Gritos de esperanza olvidados

Un cartel es un grito. Y para quien grita no hay mayor frustración que ser ignorado; o peor aún, ser silenciado. Que metan tu mensaje en el cajón del olvido es doloroso, incluso para un alma rectangular. En esa celda de silencio y oscuridad muchos perecen, o terminan renegando de aquello que defendieron. No es el caso de esta maravillosa cuerda de presos, que, gracias al aniversario de la Expo 92, han conseguido que sean revisadas sus condenas al olvido. El veredicto: absolución tras más de un cuarto de siglo silenciados. Y ya libres, han podido gritarnos y hablarnos de una idea de ciudad moderna, cosmopolita, sin miedos, inclusiva, respetuosa con la tradición pero con ansias de progreso. Es la ciudad que sus creadores inocularon en su piel de papel, en sus venas de pantones; es la ciudad que soñaron, y siguieron soñando aún en su privación de miradas. Somos muy afortunados al recuperar estos gritos veinticinco años después, no para lamentarnos de lo que pudo haber sido y no fue, sino para saber que aún puede ser. Son los carteles que pretendieron anunciar al mundo la Exposición Universal de Sevilla. Son gritos de una esperanza colectiva.
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