis, que lo hacía en Madrid, y dijeron cuál es la tercera ciudad más importante de España: Sevilla. Decidieron en una mesa que nos tocara Sevilla.

¿Qué ciudad se encontraron?

Uy, esa Sevilla… Yo me siento formando parte de la historia de Sevilla. Llegamos en el 81 y se estaba gestando España, todo estaba en ebullición y por hacer. Prácticamente no había nadie que trabajara con títeres, solo Julio Martínez Velasco y alguno más. La gente estaba con muchas ganas de hacer cosas.

¿Y se hicieron?

El primer año creamos la UNIMA (Unión Internacional de Marionetistas), la primera de España, con los titiriteros y la gente del teatro. Paco Cornejo, Martínez Velasco y gente de distintas compañías. Las primeras reuniones en La Carbonería y luego en San Hermenegildo, donde encontramos la mano tendida de Pedro Álvarez Ossorio y Chus Cantero. Nosotros veníamos muy formados y pudimos ir devolviendo a Sevilla ese apoyo y solidaridad.

¿Nace entonces el Festival de Títeres?

El primer festival se hace en la sala San Hermenegildo propuesto por nosotros, pero su director era Pedro Álvarez Ossorio. Cuando decíamos que éramos titiriteros la gente preguntaba “¿Y dónde está la cabra?”. Una pareja joven con dos hijos… no lo entendían. En las primeras funciones nos disfrazábamos y salíamos en pasacalles para anunciar el festival, que ahora es la actividad más antigua del Área de Cultura en democracia.

¿Y después?

Al principio trabajé como titiritera, de profesora en los talleres; luego, al tener dos niños, opté por la gestión y el trabajo artístico lo hacía Alcides. Colaboré en los cursos del Cortijo del Cuarto, donde nace el Instituto de Teatro; allí se impartían cursos internacionales de títeres. Luego gané mi plaza en el Área de Cultura. Alcides crea la Escuela Taller de Títeres con dinero de los fondos europeos, donde nacen compañías actuales importantes. Se hicieron muchas cosas…

¿Los títeres es cosa de niños?

¡No! Es una idea errónea, un tópico. Cuesta mucho “vender” el teatro de títeres para adultos. Es una disciplina que se ha desarrollado tanto o más que el teatro para niños en cuanto a investigación y experimentación en distintas técnicas. En Europa hay compañías importantísimas de títeres para adultos y es tan común como ir a ver el de niños.

¿Cuál es la receta de una buena obra de títeres?

Lo importante es tener objetivos muy claros al crear un espectáculo. Obviamente debe haber un oficio, una idea, saber lo que uno quiere transmitir y elegir la técnica de títeres más adecuada para lo que se quiere decir. En el caso de los títeres para niños, aparte de la calidad, una coincidencia entre los intereses de su edad y la temática.

¿Qué opina de la polémica de los titiriteros en Madrid?

Vergonzosa, de la Edad de Piedra. Hubo otros intereses políticos lamentables. El títere de cachiporra es un títere violento, que denuncia, y tú puedes estar de acuerdo o no. La cultura no puede estar limitada por lo que han dicho los jueces. Además, si era en la calle y no estás de acuerdo, te vas y te llevas a tu niño.

¿Son peligrosos los títeres?

Creo que sí. El títere tiene una capacidad importante para denunciar situaciones injustas. Las comedias del arte, el títere de cachiporra, los polichinelas, surgen precisamente en momentos de gran represión social para denunciar esas cosas de manera solapada y con la ficción.

¿Dónde hay más títeres, dentro o fuera del escenario?

(Risas) A veces, los títeres de dentro se comportan mejor que los de fuera. Hay muchos afuera…

¿Quién los maneja?

Ah… Los poderes… Las ideologías y el poder económico. Yo creo que la fuerza popular puede ir contrarrestándolo, aunque cada vez es más difícil por la situación y por el control de los poderes económicos.

¿El teatro es un antídoto para ese control?

El teatro es formador y ayuda a la creación de valores. También ayuda a ese futuro ciudadano y a que el niño lo pase bien. Es importante arriesgar, con propuestas innovadoras, vanguardistas, huir de lo comercial y lo banal. Me niego a esos espectáculos fáciles de ji ji, ja ja… no hace falta que sea la Enciclopedia Británica, pero debe transmitir valores y contenidos.

¿El niño es una prioridad política?

Todo el mundo se llena la boca y luego no hay un verdadero apoyo a programas para niños. En Primaria han desaparecido las materias de teatro y artísticas. El teatro es educador como las artes. Hay un desprecio en la enseñanza hacia ellas.

Quizá el teatro sea anacrónico para los niños de hoy. 

Competimos con la televisión y la informática. El niño está acostumbrado a la satisfacción inmediata a través de la tele y la realidad virtual. El teatro tiene otro tiempo, es el disfrute de algo que se va desenvolviendo lentamente; es como ir saboreando un helado lentamente.

¿Cómo se les atrae?

Con un buen producto, con buen teatro, algo que les interese. Los infravaloramos, creemos que no sienten, no piensan, que son pequeños adultos, y no, el niño tiene una psicología totalmente diferente al adulto. Hay que buscar obras que les ayuden a comprenderse a sí mismos porque así podrán comprender a los demás y podremos contribuir a crear ese hombre del mañana.

¿Hay buenas y malas interpretaciones en las marionetas?

Sí. La mala es cuando no llega a la marioneta y queda en el actor. En la buena interpretación te olvidas absolutamente del actor y miras a la marioneta, que sí tiene vida. En Japón dicen: Malditos aquellos que son capaces de ver los hilos de las marionetas.

Cobran vida…

Me contaba Martínez Velasco que le robaron una marioneta. De pronto vio a un niño que la tenía en la mano y le decía: “Gritá  ahora, ¿por qué no hablás ahora?”. No se la quitó porque era destrozarle la magia al crío.

Acto final: un deseo.

Me gustaría que hubiera una continuidad en teatro para niños en Sevilla, en el Teatro Alameda, porque ya llevamos veinticinco años, hemos creado un público importante y somos un referente mundial.

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